Secuelas del 'paro armado'

Secuelas del 'paro armado'

Es cierto que el paramilitarismo, tal como lo conocimos, ya no existe como tal.

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05 de abril 2016 , 11:14 p.m.

En mi anterior columna advertía sobre los riesgos que para el proceso de paz significan las acciones de organizaciones criminales de distinto nombre pero con rasgos similares a los del paramilitarismo, y por cuya cuenta han sido asesinados ya centenares de líderes sociales, reclamantes de tierras o militantes de izquierda.

Por cierto que, con justificada razón, Gloria Gaitán, hija del gran caudillo Jorge Eliécer Gaitán, ha protestado por el hecho de que se use su inmaculado nombre por parte de bandas de forajidos.

El investigador del Centro de Memoria Histórica Álvaro Villarraga, en El Espectador, hace un acertado análisis de las características de estos grupos, conocidos con los nombres de ‘los Urabeños’, el ‘clan de los Úsuga’ o simplemente ‘bacrim’, del que se deriva que tienen muchas de las particularidades de lo que fue el accionar paramilitar hasta su aparente desmovilización en el 2005.

Sectores del Gobierno consideran una “irresponsabilidad” que se les dé el nombre de paramilitares a estas bandas, en las que se mezclan elementos de narcotráfico, control territorial, uso de uniformes, intimidación, desplazamiento y asesinato de personas. Probablemente, si profundizaran un poco más en el tema matizarían en algo su afirmación.

Un grupo que logra realizar el ‘paro armado’ que acaba de pasar no es propiamente una organización delincuencial pura y simple. A esa conclusión llegué cuando, entre otros elementos de juicio, escuché por radio al presidente del conservatismo David Barguil, denunciar desde Montería que su ciudad parecía desierta, como en un primero de enero, a consecuencia del paro armado.

El que unos delincuentes consigan, como lo registran todos los medios, paralizar cuarenta municipios en seis departamentos debería decirle algo al Ejecutivo. Puede ser pura coincidencia, pero por lo menos tres de esos departamentos (Antioquia, Córdoba y Chocó) corresponden a regiones donde fue más fuerte y más sanguinaria la presencia paramilitar.

En cuanto al número de sus integrantes, oscila entre tres mil, que mencionan unos, y los seis mil que cita el investigador Villarraga. Son cifras similares al número de integrantes de las Farc, y muy por encima del número de guerrilleros del Eln.

Con el eufemismo muy propio de nuestra idiosincrasia, comenzamos a llamarlas ‘bacrim’ (bandas criminales), para tratar de desvincularlas de su origen paramilitar. Es cierto que el paramilitarismo, tal como lo conocimos, con los elementos de complicidad de empresarios y de miembros de las fuerzas del orden, ya no existe como tal. Pero algo de eso debe haber, a pesar de las buenas intenciones y la decisión del Gobierno. Nadie pensaría, por ejemplo, que una banda de apartamenteros, violadores, asesinos o contrabandistas lograra realizar un ‘paro armado’ en Bogotá, o en capitales de departamentos.

El Ministro de Defensa conoce mucho del país, y además ha dado muestras de una capacidad infinita de perdonar y olvidar con miras a conseguir la paz de Colombia. Pero si su tesis fuera válida, estaríamos entonces frente a un simple fenómeno de policía.

Tal vez equívocos acercamientos de estas bandas con la Fiscalía o con el Gobierno en épocas recientes pudieron llevarlos a la falsa expectativa de ser tratados como delincuentes políticos. Ya el Presidente ha dicho claramente que no será así.

Pero aquí no cabe sino una salida: la acción coordinada, bajo la dirección del jefe del Estado, de todas las fuerzas del orden para poner en cintura a estos delincuentes. Recuerdo que ante las primeras manifestaciones del paramilitarismo en el Magdalena Medio, el presidente Barco, bajo la dirección del entonces director de la Policía Nacional, general Miguel Gómez Padilla, creó el Cuerpo Especial Armado, para combatir esas formas de la delincuencia. Es lo que acertadamente dispuso el jefe del Estado en su alocución dominical, para ponerles tatequieto a estas bandas con ínfulas políticas, antes de que sea demasiado tarde.

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ

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