'Uno nace con cierto modo de mirar el mundo': Margarita García Robayo

'Uno nace con cierto modo de mirar el mundo': Margarita García Robayo

La colombiana ganadora del Premio Literario Casa de las Américas, estará como invitada en FilBo.

notitle
15 de abril 2016 , 08:48 p.m.

Hace diez años dejó la ciudad en la que nació, Cartagena de Indias, y aterrizó en Buenos Aires con una idea en su cabeza, con un deseo: escribir. Hace diez años Margarita García Robayo tenía 25 abriles, hoy suma 35 y seis libros en su haber. El más reciente, Cosas peores, resultó ganador del Premio Casa de las Américas en la categoría de cuento, en 2014. Cuando mira atrás, Margarita reconoce que Buenos Aires resultó fundamental para el desarrollo de su literatura: “En Buenos Aires me lancé a escribir más seriamente y creo que en un punto tuvo que ver con aspectos ligados a la ciudad. Te cruzas con otros que, como tú, están buscando hacer literatura no como un pasatiempo sino como un oficio”.

Le sirvió tomar distancia de su lugar de origen...

“Para mí la distancia ha sido una herramienta esencial a la hora de escribir. Me ha permitido deslindarme del componente emocional que en algunos casos dificulta la construcción de los textos. Valoro la cercanía, la experiencia, la mirada directa, claro que sí, pero para escribir necesito distanciarme y enfriarme”.

Quizá lo primero que conocimos de su escritura fueron los textos que publicaba en el blog que tuvo en el diario argentino Clarín. Un espacio web que ella bautizó Sudaquia: historias de América Latina y que nació a finales del 2006. El blog logró tal repercusión que solía ser reproducido en otros periódicos –como El País, de España– y fue destacado por AmeLatine, l’actualité de l’Amérique latine en France como uno de los dos mejores sitios latinoamericanos. “Sudaquia fue importante para tirarme al agua –dice Margarita–. Si hoy lo releyera, encontraría un montón de cosas que reprocharme y me daría muchísima vergüenza. Lo mismo me pasa con mi primer libro (Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza): no me reconozco en ese tipo de escritura o de abordaje. Pero me ayudaron a madurar, no solo en términos narrativos sino personales.

Es decir, esos textos la tiraron al agua…

“Sí, porque la primera dificultad con la que me enfrenté cuando empecé a publicar tuvo que ver con la exposición. Me costó aceptar eso de que publicar es un poco ‘hacerse público’, aunque te lean tres. Es como que pones algo muy íntimo a disposición del mundo”.

Ha escrito dos novelas y cuatro libros de cuentos. ¿Cómo se relaciona con cada género?

“Con los cuentos tengo una fijación más técnica. Me gusta trabajar esa filigrana con la que viene el oficio de escribir, que consiste en sentarse y darle la mejor forma posible a esa historia que quieres contar. En mi caso, los cuentos requieren un esfuerzo manual más riguroso que el de una novela. En las dos novelas me di más espacio para la introspección y para tratar de responderme cosas que me vengo preguntando hace mucho. En el cuento no hago eso, es un espacio en el que invierto más en “la manufactura” y en la “especificidad de los conflictos”.

En la novela Lo que no aprendí, Margarita narra una historia familiar en la que imperan los conflictos; describe una familia numerosa con secretos, chismes, leyendas; con un padre rodeado de misterios y una madre que se siente dueña de la verdad. En ese ambiente, una niña trata de entender: hace preguntas, no tiene respuestas. Es una novela en la que la escritora también reflexiona sobre el oficio de escribir y la manera en que solemos reconstruir nuestra propia memoria”.

¿Por qué la familia, en especial el mundo familiar que no funciona bien, es uno de sus temas recurrentes?

“La familia me obsesiona como tema literario porque de entrada –sin importar de qué familia estemos hablando– te encuentras con un universo complejo y problemático. Me interesa explorar las fisuras en las relaciones humanas: en las de pareja, en las de padres e hijos y en cualquiera de esos vínculos que se sostienen sobre premisas conflictivas. Sabemos que no existe esa entelequia de la familia como composición feliz de personas”.

También está la memoria como tema, la forma como reconstruimos el pasado, como recordamos...

“Ese tema lo trabajé sobre todo en Lo que no aprendí. Y la verdad es que me surgió de un modo impensado. Tuvo que ver con una experiencia estrictamente personal durante el entierro de mi papá, cuando me vi rodeada de familiares que contaban su versión de él, que era tan sorprendentemente distinta a la mía. Me costó conciliar mi recuerdo –el de mi padre, de mi infancia, de mi familia– con los de ellos. En esa dificultad nació la idea de escribir esa novela”.

El tema familiar, sus relaciones conflictivas, también aparece en los cuentos que conforman su nuevo libro, Cosas peores.

“Ahí trato de mostrar el quiebre entre personas ligadas afectivamente. Las historias de este libro no desarrollan una línea argumental decadente, es decir, no arrancan en un momento en que todo está bien y luego se desmorona; ya empiezan con el derrumbe, la ruina, las piezas rotas. Me parecía un desafío pararme desde ahí y empezar a contar”.

Uno encuentra personajes en el límite, o que lo cruzaron. ¿Cómo se formaron estos personajes y estas historias?

