'Las Autodefensas van destruyendo y matando'

'Las Autodefensas van destruyendo y matando'

Relato de un habitante de Belén Rincón, que amaneció amedrentado por panfleto de las Autodefensas.

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02 de abril 2016 , 10:37 p.m.

“A uno le da rabia. Es injusto, no hay palabras. Ellos dicen que este paro es por el pueblo y por la paz, pero en realidad va en contra de todos, de la economía, de las emociones de la gente”.

Lo que dice Pedro*, habitante de Belén Rincón, uno de los barrios de Medellín que la mañana del pasado viernes amaneció amedrentado por un panfleto de las Autodefensas Gaitanistas, es el reflejo de la impotencia que vivió la gente frente al poder intimidatorio.

Bajo la lluvia, sentado en las afueras de una tienda cerrada, donde todas las tardes se toma un café con leche, Pedro recuerda que a la madrugada del jueves comenzaron los disparos. El sonido de las metralletas duró 45 minutos seguidos. Ni un grito se escuchó en las calles, todo permanecía suspendido, en zozobra.

No llamó a la Policía, ni mucho menos salió a la calle a ver qué sucedía, tampoco había a quién socorrer. Se quedó en la cama junto a su esposa y sus dos hijos. Solo cuando a la una de mañana pararon las detonaciones, él y su familia pudieron conciliar el sueño.

“Somos personas pacíficas, acá todos somos buenos vecinos, nos conocemos. En esta tienda y en aquella (señaló tímidamente con su dedo índice), los más viejos y pensionados tomamos tinto y pan. Pero ahora la preocupación es que si ya pasó esto y las autoridades no hicieron nada, volverá a suceder cuando ellos quieran”, cuenta el hombre.

Como la tienda de los pensionados, todo en Belén Rincón permaneció cerrado durante el pasado viernes. Los restaurantes, la iglesia Santa María Mazzarello, la institución educativa del barrio, las panaderías, oficinas y empresas, hasta las puertas de las casas en donde todas las noches se reúnen a jugar parqués o a charlar. Todo estaba clausurado por la autoridad ilegal e invisible que gobierna en ese sector de la comuna 16.

La misma situación de intranquilidad se presentó en los barrios y sectores del suroriente de la ciudad: Bellavista, Belén Rincón, San Antonio de Prado, La Loma de los Bernal y Altavista.

“Con esas acciones lo único que hacen es que la gente honrada se deje de ganar su platica para vivir. La amenaza era fuerte, que si abrían las puertas del comercio les hacía algo. Las consecuencias de ese miedo de las personas es este pueblo fantasma, esta soledad”, dice Pedro.

Federico Gutiérrez, el alcalde de Medellín, se pronunció esa tarde desde la Loma de los Bernal, donde un bus articulado alimentador del metro fue incinerado. “No vamos a permitir que estas personas sigan haciendo de las suyas. Avanzaremos de frente para recuperar la seguridad”, dijo.

Además, envió un mensaje pidiéndole a la gente que no tenga miedo, que no está sola. “Cuando el crimen organizado llega con fuerza, nosotros también reaccionamos con fuerza", agregó Gutiérrez.

Pero, en la acera, enfrente de la tienda donde está Pedro, una señora y su hija se resguardan de la lluvia con un paraguas. Las dos, con algo de turbación, resolvieron salir de la casa, a cuatro calles del lugar, al encuentro de la hermana que trabaja en el centro de Medellín. Cuentan que la joven las llamó y les dijo que tenía miedo de caminar sola hasta la casa.

“Mi colegio no fue abierto, no pude ir a estudiar, hemos estado todo el día en la casa, esperando que algo suceda. Lo que no puedo creer es que algo así ocurra en plena ciudad y nos afecte a todos de tal manera. Solo he visto algunos policías, pero si algo pasa seguro salen corriendo”, dijo la mujer.

El suroeste y Bajo Cauca también vivieron su drama

El miedo, la soledad y la incertidumbre también rondaron las calles, carreteras y veredas del suroeste antioqueño. Los habitantes temieron hablar de la situación y de las amenazas que recibieron a través de sus celulares, algunas con nombres propios.

