Seguimos en coma (2) / En defensa del idioma

Seguimos en coma (2) / En defensa del idioma

Una coma siempre hace la diferencia en cualquier frase.

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14 de abril 2016 , 07:22 p.m.

La semana pasada tratamos el uso de la coma referente al inciso explicativo. Con respecto a ese asunto, una aclaración: nunca debe separarse con coma (ni con ningún otro signo) el sujeto del predicado. Si vamos a escribir que el reconocido y premiado médico grecorromano de la universidad donde se descubrió la vacuna contra la amnesia llegó a Bogotá, pues debe escribirse: “El reconocido y premiado médico grecorromano de la universidad donde se descubrió la vacuna contra la amnesia llegó a Bogotá”. El sujeto es el ejecutor de la acción (“el reconocido y premiado médico grecorromano de la universidad donde se descubrió la vacuna contra la amnesia”) y el verbo (“llegó”) es la acción ejecutada por este. Jamás debe marcarse signo alguno entre estos, sin importar la extensión. Podemos escribir: “Carlitos lloraba”, donde el sujeto es “Carlitos” y el verbo, “lloraba”. Noten: tampoco hay coma entre estos dos.

Luego de esta aclaración, sigamos (porque “seguimos en coma”). El siguiente uso de este signo se refiere de manera literal a las palabras con que nombramos (nominamos) a una persona o a varias, o a seres personificados. Cuando pretendan definir el concepto “Sol” ante alguien que nunca lo ha visto ni sentido, se recomienda llevar a esa persona a un lugar donde pueda ver y sentir el Sol. Por tanto, procederemos de manera similar, no tanto con la grandeza del Sol, pero sí al menos con algunas lucecitas, que funcionarán como ejemplos.

Cada vez que nos dirigimos a una persona (personas o ser personificado) y la nombramos, esa palabra se llama vocativo: “Ya que vas a la biblioteca, Carlos, por favor trae un ejemplar de poemas”. El vocativo es “Carlos”, porque con esa palabra nos dirigimos a una persona llamada así. Si hubiésemos acudido a un apodo (cariñoso en este caso), también este sería vocativo. “Gordito, ya que vas a la biblioteca…”.

Todo vocativo debe separarse del resto de la oración por coma: después, antes y después o solo antes, dependiendo de dónde lo situemos. “Sabes, Carlitos, que encontré el archivo”, “Carlitos, sabes que encontré el archivo”, “Sabes que encontré el archivo, Carlitos”. En todos estos casos, nos dirigimos a Carlitos. Si él se llamara Juan Carlos Eduardo y quisiéramos usar todo el nombre compuesto, pues una de las oraciones posibles sería “Sabías, Juan Carlos Eduardo, que encontré el archivo”.

Ese uso de la coma vale también para apodos, alias, cargos, apelativos, rangos, grados, etc., siempre y cuando le hablemos a alguien, ¡que es distinto a hablar de alguien! Más ejemplos: “Vamos por acá, señor general, a conocer las instalaciones”, “Repítame, señorita secretaria, dónde puedo encontrar al abogado”, “Llegó usted, querido amigo, como caído del Cielo”, “Parece, doctor Suárez, que la junta quedó aplazada hasta mañana”, “Sígame por este pasillo, Ignacio Arturo, para indicarle cuál es el recorrido”, “Oiga, López, ¿cuándo es la prueba parcial?”, “¡Cuánto te amo, hijo mío!”, “El proyecto de ley, señor senador, fue presentado el año pasado”, “¿Tiene horas, señor?”.

Por supuesto, también es válido este uso cuando nos dirigimos a un grupo de personas: “Bienvenidos, damas y caballeros, esta noche a la presentación de la muestra cinematográfica”, “En esta ocasión, respetado público, rogamos que se guarde silencio”, “Atención, escuadrón”. En el caso de seres personificados, he aquí más ejemplos: “Vete al patio, Firuláis. Eres un perro tonto”, “¡Misifú, dejaste pelos en el sofá!”, “Quita las patas sucias del tapete, Nerón” (no se trata del emperador romano, sino de un perro travieso).

En variados contextos, hay otros usos muy simpáticos, casi emparentados con la cursilería: “Yo te dije, Pupuchurrito, que fuéramos a cine esta semana”, “Ayúdame, Duraznito, a comprar mi centésimo teléfono”, “¡Ay, Gordilín, no se te olvide traerme los chocolates que tanto me gustan!”, “Sabías, Gatico de mi corazón, que mañana debo pintarme las uñas”, “¿Cierto, Galletica mía, que mi pelo de erizo me da distinción?”.

En los mundiales de fútbol, en las fiestas nacionales y en las instalaciones del Congreso, fueron muchas las comas que devoraron algunos colegas periodistas: “¡Gracias, Colombia!”, “¡Ay, patria mía, te llevo en el alma!”, “Hoy nos reunimos, colombianos, para convocar a la paz”. “Te admiramos, Selección Colombia”, “En esta ocasión, respetados compatriotas, es necesario reflexionar”.

Hay otro vocativo que algunos hablantes sitúan en un orden determinado, de acuerdo con la intensidad de sus angustias: “Por favor ayúdanos, Dios mío”, “Ayúdanos, Dios mío, por favor”, “Dios mío, por favor ayúdanos”. Ello sucede sobre todo cuando empiezan las sesiones legislativas o las campañas electorales.

Con vuestro permiso.

Vea también: Estamos en coma (1).

JAIRO VALDERRAMA V.
Profesor
Facultad de Comunicación

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