“Fue un período largo. Iba guardando en una carpeta cuentos irresueltos, fragmentos de novelas, escenas sueltas, notas, hasta que un día quise darles forma. Curiosamente el resultado es un volumen compacto. Ese tipo de personajes o situaciones oscuras responden a un tiempo en el que evidentemente me interesaba poner el foco ahí, en el quiebre. Y es lo que me sigue interesando hacer desde la literatura. Las historias felices, para mí, son parte de la ciencia ficción”.

Otra característica de su escritura es el detalle: la importancia que le da a la observación de lo más mínimo. Desde sus primeros textos, en su blog, se hizo evidente ese sello particular. El jurado del Premio Casa de las Américas dijo sobre el trabajo de Margarita: “un manuscrito consistente y unitario, de sólida arquitectura narrativa, que prioriza la insinuación sobre lo explícito. (…) García Robayo maneja el sutil humor de la crueldad y da cuenta de una aguda capacidad de observación”. Su narrativa ofrece una mirada afilada en cada línea. Ella explica así esta característica:

“Uno nace con cierto modo de mirar el mundo, que se va ‘engordando’ y complejizando a medida que adquiere un bagaje y suma años. Hay una idea instalada de que la mirada puede ejercitarse, aprenderse. No sé bien qué pensar acerca de eso. Creo que, más allá de la técnica, siempre perfeccionable, hay una mirada que nos individualiza y que, desde lo narrativo, es el rasgo que nos distingue”.

Los cuentos de ‘Cosas peores’ tienen final abierto. El lector presiente a dónde pueden ir, pero no se dice.

Soy partidaria de la sugerencia. Eso es parte de mis desafíos narrativos. Cuando escribo –y cuando leo también–, busco esa especie de margen en las historias. No me gusta que me den todo acabado y me parece que es un gesto de grandeza estética, o de generosidad, que el escritor sea capaz de darte historias a medio hacer para que sea el lector quien tenga la posibilidad de terminarlas en su cabeza.

¿Reescribe mucho?

“Sí, tardo más en corregir que en producir. Cuando “limpio” un texto es como cuando limpio el clóset: sacar grandes cantidades de cosas inservibles y tirarlas a la basura –de la computadora o de la casa– me alivia, me estimula, me gusta”.

Recién salida de la universidad, donde estudió comunicación social, Margarita trabajó en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada por Gabriel García Márquez. Mientras coordinaba talleres, conoció a varios de los maestros del periodismo y leyó muchos de sus libros. Una que otra vez ha escrito textos periodísticos, pero no es un lugar donde esté a gusto. “Nunca me sentí cómoda escribiendo no ficción –dice–. No es algo que me guste hacer. Cuando lo he hecho es porque resulta un modo más sencillo de cobrar por escribir que el que propone el mercado del libro. Pero mi lugar es el de la ficción y espero poder dedicarme cada vez más a esto”.

Y dentro de la ficción, el lugar donde parece estar más a sus anchas es el cuento, como escritora y como lectora. “Es un formato contenido y cargado de sugerencias. Los cuentos son fáciles de leer –dice–. No me refiero a su grado de complejidad, sino a su estricta lectura: en un medio de transporte, por ejemplo, me gusta más leer cuentos que novelas. Me da la sensación de que las novelas son esas lecturas de largo aliento que te acuestas y hasta que no las terminas no las sueltas. Los libros de cuentos, en cambio, son como capítulos de una serie; tienen la virtud maravillosa de poder consumirlos en dosis regulables”.

¿Cómo es su método de trabajo? ¿Escribe en los cafés de Buenos Aires, por ejemplo?

“Escribo en mi laptop, hago backup y necesito silencio. Últimamente el silencio se me dificulta porque escribo en mi casa y tengo un niño de dos años. Así que empecé a frecuentar bares del barrio y me ha tocado aprender a escribir encima de otras voces. Al principio me costaba mucho, pero una vez tengo clara la historia que quiero contar, supongo que el entorno pasa a un tercer plano… O simplemente me tocó acostumbrarme a la circunstancia”.

Se define como una escritora realista, aunque la realidad de sus historias esté impregnada de un clima extraño, a veces irracional. Su interés está puesto en lo contemporáneo. “Respondo a esa definición canónica sobre los escritores como narradores del tiempo que les toca transitar. Me gusta mi tiempo como materia narrativa y no me veo escribiendo sobre el pasado remoto o creando universos futuristas”. Tampoco se ubica en “una generación” ni encuentra afinidades con un grupo de escritores. “Supongo que tiene que ver con mi condición de inmigrante; en Argentina tengo afinidad con algunos escritores, pero no podría asimilar lo que hago a lo que ellos hacen. En Colombia hay una camada increíble de nuevas voces, pero tampoco siento que hagamos cosas similares”.

¿Nuevo libro en camino?

“Estoy escribiendo una novela. La historia de una pareja que se desmorona en el capítulo uno. Es una novela sobre el paso irremediable del tiempo. También está presente la idea de la pertenencia y de la patria como ese lugar cerrado, atestado de símbolos que deberían representarnos. Estoy en una fase incipiente, así que cualquier explicación suena abstracta. Y estoy escribiendo un guión (el primero en mi haber) para un director de cine argentino bastante genial, que resulta ser, además, mi marido”.

MARÍA PAULINA ORTÍZ
Redacción EL TIEMPO

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.