Les decían que no podían abrir el comercio, salir a las calles o utilizar vehículos. Si lo hacen “deben atenerse a las consecuencias, porque las cosas van en serio”.

El pasado jueves, entre las 5 y las 6 de la tarde, los pueblos se quedaron solos ya que el transporte público fue paralizado.

Los comerciantes y transportadores de esa subregión manifestaron que se sintieron desprotegidos, “porque la presencia policial es la habitual, es decir, no hay refuerzos. No hay garantías de seguridad”, anotó un habitante de Venecia.

Desde medios de los noventa no se vivía en la zona la quema masiva de vehículos, que era realizada por la guerrilla.

La comunidad y los mandatarios del suroeste de Antioquia están sorprendidos y consternados con los hechos. El alcalde de Tarso, Néstor Fernando Romero, dijo que aunque se sabía sobre una amenaza de paro por parte de un grupo que se autodenomina Autodefensa Gaitanistas de Colombia’ (Agc), en los panfletos distribuidos anunciándolo se informaba que era pacífico. Por eso, aseguró Romero, “no se esperaban estos sucesos ni las amenazas a los habitantes”.

Una comerciante de Bolombolo, que prefiere no dar su nombre por razones de seguridad, contó que lo que más temen es que “los de las Agc no van dialogando con la gente, sino que van quemando, destruyendo y matando. Por eso cerramos el negocio”.

En el Bajo Cauca la situación no era menos tensa. Alejandro Uribe arribó a Puerto Bélgica (entre Tarazá y Caucasia) el pasado martes y pensó que había llegado a un pueblo fantasma.

Montado en la tractomula que conduce hace más de 15 años, observó casas y negocios cerrados en lo que antes era un pueblo alegre y movido.

Los niños, que jugaban en las calles, los hombres que bebían en las cantinas cada vez que pasaba por allí ya no estaban. Habían sido reemplazados por unos pocos hombres de ropa sucia que no musitaban palabra y tampoco le quitaban los ojos de encima.

Si bien el clima de ese pueblo del norte antioqueño es cálido, sobre las 11 de la noche se prendió aún más. “No vaya a salir, están cerrando todos los negocios y no nos están dejando entrar”, le advirtió un colega vía celular.

Uribe pasó la noche en vela, asustado y con la adrenalina corriéndole por el cuerpo. A primera hora del día siguiente llegó la Policía y le dieron salida a él y a otros cuatro conductores.

Dice que fue la única vez que vio uniformados. Las calles antioqueñas parecían zona de guerra y la única protección que tuvo “fueron Jesús y la Virgen. Porque el abandono de la Policía y el Ejército fue notable y decepcionante”.

El trayecto a su natal Medellín fue largo y tortuoso. Los alrededores de las calles estaban adornados con los esqueletos calcinados de vehículos.

Y aunque según reportes de la Policía de Carreteras, los vehículos incinerados fueron seis, desde la Asociación de Transportadores de Carga (ATC) del que hace parte Uribe, aseguran que fueron más de 10.

En San Pedro de Urabá las calles están vacías, los establecimientos de comercio cerrados y el miedo, a la orden del día. Los habitantes se encuentran paralizados después de que se decretara el paro armado.

El silencio reina desde entonces en el pueblo, donde únicamente la oficina de la alcaldía se encontraba funcionando a puertas cerradas, hasta que un mensaje turbó el aparente sosiego que se nota en el municipio.

“El jueves nos sacaron de la alcaldía, y el viernes, otra vez. Desde la Gobernación, nos dijeron que debíamos evacuar en media hora. Acá cerraron todo, mandaron las tiendas, los locales comerciales, y ordenaron guardar las motos”, afirma Tatiana*.

Sólo las oficinas municipales estaban abiertas en horas de la mañana. Éramos las únicas personas trabajando en el pueblo a las 10:30 a. m. del viernes, hasta que nos hicieron dejar el lugar”, contó la joven.

*Nombres cambiados por petición de la fuente.

MEDELLÍN

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