Clima

Clima

Está despertándose entre nosotros el sano instinto de librarnos de este clima.

07 de abril 2016 , 10:33 p.m.

Ha diluviado en Bogotá y el clima se ha enrarecido desde la marcha uribista contra la paz. Quedó claro aquella mañana inclemente que la plaza de Bolívar puede llenarse con cuarenta mil colombianos que no les creen una sola palabra al Gobierno y a las Farc. Pero también fue obvio que camuflados entre los manifestantes legítimos, que están, por supuesto, en su derecho de protestar con el expresidente Uribe, marcharon también puñados de neonazis; de fanáticos religiosos con estandartes y camándulas; de patrioteros como el engafado que llegó a gritarle a la cámara de un noticiero “¡la muerte del tirano es agradable a Dios!”; de nostálgicos incautos que se han comido el cuento de que en La Habana no se está negociando que miles de guerrilleros entren al capitalismo, sino que millones de ciudadanos caigan en el comunismo.

Podría decirse que marchaban –algunos con el uniforme de la selección colombiana– para que nada cambie, para que esto no deje de ser de su Dios del Antiguo Testamento y de sus patriotas que nos libran de los comunistas hijos del diablo, y para que saltarse la ley, y ajusticiar, sigan siendo señales de tener el poder.

En Colombia rebeldía es cumplir la ley. En Colombia resistencia es defender las instituciones. Ha habido aquí desde el principio un pulso desigual entre acatar unas reglas bienintencionadas, que “se obedecen pero no se cumplen”, y entregarse a los regímenes vengadores que ponen las cosas en su sitio –que han prometido, del siglo XIX a hoy, la pacificación, la regeneración, la revuelta, la refundación de la patria– pero someten los derechos a la opinión de las masas como si “democracia” significara “gobierno de las mayorías”. Sería lo ideal –lo democrático al menos– no sacrificar un solo centímetro de libertad por un solo gramo de seguridad, pero tanto la corrupción rampante como la impunidad, tanto la violencia acechante como la morosidad de los gobiernos suelen crear pueblos que anhelan el autoritarismo.

Y entonces resultan revolucionarios los líderes que a pesar de los gritos repiten que para conseguir el orden no es necesario extirpar los derechos, que la idea es pactar que todos los colombianos regresen a la ley.

No ha vuelto a amanecer desde el día de la marcha. Si uno saca la cara por la ventana, para asomarse a la política colombiana, respira el aire irrespirable que va dejando Uribe a su paso: qué diablos hicimos para merecer este país en donde él decreta el clima. Hace ocho días yo, que en los últimos cuarenta años no he tenido contratos con ningún gobierno, y creo que todos estos presidentes comparten eso de reducir el Estado a repartidor de negocios, me vi obligado a recomendarle la lectura del título V del Código Penal –“Delitos contra la integridad moral– a un tipo que me preguntó por Twitter cuánto me había pagado Santos para que ejerciera mi derecho de criticar la marcha uribista. Y pensé “qué habrá que tener adentro para caer en la tentación de la injuria”. Y “es increíble que seamos incapaces de tener algo en común”.

Dice Enrique Serrano, hablando de su libro ¿Por qué fracasa Colombia?, que nos ha unido el miedo a los peores ejércitos, pero debería congregarnos una educación sobre nuestro destino: el descubrimiento de nuestra historia “sin cortapisas ideológicas”. Y sí, tiene que haber cosas mejores que nos unan –mejores que los espantos: el pasado y la suerte de los hijos, por ejemplo– y tiene que haber voces que nos detengan antes de aplastar a los que piensan diferente. Si algo revela la tempranera encuesta presidencial de ‘Pulso País’, que ve a Fajardo ganándoles por poco a los azuzadores de siempre, es que está despertándose entre nosotros el sano instinto de librarnos de este clima.

RICARDO SILVA ROMERO
www.ricardosilvaromero.com 

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