Postales del 2100/ Análisis del editor

Postales del 2100/ Análisis del editor

En el 2100 habrá avances tecnológicos inimaginables, pero también grandes desafíos ambientales.

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11 de abril 2016 , 02:29 p.m.

Mi hijo se llama José Fernando y tiene dos años. No es descabellado pensar que viva para ver el final del siglo. Yo, que habré dejado este mundo mucho antes, no puedo evitar una mezcla de asombro y envidia al imaginármelo viendo a sus nietos jugar lo que sea que jueguen los niños en 2100.

Para entonces, se habrá universalizado el uso de robots. Muchos empleos serán remplazados. El dinero será una reliquia y las nuevas generaciones se maravillarán de que sus antecesores confiaran en el intercambio de piezas de papel.

La vida ‘desconectada’ será un recuerdo distante. Habrá sensores en todas las cosas e incluso en el interior del cuerpo humano. Una conectividad cientos de veces más rápida que la actual hará que la interacción con el entorno se produzca a la velocidad del pensamiento. Internet no será ya una plataforma a la que uno se ‘sube’, sino un aspecto más de la vida diaria, tan real como la real. Eso, a su vez, mandará al pasado la necesidad de aparatos físicos como los celulares, las tabletas y los computadores.

El primer carro que José Fernando conduzca probablemente no dependerá del todo de un combustible fósil y el último volará. Los autos sabrán conducirse solos. El tráfico, la inseguridad y hasta las vicisitudes del clima habrán sido ‘domados’ por sistemas capaces de manejar grandes volúmenes de datos.

Esa capacidad transformará también el campo médico. Nuevos sistemas serán capaces de alertar de la presencia de un puñado de células cancerígenas mucho antes de que puedan formar un tumor. La nanotecnología hará posible atacarlas y destruirlas sin causar el daño devastador de los actuales tratamientos. Los médicos podrán cultivar o ‘imprimir’ órganos y el debate se moverá a la ética de una tecnología que podría, si quisiera, crear un organismo completo, manipulado en cada detalle.

La realidad virtual y la realidad aumentada cambiarán la educación, el comercio, la investigación y el entretenimiento. Los voluminosos cascos de hoy darán paso a modelos cada vez más pequeños que, eventualmente, podrán integrarse directamente al ojo humano. En cada casa habrá impresoras 3D capaces de dar forma a objetos de todo tipo, ya sea que uno los adquiera en tiendas virtuales o que los cree con programas para tal fin.

Con todos estos avances vendrán también descomunales desafíos. La generación de José Fernando enfrentará de manera muy concreta los efectos del daño que hemos causado al planeta. El aumento en los niveles del mar y de la temperatura no será un problema hipotético sino real, que se sumará al reto de dar sustento a 10.000 millones de personas. También enfrentarán la perspectiva de nuevas clases de terrorismo, como el cibernético, el biológico o el nuclear.

Les digo esto porque al asumir esta columna quiero darles una idea de mi aproximación personal al universo de la tecnología: a la vez optimista y cautelosa, marcada por una ineludible noción de asombro por las posibilidades, de cada nuevo avance. Ojalá Colombia reconozca que de la educación depende hacer parte de ese desarrollo.

Ojalá la próxima generación tenga más que agradecernos que recriminarnos. Temo que la falta de decisiones valientes y acciones concretas cree problemas más grandes de los que podemos resolver, pero no dudo que veremos cambiar al mundo y que muchos de esos cambios serán para bien. Por mi parte, celebro estar aquí para reportar ese viaje.

Wilson Fernando Vega R.

Editor Tecnósfera

@WilsonVega en Twitter

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