El cementerio de los sin nombre en la isla de Lesbos, en Grecia

El cementerio de los sin nombre en la isla de Lesbos, en Grecia

Pequeñas placas indican el lugar de cientos de inmigrantes muertos en las aguas del Mediterráneo.

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14 de abril 2016 , 07:40 p.m.

“Niño, iraquí, cinco años, desconocido”. “Niña, siria, tres años, desconocida”. “Hombre, sirio, desconocido”.Víctimas sin nombre de la mayor tragedia de los últimos años, la huida desesperada de millones de personas de la devastadora guerra en Siria hace que los rastros se esfumen.

Almas perdidas en el camino entre la desolación de su tierra de origen y el sueño de una vida mejor en Europa que se truncó un día en la travesía de siete millas náuticas que separa la costa turca de las islas griegas del Egeo, mientras los gobiernos europeos nunca pusieron en marcha una misión de rescate en el mar. Descansan para siempre en Agios Panteleimonos (San Pantaleón), el cementerio de Mytilene, la capital de Lesbos, forzado a crecer en los últimos meses. El primer refugiado enterrado allí llegó en el 2007.

Desde entonces enterraban alguno cada pocos meses. Pero desde el año pasado se dispararon las muertes. Solo este año murieron en el Mediterráneo 447 personas.

Las tumbas de los refugiados, al fondo del cementerio cristiano ortodoxo que domina Mytiline desde una colina, están marcadas con una pequeña placa de mármol con un número y la fecha del entierro.

Algunos tienen nombres porque se encontró su documentación entre sus pertenencias. Como Sido Faumo, una mujer camerunesa de 27 años que fue enterrada el 3 de septiembre del año pasado. O como Alasaad Omar, un niño afgano de un año. O la pequeña siria de la misma edad Safi Siyap, sobre cuya tumba alguien dejó una flor y un osito de trapo.

Xristos Mavrajilis es el sepulturero. Dice que lleva semanas sin enterrar refugiados, “pero sobre todo octubre y noviembre fueron meses terribles. Antes aquí enterrábamos a un vecino por semana, pero con esta crisis algunos días enterramos a decenas de refugiados. Un día en el 2013 lo hicimos con trece personas de Siria”.

Según la oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, durante los meses más trágicos murieron ahogados una media de dos niños por día.

Mavrajilis, que de joven fue marino como muchos griegos –la marina mercante helena es una de las mayores del mundo–, conduce al periodista entre tumbas sin apenas datos, la mayoría sin nombres, en las que escribe la fecha del entierro y un número. “Ahí están enterrados una madre y sus dos hijos: uno tenía 14 meses”, señala. Son unos túmulos al fondo del cementerio, en el poco espacio que quedaba libre, dispuestos hacia La Meca, según la costumbre islámica. Dice casi disculpándose que tuvieron que enterrar a varias personas juntas por falta de lugar y que los asistentes a los funerales eran normalmente unos pocos voluntarios de oenegés, algunos vecinos, algún funcionario de la alcaldía.

Registro de ADN

En otra parte del cementerio se entierra a los pocos refugiados cristianos, casi todos sirios, que el mar empujó hasta las costas de Lesbos.

El número que se anota en las placas de mármol sirve para identificar el cuerpo con los registros de ADN que llevan el hospital local y el instituto forense de Atenas. Mavrajilis dice mostrando cierta desconfianza, como si no acabara de creerlo: “Tal vez alguien, algún día, venga a reclamar el cuerpo. Se le tomaría una muestra de ADN y los médicos podrían cotejarla”.

Mavrajilis dice haber enterrado a más de 200 personas en este cementerio y en el que se abrió a unos 20 kilómetros de Mytiline cuando este se desbordó tras dos importantes naufragios con decenas de víctimas cada uno. Esa vez, Mavrajilis se encontró con 85 cadáveres en un contenedor frigorífico.

La solución fue utilizar un terreno en Kato Tritos, a 20 kilómetros de Mytilene, para dar sepultura a esas víctimas. Ahí ya hay más de un centenar de tumbas, todas de musulmanes.

Una estatua conmemora otro flujo de refugiados dramático, cuando en 1922 cientos de miles de griegos y armenios huyeron de Turquía y muchos pasaron por esta isla o se quedaron en ella.

Mientras hablamos con Mavrajilis en la puerta del cementerio, una moderna fragata de la Otán pasa frente a Mytilene. Vigila, oficialmente, para detectar a traficantes de personas como parte del acuerdo entre la Unión Europea y Turquía. “Lleva por ahí dos semanas; no sé para qué sirve. Esos barcos no pueden rescatar personas, tienen demasiado calado –la distancia entre el agua y la borda–. Solo están ahí para dar miedo”.

Mavrajilis se sienta bajo un árbol. Dice haber llorado muchos días: “Entierras a un niño de un año que no sabes ni cómo se llama. Sus padres tal vez estén en el fondo del mar. Cada vez que hay un hundimiento hay más desaparecidos que cuerpos. El gran cementerio de refugiados no está aquí, está ahí en frente”, dice señalando al mar.

IDAFE MARTÍN PÉREZ
Lesbos
Para EL TIEMPO

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