Las espinas del perdón

Las espinas del perdón

Pedir perdón, y hacerlo sinceramente, todavía genera dudas cuando de terrorismo hablamos.

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15 de abril 2016 , 03:21 p.m.

A medida que pasan los años, todo se diluye, todo se confunde en la niebla de los recuerdos. Es la condición del ser humano y la fragilidad de la mente, que no de la memoria, cuya capacidad abarcadora escapa casi al cálculo humano y que solo empleamos muy marginalmente. Al lado del olvido está el perdón. Muchos dicen que son incompatibles, que perdón y olvido no se abrazan, o incluso que sin olvido no puede haber un verdadero perdón. Más allá está el odio, los sentimientos en general, el rencor, y un largo etcétera no solo lingüístico y metafórico, cuando real a la esencia misma del ser.

Pedir perdón y hacerlo sinceramente todavía generan dudas cuando de terrorismo hablamos. En España, prácticamente hasta anteayer, se asesinaba, se extorsionaba y secuestraba. La banda asesina ETA -porque eso era-, pese a la perversión del lenguaje y de la política de algunos, asesinó y secuestró. Sus esbirros dispararon a la nuca, ejecutaron, accionaron bombas y trataron de arrodillar nuestras libertades y dignidades, amén de derechos. Combatir desde la legalidad, desde el estado de derecho, ha significado la derrota de ETA. Sí, derrota. Han sido vencidos, pese a no disolverse verdaderamente, ni entregar las armas, ni pedir perdón, ni responder por los casi 315 asesinatos aún no esclarecidos de los que son responsables. Y dejemos la reparación patrimonial de las víctimas al margen.

Seis años después de silenciarse las armas, de prescribir no pocos delitos, los terroristas más sanguinarios de ETA están o han salido ya de la cárcel. Muchos han estado una veintena larga de años en prisión. Algunos han rozado o rozan casi los treinta. Una vida. Entraron en la banda apenas sin destetar y con diecipocos de años asesinaron y con veinte o treinta han estado dos décadas y media en prisión. Hoy salen. Algunos han pedido perdón -muy pocos-, incluso se han reunido tanto en su época en la cárcel como al salir con familiares de las víctimas, dándonos sobre todo éstas una grandísima lección moral y de integridad y entereza. Otros no han perdido su lenguaje y desfachatez combativa y justificado cada vida acabada. Mataron en nombre de una patria que no les pidió eso. Y de una ideología enferma y macabra.

Ahora saldrá en un permiso penitenciario una de las terroristas más sanguinarias, integrante de aquel comando Madrid que tantas vidas truncó. Participó directa e indirectamente en más de una veintena de muertes. Ha pedido perdón y ha llegado a afirmar: “El dolor que yo siento, he sentido y sentiré el resto de mi vida no se limita ni se limitó nunca a las víctimas de los atentados en los que yo sí tomé parte, y esto debe de quedar muy claro, sino que va más allá y de manera mucho más terrible y dolorosa por las víctimas de los atentados que no pude evitar”. Creerla o no creerla, la sinceridad de su arrepentimiento es una cuestión compleja y subjetiva.

Mataron en nombre de la nada. Truncaron sueños, vidas, ilusiones, familias, esperanzas. Clavaron espinas de soledad y tragedia en muchos corazones. Pudrieron en las cárceles su juventud. Ellos salen; los otros, en cementerios.

Es la realidad. Tal vez no puede haber otra en estos momentos. Es la hora del perdón, nunca del olvido, pues sería asesinar dos veces a las víctimas.

 

Abel Veiga

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