La heroica historia detrás del mejor colegio del país

La heroica historia detrás del mejor colegio del país

El colegio El Socorro, en Malambo (Atlántico), ocupa el primer lugar entre los privados del país.

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05 de abril 2016 , 07:51 a.m.

Mucho faltaba por construir en el barrio Bellavista de Malambo en aquellos días de 1979 cuando Humberto Vásquez, entonces estudiante de Biología y Química de la Universidad del Atlántico, y su esposa Rosaura Ortega, socióloga y normalista, pasaron de ayudar a sus pequeños vecinos con tareas escolares, a levantar en la sala de su casa una escuela con 20 estudiantes.

“Al colegio decidimos llamarlo El Socorro porque eso representó para una comunidad que carecía de opciones”, recordó ayer con ojos húmedos y voz ronca el rector y fundador, quien ya se consolidó como un apóstol de la educación.

Ver a sus discípulos convertidos en personas de bien representa un logro significativo para cualquier maestro, pero tener la certeza cuantitativa, establecida por el Ministerio de Educación, de que su colegio privado, en el que abundan los estudiantes de zonas vulnerables, cuya infraestructura no es imponente y donde se venden dulces en Semana Santa para recolectar dinero que permita preparar a los de último grado con miras a las pruebas Saber, es el mejor del país en secundaria, es un hecho fuera de serie y construido con heroísmo.

Humberto Sánchez, fundador y rector del colegio El Socorro. Guillermo González / EL TIEMPO

“Aquí para garantizar el sostenimiento ningún docente gana más de 6.500 pesos por hora de clase, pero la diferencia la hacemos con una educación que se soporta en los valores. Educamos al estudiante sobre el nivel de exigencia al padre de familia, explicándole la importancia de exigirle al hijo e igualmente comprometemos al maestro a desarrollar el trabajo con todo el profesionalismo requerido”, sostuvo emocionado Vásquez.

La medición del Ministerio de Educación tuvo en cuenta el desempeño de los estudiantes en las pruebas Saber del año anterior, el progreso registrado en las mismas, el número de estudiantes que fueron promovidos al siguiente grado y los niveles de convivencia escolar.

Los valores se reflejan en comportamientos puntuales que buscan alejar la indiferencia. Los docentes se encargan de reforzar a diario a quienes tienen deficiencias. Cuando es necesario hay clases los sábados y hasta los domingos. Así se logran anualmente 1.380 horas de carga académica (la Ley exige 1.200). Además, de acuerdo a sus fortalezas, los alumnos intercambian conocimientos con supervisión de los pedagogos.

“El primer lugar es una muestra del espíritu de superación que tenemos. Trabajamos con la motivación de cambiar las condiciones de nuestras familias”, dijo feliz Angie Sierra, de décimo grado.

A todo esto se sumó, en el año 2005, un programa de competencias lectoras, que se aplica en todos los niveles de la institución y que hoy es pilar de una formación idónea.

Los 1.150 niños y jóvenes que se forman en el pequeño edificio que ya es gran institución, representan luz renovadora para una real transformación. 

Wilhelm Garavito M.

BARRANQUILLA

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