Respuestas al terrorismo

Respuestas al terrorismo

07 de abril 2016 , 10:40 p.m.

Las bombas que explotaron en el aeropuerto de Bruselas el 22 de marzo ocasionaron la muerte de 35 personas y dejaron 250 heridos. Pocos días después, otras bombas causaban nuevamente terror, esta vez en Lahore, Pakistán: 72 muertos y más de 300 heridos. Aunque el volumen de víctimas fue mayor, el incidente en Pakistán atrajo menos atención internacional que aquel en Bruselas.

“Muertos de segunda”, los llamó el editorial de El Espectador en advertencia crítica a los medios de comunicación. Un artículo en El País de España reflexionaba sobre la “jerarquía de la muerte”, tras el debate en las redes sociales que reprochaba la indiferencia internacional ante la tragedia paquistaní.

Hubo, sin embargo, chocantes similitudes en la forma como ambos episodios fueron cubiertos por los medios, no obstante las diferencias en los espacios dedicados a uno y otro. Imágenes de cadáveres y heridos en ambulancias, rostros adoloridos y llenos de lágrimas de sus familiares, patrullas de seguridad tras los desastres, declaraciones políticas: en uno y otro lugar, la tragedia parecía ser la misma, escalonada en actos barbáricos que desafían explicación racional.

Parecían escenas repetidas, y ambas repetidas, a su turno, de sucesos anteriores, despojadas hasta cierto punto de significado propio. Y tras cada incidente las imágenes del más reciente se repiten sin cesar, dirigidas a un auditorio cautivo de su misma debilidad humana y morbosa, o atemorizado frente a las amenazas, o con ansias de entender lo sucedido y encontrar respuestas adecuadas.

Y mientras los medios explotan a los espectadores de tantos teatros de terror, los terroristas se sirven de los medios.
Es un viejo dilema, casi de imposible solución. “La publicidad y las respuestas son los ‘idiotas útiles’ de los terroristas”, escribió Simon Jenkins en The Guardian, horas después de las bombas en Bruselas. El propósito de los terroristas, observa Jenkins, es difundir un mensaje político a través de la “masiva publicidad” que generan sus horrorosos ataques.

En otro artículo, inmediatamente posterior, Jenkins insistió en sus preocupaciones. Los terroristas, señaló, miden sus éxitos en “pulgadas de columnas y horas de televisión”, en el incremento de presupuestos de seguridad, en “libertades sacrificadas”, en nuevas leyes y, en el caso de las más recientes experiencias en Europa, en el número de “musulmanes perseguidos y reclutados” a su causa.

“La amenaza de Bruselas (en Lahore, por extensión) no se encuentra en el terror –concluyó Jenkins–, sino en la reacción al terror”. La frase es más bien efectista, aunque encierra algo de sabiduría. Y es más fácil enunciar el problema que identificar medidas por seguir, excepto las propuestas generales de evitar la histeria colectiva y defender las libertades.

El de Jenkins es un llamado de atención a sus colegas periodistas y a los gobiernos. El debate atañe particularmente a la televisión, por el protagonismo tan central que juega en el mundo moderno.

En un ensayo sobre el cubrimiento televisivo de las guerras civiles y desastres humanitarios en el tercer mundo, Michael Ignatieff identificaba los problemas que tal vez sean intrínsecos al mismo medio: “Las imágenes de televisión son más efectivas en presentar consecuencias que en explorar intenciones; más adecuadas para señalar cadáveres que para explicar” los motivos de la violencia. Y responsabilizaba entonces a la televisión de propagar cierta “misantropía” e insensibilidad frente al sufrimiento de los otros.

La diferencia es que muchos actos de terrorismo reciente ocurren en suelo europeo. Pero, tras lo sucedido en Bruselas o en Lahore, seguimos sin saber cómo reaccionar.

EDUARDO POSADA CARBÓ

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