Zapata, el pintor de la calle que exhibe sus obras por todo el mundo

Zapata, el pintor de la calle que exhibe sus obras por todo el mundo

Exposiciones en México, La Habana, París y Washington hablan del trabajo de este artista antioqueño.

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04 de abril 2016 , 03:33 p.m.

Dos cuerpos ensangrentados yacen en un pequeño matorral al pie de una colina. Una mujer más allá cubre con su cuerpo a un bebé. Unos hombres se alejan. Un perro que aceza. Un rayo desgarra el firmamento.

Al borde la calle una pareja pide “alluda” y señala hacia oriente, un chico limpia los parabrisas de un auto; una chica ofrece chicles. Un hombre cuida su carreta donde vende frutas. Y hay basura y personas que hacen filas. El tráfico es lento. Y hay tanta gente.

Y tantos objetos.

Y tanto color.

Es la obra de Jorge Alonso Zapata, un pintor que poco a poco se gana un espacio en las salas de la ciudad, gracias a una mirada muy particular sobre la ciudad que habita.

“Con mi obra he querido mostrar el acontecer de las calles de Medellín, la historia no contada de personajes de inquilinato, prostitutas, atracadores, vendedores de usados debajo del metro, personas humildes. Seres oscuros que también hay que visibilizar”, explica Zapata.

El artista agrega que su búsqueda es dar a conocer la ciudad real, sus espacios y sus gentes.

“La realidad de este país no es solo de revistas de farándula y moda, sino también la de los que sufren y tienen que levantarse el sustento y sobrevivir a punta de lo que sea: robando, vendiéndose…porque no hay otras posibilidades y no por ellos son ciudadanos de segunda clase”, precisa.

Zapata nació en el oriente antioqueño, pero ha sido un trashumante. Niño vivió en Medellín y en San Vicente, Antioquia, luego se radicó en Santa Marta, donde le surgió el entusiasmo visitando exposiciones.

Regresó a Medellín a estudiar diseño industrial en la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB), luego diseño gráfico, en Bellas Artes y trabajó en la Fiscalía como investigador.

Hace unos años dejó todo por la pintura. Aquellas vivencias, sin embargo, enriquecieron su mirada, la misma que se ha podido apreciar en exposiciones en Ciudad de México, La Habana, París y Washington, hasta donde han trascendido sus obras. Además, gracias a la Fundación BAT, sus obras han sido apreciadas, dice él, en el 90 por ciento de los museos del país.

“Trabajando en el CTI viví escenas de masacres en barrios y en el Urabá. Yo hacía fotografías, las entregaba pero las sensaciones quedaban en mí, y de esa violencia también he pintado. Un cuadro es inspirado en un levantamiento en el barrio La Sierra que me impactó mucho porque era zona desolada, de mucha oscuridad”, cuenta.

Según Zapata, esas escenas están cargadas de una poética que no captan los medios. Como tampoco las vividas cuando fijó su taller en el sector de Barbacoas, o cuando se sentaba al borde de las calles y pasaba días enteros mirando y dibujando. Dice que captó tanto que se siente “fotógrafo sin cámara” y que sus pinturas son remembranzas.

Barbacoas es una tierra de nadie donde llegaba tanta gente y para sobrevivir se dedicaba a actividades lícitas e ilícitas. Era un caldo de cultivo para el artista, para mostrarlo desde otra óptica, en especial con colores fuertes que lo visibilizaran.

Lo lógico es que se dedicara a la fotografía, digo. Si quería mirar y dejar una huella pues la cámara habría ayudado, pero según Zapata, tomar las fotografías “hubiera sido más fácil pero no tan divertido como pintarlas”. Pero él, que se considera “etnógrafo a mi manera”, quería contribuir a mostrar una realidad quizá no tan estética como la buscada por otros:

“Los grandes artistas desdeñan estos personajes. Casi siempre quieren desnudos con curvas perfectas, bodegones con frutas lozanas, paisajes con arreboles; también los espectadores desdeñan a los inválidos, vagabundos: hay una negación por esta gente que sufre padece, que tiene afugías”, dice.

Estos pensamientos y esta mirada son fruto de la evolución como artista. Zapata inicialmente pintaba angulosos carros y aviones, que regalaba y que no sabe si alguien conserve alguno, pues en él seguía afincado el diseñador industrial; luego, inspirado un poco en el artista Roy Lichtestein, fue yéndose por los comics. Pero su apuesta, dice, es el resultado de caminar y de indagarse por un lenguaje fácil de entender.

“El arte siempre ha estado en mí, no encontraba era qué decir ni cómo decirlo. Cuando iba a las escuelas de artes veía tanta perfección pero no me sentía identificado. Quería aportar con otro tipo de realidades”, recuerda.

Pero hace rato encontró el camino. -O la calle, mejor dicho-. Y a ello contribuyó su origen campesino y humilde pues según afirma la ciudad no la construyen quienes reciben galardones sino el esfuerzo de gentes desconocidas, que incluso proponen una nueva cultura ciudadana.

Quizá por ello, quiere seguir mostrando este centro que conoce, porque según dice ahí está la dinámica de la ciudad.
“Mucha gente viene al centro, trabaja pero duerme en su barrio; estos personajes no: aquí duermen, comen, trabajan. Y sin embargo son desconocidos y anónimos”, explica.

Sus obras comienzan a ganar seguidores. En galerías causan comentarios, miradas de extrañeza: gusta el color, la topografía quebrada de las ciudades, el desorden, la obsesión por tantos detalles y muchos jóvenes -dice Zapata- se identifican y la validan.

Cree, así mismo, que sus cuadros pueden ser valorados en cualquier lugar del mundo, donde haya seres marginales que luchan para sobrevivir, y sueña con verla expuesta en alguna gran galería. No aceptaría, eso sí que le pidieran variar su temática, o hacerla más estética.  

GUILLERMO ZULUAGA
EL TIEMPO

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