La paz en tiempos de cólera

La paz en tiempos de cólera

El nivel de descontento se traduce en un bajo apoyo al Gobierno y a sus políticas.

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04 de abril 2016 , 10:15 p.m.

Los esfuerzos por conseguir la paz y para evitar que se sigan sacrificando vidas humanas, que se continúe aniquilando la biodiversidad y que se destinen los escasos recursos a la financiación de la guerra en lugar de dirigirlos a mejorar la calidad de vida de las personas, siempre serán bienvenidos. Eso no tiene discusión.

El Gobierno Nacional y el Eln –guerrilla inspirada en la revolución cubana de Fidel Castro y fundada a mediados de los 60– anunciaron su decisión de instalar diálogos alrededor de una agenda ya definida. El acuerdo se demoró, pero al fin llegó. Desde hace años, a partir del inicio de las conversaciones con las Farc en La Habana, los colombianos y la comunidad internacional se preguntaban cómo era posible pensar en una Colombia en paz cuando uno de los actores armados al margen de la ley seguía su lucha y no daba muestras de querer una nación libre de guerra.

El país está hoy ante una oportunidad histórica: las dos fuerzas insurgentes estalinistas, una de corte campesino pragmático –Farc- y la otra de índole más ideológico ortodoxo –Eln-, se hallan en conversaciones simultáneas, pero diferenciadas, con el Gobierno colombiano, con el fin de abrir espacios para que la sociedad colombiana viva en paz.

No obstante lo anterior, también deben considerarse los elementos que pueden influir negativamente en el camino. Es indiscutible, por ejemplo, que a nivel internacional Colombia está rodeada de países hermanos con los que cuenta para apoyar el proceso, pero que atraviesan una coyuntura compleja, o que no dan muestras de defender la paz en el ámbito interno o por lo menos que se preparan para adelantar procesos electorales que pueden dar un giro al rumbo de las políticas desarrolladas en el último año. Venezuela, Brasil, Bolivia, Ecuador y Cuba, entre otros, son naciones que se enmarcan en las condiciones descritas.

En el orden interno son varios los elementos que caracterizan la complejidad del momento. La situación económica, que si bien es de las más sólidas de la región, no debe desatenderse precisamente por las variaciones a que se han visto enfrentados factores decisivos para su estabilidad: el precio del petróleo, las medidas de las autoridades nacionales y la relación con el dólar son algunos de ellos. Tampoco deben ignorarse las manifestaciones de descontento de la sociedad civil.

Las protestas provienen del sector sindical y de algunas organizaciones sociales, de personas afectas a los grupos de oposición o simplemente de ciudadanos preocupados por el elevado costo de vida, la falta de entendimiento o el desacuerdo con lo que se prevé hacer a partir de la negociación con los actores armados ilegales, la perspectiva de racionamiento energético, el aumento en los impuestos, o el déficit manifiesto de justicia en el país, para mencionar algunas.

El nivel de descontento se traduce en un bajo apoyo al Gobierno y a sus políticas. De acuerdo con las últimas encuestas, la aprobación de la gestión del presidente Santos está en apenas 18%. El éxito de la consecución de la paz requiere el apoyo, comprensión y entendimiento del pueblo colombiano. La administración Santos debe hacer grandes esfuerzos por tener en cuenta los motivos del reclamo popular. Pretender invisibilizar las manifestaciones, opacarlas o, más grave aún, ignorarlas, es la peor estrategia que se puede adoptar. Ni el país ni los procesos de diálogo se beneficiarán de tal actitud.

Ignorar las quejas de la ciudadanía resulta el peor ejemplo, ahora que se espera avanzar en una agenda en que la participación de la sociedad civil es el punto de partida.

Avanzar hacia la paz atizando la cólera de la población, sólo abona el terreno para que las voces que gritan ilegitimidad y desaprobación sobre los procesos tengan cada vez más asidero y razones para gritar más fuerte.

CLAUDIA DANGOND
@cdangond

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