Afloran mitos urbanos en torno a un viejo eucalipto en Engativá

Afloran mitos urbanos en torno a un viejo eucalipto en Engativá

Pobladores dicen que guarda muertos y tesoros de la época colonial.

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14 de abril 2016 , 07:48 p.m.

Nadie en Engativá se atreve a excavar en las raíces del eucalipto australiano que domina el parque Fundacional. Ni la promesa de un tesoro oculto es suficiente para que alguien se anime a hincar una pala, pues las consecuencias –corre la voz entre los pobladores– podrían ser fatales.

La imponencia de este monumento vegetal de unos 25 metros de alto es proporcional a la cantidad de mitos y leyendas urbanas que se tejen a su alrededor. Gilma Jiménez unta de arequipe y mora una oblea, se la entrega al cliente de turno y después repara en el protagonista: “Ese no es un árbol cualquiera. Casi todos conocen alguna historia sobre él”.

La vendedora, de 72 años, piel morena y cabello blanco, se gana la vida en el lugar. Abrigada con bufanda, saco y un sombrero de ala ancha, siente que Engativá transmutó de pueblo a barrio de Bogotá, de la noche a la mañana y sin previo aviso.

A manera de rodeo –antes se le interroga por el eucalipto– se despacha contra los efectos de la llegada masiva de nuevos y desconocidos habitantes: “Si no se hubiera llenado de tanto bazuquero y ladrón, tal vez seguiría siendo como un pueblo. Todavía me acuerdo cuando solo había rastrojo de la esquina hacia allá”.

Ahora se toma la barbilla y deja brotar los relatos que conoce. “Si este árbol se llega a caer, por el hueco que dejen sus raíces se sale todo el lodo que hay bajo tierra y que se conecta con el nevado del Ruiz. Engativá se acabaría”, sentencia la abuela, con la rotundez propia de las personas criadas en el campo. Esparce más dulce sobre otra galleta y suma la tercera venta de la tarde.

Colegiales, ancianos y parejitas que se besuquean son los habituales ocupantes del sitio. A propósito, Socorro Quintero (de 67 años) saluda a Gilma. Tras comentar sobre el frío que las azota por estos días, la recién llegada escucha lo que le pregunta su amiga:

–Soco, es que el señor está averiguando por el árbol, ¿que si usted sabe algo?

–Claro, yo sé que ahí fue donde Simón Bolívar amarró el caballo cuando pasó por acá. Él pernoctó en el caserío que había en esa época, porque casi todo era monte.

La documentación consultada no reveló que el prócer tuviera alguna visita memorable al poblado. Pero lo cierto es que Engativá sí fue por años un pequeño arrume de bohíos y escasa población, la cual, en principio, fue solo indígena.

Sin una fecha exacta de fundación, los muiscas de la llamada aldea de ‘Yngativá’ (que traduce Tierra de abundancia) se sometieron al sistema de encomiendas impuesto por los españoles, entre 1539 y 1650. Así se lee en un estudio adelantado por el Observatorio Local de Engativá.

El legado espiritual de los indios, aunque borroso, aún es apreciable entre las gentes que llegan al parque. No es gratuito lo que cuenta Carlos Aguillón (de 46 años), un desempleado con estudios forestales del Sena que comparte charla con su esposa en la matera que bordea al eucalipto, a unos metros de Gilma y compañía.

–Creemos que debajo del árbol hay una riqueza, porque según cuentan ahí está enterrado un cacique indígena con su esposa. Usted sabe que a ellos los enterraban con oro y joyas–, anota el hombre, con ese brillo en los ojos propio de quienes sueñan con alcanzar El Dorado.

–Con toda seguridad hay vasijas, que por sí solas ya son riqueza.

–¿Y por qué no lo desentierran?

–Porque puede caer una maldición–. Cabe recordar que esta zona integraba el Zipazgo de Bacatá, máxima reunión de muiscas en la sabana de Bogotá.

Carlos explica que, según sus conocimientos, las raíces de este portento natural pueden hundirse hasta seis metros en la tierra. Además advierte que esta variedad de eucalipto no es propia de los Andes, lo cual descarta que su nacimiento esté fechado en una época prehispánica.

De regreso con la vendedora de obleas, ella reconoce que lo dicho por Carlos constituye la creencia más difundida. Y enlaza tal cuento con la presunta maldición que dictó un obispo durante la Colonia, luego de que un cura fuera asesinado por la tribu que habitaba junto al humedal Jaboque (a menos de 1 km de allí):

–Dizque al padre le cortaron la cabeza y colgaron el cuerpo del árbol. Como castigo, el obispo maldijo al pueblo. Por eso es que antes no duraban los párrocos en la iglesia– concede la anciana, que arroja granos de maíz a las palomas.

–Lo bueno es que esa maldición se acabó, porque desde hace como diez años que los párrocos se amañan y duran más tiempo acá– agrega Flor Céspedes (de 70 años), quien se ha sumado a la conversación y apunta a la iglesia de Engativá, modesta edificación que se construyó en 1638 bajo el amparo de Nuestra señora de los Dolores.

Las palomas insisten en picotear el suelo y gorjear en reclamo de alimento. Gilma se llena la mano de granos y la extiende para arrojarles un banquete a estos roedores alados. Flor no pierde chance para recomendar un bebedizo con tintes de chamán muisca:

–Oiga, la sangre de estas palomitas es saludable. Usted coge una, le chuza la cabeza y le saca una copita de sangre. Para las mamás que están en dieta después del parto es muy bueno.

–¡Ja, pues yo no tomo de eso! Estas palomas son como personas, mi compañía.

–Dicen que es un muy buen remedio. Y tengo varias conocidas que lo han tomado–, defiende la señora.

Antes de ocultarse el sol, corre el viento fresco por el parque Fundacional. Los labios tienden a secarse y el eucalipto australiano luce imponente con sus seis brazos lampiños y venosos. Las hojas se le han caído en esta temporada. Habrá que aguardar el paso de las lluvias para encontrarlo otra vez frondoso.

FELIPE MOTOA FRANCO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter @felipemotoa

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