Eduardo Galeano sigue invitando a pensar

Eduardo Galeano sigue invitando a pensar

'El cazador de historias' se titula el libro póstumo del fallecido autor uruguayo.

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14 de abril 2016 , 10:34 a.m.

 Eduardo Galeano murió el 13 de abril de 2015. Él marcó mi carrera como editor. Era el autor de la cercanía, de las visitas largas (suyas a Buenos Aires y a la editorial, mías a su casa de Montevideo), de las anécdotas conversadas que relataba con la morosidad de un narrador viejo y sabio, y que podían hablar de personajes conocidos de la cultura o la política, o de personajes anónimos que se le acercaban y le confiaban una frase o una historia. En sus textos se nota ese oído fino y esa capacidad de retener la parte más vital de los recuerdos. Era un tipo que tenía muy claro por dónde pasaban las cosas buenas de la vida. De hecho, no le gustaba la exposición mediática ni dar notas, porque había decidido que lo importante era preservar el tiempo para caminar, conversar, escribir...

Pensar que la relación que nos unió fue sólo profesional deja sabor a poco, ya que trabajar con él implicaba intercambio de ideas, ocurrencias, discusiones. Un buen ejemplo de esto es el trabajo que realizamos con El cazador de historias. A principios de 2014 me mandó este mensaje, invitándome a visitarlo para terminar de cerrar el libro: “Acabo de terminar la re-re-revisión última del libro nuevo. Tengo listas, como querías, las treinta y una ilustraciones para entregarte todo. ¿Vendrás a Montevideo al fin de enero? Mañana me voy a Baires para grabar unos cuantos programas sobre fútbol, pero ya el 9 estaré montevideando, y caminando a la orilla del río-mar. Cuando vengas, si se confirma tu venida, tendrás cama y baño en mi casa, que es también tuya”.

Viajé con el “mamotreto” bajo el brazo, como le decía él al paquete con la corrección de galeras, y las revisamos la mitad del tiempo en su casa y la otra mitad en su “oficina”, el Café Brasilero, un bar tradicional de la Ciudad Vieja. Cada historia del libro disparaba una conversación o algún pequeño comentario y así pasaban las horas y avanzábamos despacio. En el bar, no paraba de acercarse gente para saludarlo o comentarle cosas, y él se tomaba el tiempo para charlar con cada uno (también era habitual que, cuando sus “fans” no lo encontraban, le dejaran allí mismo libros para firmar, regalos o cartas; cuando Eduardo iba, miraba todo, firmaba las obras y luego los mozos se las devolvían a sus propietarios).

Durante ese verano cerramos hasta el último detalle de El cazador de historias, incluida la imagen de cubierta que, como solía suceder, él mismo había elegido. Había dedicado los años 2012 y 2013 a trabajar en este libro. Dado que su estado de salud no era bueno, decidimos demorar la publicación, como un modo de protegerlo del trajín que implica todo lanzamiento editorial. Ahora, prácticamente para el primer aniversario de su muerte, el libro está listo y llegando a todas las librerías de América Latina (y en unos meses empezarán a aparecer las traducciones en los innumerables países donde se publica su obra).

El siglo XXI no está resultando ser un gran siglo. Los abusos de un sistema formado por ricos cada vez más ricos y jodidos muy jodidos están a la orden del día. Siguen soñando las pulgas con comprarse un perro y los nadies con salir de pobres. Eduardo Galeano se propuso en este libro mostrarnos –con crudeza, con humor, con ternura–, el mundo en que estamos viviendo, desnudando ciertas realidades que, pese a estar al alcance de la mano, no todos llegan a ver.

Eduardo siempre fue reticente a hablar de sí mismo pero, afortunadamente, en esta oportunidad hay un puñado de historias, realmente fascinantes, que nos ofrecen pistas de su biografía, de sus años de infancia y juventud, de los primeros viajes por América Latina, de las personas que marcaron su vida y su escritura, y que expresan sus ideas sobre la muerte.

Eduardo Galeano creó una obra que no pasó inadvertida, que se cierra con este libro. Varias generaciones la han leído con pasión y seguramente seguirán haciéndolo, porque algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende.

Carlos Díaz

Editor Siglo XXI Argentina

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