Un atípico manual

Un atípico manual

Cuando llegué a cierta edad, recibí de mi papá un bello ejemplar del Quijote.

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04 de abril 2016 , 10:53 p.m.

No lo sabremos, pero quizás sea mucho más que una simple coincidencia el hecho de que el escritor más grande de la lengua castellana y el más grande de la lengua inglesa se hayan ido de este mundo con un día de diferencia. Hará de eso cuatrocientos años, los próximos 22 y 23 de abril, pero han comenzado ya las celebraciones públicas, y se extenderán por varios meses.

Digo públicas –y en la programación abundan las exposiciones, las obras de teatro y las conferencias–, pero quiero proponer que aquellos para quienes la lectura ocupa un lugar de alguna importancia en la vida realicemos también un homenaje privado a dos escritores de los cuales decir grandes, decir fundamentales o decir emblemáticos será siempre poca cosa. Hoy dedicaré unas palabras al manchego.

Tuve la inmensa fortuna de haber tenido un maestro de español –se llama Álvaro Estupiñán, y acá le doy las gracias– con el buen tino de habernos acercado a Cervantes sin asustarnos: primero nos enseñó las pequeñas, bellas y muy entretenidas 'Novelas ejemplares', y más tarde nos presentó al más fascinante de cuantos personajes ha dado a la luz nuestra lengua: el 'Quijote'.

Lo hizo de manera tan sabia que cuando estudiamos la profundidad en la obra de Cervantes hacía ya mucho tiempo que habíamos celebrado lo divertido de su escritura: de manera que no corrimos el riesgo de aburrirnos o de espantarnos, como les puede pasar a aquellos a quienes les sueltan el extenso Quijote de buenas a primeras, con la obligación de leerlo, analizarlo y explicarlo en pocas semanas.

Coincidía la mirada de mi maestro con el enorme cariño que mi padre ha sentido siempre por Cervantes y la importancia que le daba en la formación de sus hijos. Cuando llegué a cierta edad, recibí de mi papá un bello ejemplar del Quijote. Sabía que me entregaba un atípico manual para la vida, una carta de navegación, un remedio para combatir el aburrimiento, una fuente de inspiración. Y recuerdo su consejo de conservar esta obra de Cervantes como el verdadero libro de cabecera: y lo decía quien no deja pasar un día sin leer al menos una página de aquella novela genial.

Buenos días, estos, para volver a las páginas de El licenciado Vidriera, de El celoso extremeño o de alguna de esa docena de ejemplares novelas cervantinas. O para darse una vuelta por la ínsula Barataria, de Sancho Panza.

FERNANDO QUIROZ
@quirozfquiroz

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