La paz en el brete

La paz en el brete

El proceso de paz atraviesa su momento más difícil. ¿La dejaremos morir antes de nacer?

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07 de abril 2016 , 11:55 p.m.

La palabra brete, en Colombia, se puso de moda a principios del siglo XX, durante el reinado del director de la Policía, general Salomón Correal (1914-1918), conocido por el apodo cariñoso de ‘el general Hachuela’. Ese personaje se inventó una modalidad de brete (cepo para impedir que algunos presos peligrosos escapen) destinada no a los criminales, sino a los periodistas que criticaban al gobierno del señor Concha, y particularmente al señor Director de la Policía. El brete del ‘general Hachuela’ era ingenioso. A diferencia del cepo normal, tenía dos funciones. Una, evitar la fuga del periodista detenido sin previa orden judicial (bastaba una orden del ‘general H.’) y la otra, encogerse durante la noche, de modo que el criticón preso sufría terribles dolores que lo instruirían en el duro aprendizaje de tener la boca cerrada. El testimonio rendido al respecto por uno de los beneficiados con el brete de ‘Hachuela’, el director de ‘Gil Blas’, Benjamín Palacio Uribe, provocó una tempestad de críticas en la prensa de Bogotá, que desafió unánime al general Salomón (poco sabio) a meterlos a todos en el brete. La protesta periodística y ciudadana fue de tal magnitud que obligó al presidente Concha a jalarle las orejas a su protegido y a prohibir el uso del brete y las detenciones arbitrarias.

Sobrevivió la locución “estar en el brete” como sinónimo de situaciones injustas que producen dolores y contrariedades insufribles. Eso es lo que le ocurre hoy a la paz tan anhelada y acariciada por la inmensa mayoría de los colombianos. Está en el brete. Y peor aún, agoniza en el brete. ¿La dejaremos morir antes de nacer?

Más allá de las diferencias profundas, pero superables mediante la magia del diálogo sereno y sincero, como es el que han llevado en estos tres años, que obligaron a los comisionados del Gobierno y de las Farc a procrastinar la fecha de firma del acuerdo final de paz, fijada para el 23 de marzo, han surgido, después de esa fecha, aparte del regocijo interno y externo de los enemigos de la paz, escenarios (el brete) que hacen temer por la suerte de las negociaciones.

El paro armado que promovió la banda criminal denominada ‘Clan Úsuga’, y autodenominada ‘Autodefensas Gaitanistas de Colombia’ (Agc), demostró que esa organización, además de tenebrosa, posee un inmenso poder capaz de inmovilizar cinco departamentos y de paralizar a punta de amenazas terroristas una ciudad como la bella Montería que tiene más de setecientos mil habitantes. El paro armado de ‘los Úsuga’ (la familia del gran caudillo popular Jorge Eliécer Gaitán ha hecho pública una protesta razonada y contundente contra el uso abusivo que del nombre del heroico líder revolucionario están haciendo ‘los Úsuga’ para ponerle un taimado barniz ideológico a su actividad criminal), que dejó seis colombianos asesinados por los terroristas de esa organización, así como vehículos quemados y pánico entre las poblaciones de cinco departamentos, más los cuarenta y pico de líderes sociales y activistas de derechos humanos masacrados en lo que va del año por esa o por otras bandas criminales, han motivado el miércoles pasado, desde La Habana, una manifestación de los delegados de las Farc muy preocupante, porque resulta ser un diagnóstico de que el paciente (la paz) podría haber entrado en estado de coma.

Este es un fragmento de las declaraciones de Pablo Catatumbo, tomadas de ‘Granma’ (6/4/2016): “… no puede ser que mientras, por un lado, se anuncia la inminente firma de un acuerdo final de paz, por otro, fuerzas políticas y sus grupos criminales de choque preparen y festejen de antemano un nuevo baño de sangre para Colombia… No puede postergarse más en La Habana el acuerdo sobre paramilitarismo y garantías de seguridad… El mensaje ha de ser claro ante el país y el mundo. Con grupos paramilitares, con crímenes y atentados, con amenazas y terror no puede materializarse la paz”.

El 2 de abril, la marcha uribista contra la paz (caminata que estuvo pacífica, nutrida, ordenada, y eso sí vociferante contra el Gobierno) coincidió con el paro armado de ‘los Úsuga’. Digo, una coincidencia. Pero ni en el uribismo, ni su jefe, ni sus veinte senadores y otros tantos representantes, ni su Procurador General han emitido una sílaba de condena al paro armado de ‘los Úsuga’ ni a sus desmanes criminales.

Desde el comienzo del proceso en La Habana, el obispo de Sudáfrica, Desmond Tutu, les explicó a los colombianos cómo su propia experiencia y el conocimiento de la historia le habían enseñado que hacer la paz es más difícil que hacer la guerra. No es tan difícil si los adversarios se sientan a la mesa a conversar dotados de buenas intenciones y quieren llegar a un acuerdo justo, equitativo y bueno para todos; pero cuando hay una banda criminal armada, de seis mil efectivos, o una banda de ángeles si así los quieren llamar, capaz de bloquear cinco departamentos, con red de corrupción que llega hasta el Congreso de la República, augusta entidad democrática, ¿quién le pone el cascabel a ese gato?

Es un aspecto que ojalá analicen con cuidado en la mesa de La Habana. El proceso de paz atraviesa su momento más difícil. El país vive un clima de pesimismo y de desasosiego, agravado por la crisis económica y los escándalos continuos de corrupción pública y privada. Se impone un esfuerzo supremo para revivir la paz. El primer acuerdo al que deben llegar en La Habana en estos días es cómo tratar el asunto espinoso de los paramilitares o bandas criminales (el nombre es lo de menos, lo que preocupa es su capacidad de hacer daño) para solucionar de una buena vez ese problema.

ENRIQUE SANTOS MOLANO

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