Todo comenzó por el fin

Todo comenzó por el fin

Se corona una vida que son tres vidas. "Ya va a venir el día, ponte el cuerpo".

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12 de abril 2016 , 08:13 p.m.

Retomo, con la venia de EL TIEMPO, el tema de mi columna ‘Intermedio’ de ayer en 'El País', excusando la reiteración con los lectores de los dos diarios, pero la importancia nacional y regional del tema así me lo impone.

En la Cali de los 70 se consolidó un grupo de jóvenes picados por la mosca del cine y la literatura, sin desviarse de la rumba pesada, capitaneado por Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y Luis Ospina, quienes, en alarde de ingenio y sarcasmo, dado que en la ciudad la actividad cinematográfica era precaria, se acreditaron como Caliwood.

El escritor Caicedo era el tímido, torpe, tartamudo, activista sin desmayo ni privaciones; cuando no estaba leyendo literatura macabra era viendo cine u oyendo rock, todo ello aderezado por la ingestión de la droga en boga. Fundó el Cineclub de Cali. Con 'Que viva la música' pegó el batatazo y se convirtió en leyenda desde el mismo momento en que apareció el libro y él se disparó sesenta pepas de seconal.

Carlos Mayolo era una metralleta de metáforas astilladas, un director para quien el guion valía huevo porque lo iba construyendo según su iluminado capricho. Vodka, perico y cacho eran su trinidad cotidiana. Hizo varias películas con el afán de desacralizar y de burlarse de quienes traficaban con la miseria del pobre 'people'.

Luis Ospina mediaba entre ambos haciendo de fiel equilibrio. Venía de California, donde había estudiado cine de veras. Todos vivieron épocas en La Casa Solar, aporte del fotógrafo Guerrerito, que fue a la vez comuna, laboratorio, galería, conspiradero y desnucadero.

Ospina se propuso hacer la película de su vida y por poco le resulta la de su muerte. Mientras la adelantaba se le atravesó un cáncer, y tuvo que variar el orden y el contenido. Es la crónica –documental– de la vivencia vidente, sin atemperar los excesos, de los tres nada tristes tigres caleños, sus logros azucarados, sus tremendos amores que terminaron por ser intercambiables, su amistad por encima de todos, su voluntad de no transigir en sus transgresiones. Caicedo y Mayolo ya se embarcaron en la muerte, esa otra forma de quedarse dormido en plena película. Ospina los despierta en la mente de sus fanáticos. Son tres horas y media con una narración sostenida, surcada por referencias a películas clásicas de actor enfermo y de ellos mismos, tomas de archivo, cartas, filmaciones de filmaciones, entrevistas con las voces y figuras de sus mujeres y sus amigos en la festichola del testimonio.

La película, con la muerte como asistente batiendo el ala, produce, además de solidaridad y nostalgia, emociones fuertes, positivas, como la veneración hacia tales muchachos locos como lo fuimos, negativas hasta el asco con la aparición de ese personaje que funge de poeta, Alvarado Tenorio, quien de lo único que puede presumir en su vida de intelectual arrimado es de haber sido detonante en el suicidio de Andrés Caicedo, abochornado ante su novia, como lo explica en su última carta, por haberse dejado manosear por el innombrable.

Luis Ospina le ganó de mano a la muerte, lo que implica que ya puede dormir tranquilo. Hizo una suerte de epopeya del correr de una panda de irreverentes que sin mayores recursos hicieron con el cine y con las palabras lo que quisieron, darles la vuelta y proponer una catarsis vecina del cataclismo.

Es una de esas obras imperdibles de nuestra cinematografía no del todo descarrilada, que con seguridad va a hacer volver los ojos a las películas y los libros de ese centelleante grupo de Cali, de Caliwood. Se corona una vida que son tres vidas. “Ya va a venir el día, ponte el cuerpo”. Ponte las alpargatas, Luis, siéntate en el sillón, y descansa.

JOTAMARIO ARBELÁEZ
jmarioster@gmail.com

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