Una buena y una mala

Una buena y una mala

Arrancó por fin lo del Eln, pero las bacrim nos recordaron que la paz está lejos.

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02 de abril 2016 , 08:36 p. m.

Por mucha desconfianza que uno les tenga a las negociaciones del Gobierno con la guerrilla, no hay duda de que la instalación de una mesa con el esquivo y sinuoso Eln es una buena noticia que abre la posibilidad de desmontar este otro aparato de muerte con uniforme político. Reitera así el presidente Juan Manuel Santos su decisión de tratar de acabar con las guerrillas por la vía del acuerdo político, una apuesta que siempre he considerado válida aunque, como lo demuestra el calvario de La Habana, llena de riesgos y terriblemente desgastada por las dilaciones que las Farc han impuesto a pesar de las enormes concesiones que han obtenido.

Lo del Eln promete ser aún más tortuoso. Quien lo dude, que les dé una mirada a las declaraciones de ‘Antonio García’ a EL TIEMPO de este viernes, donde hace alarde de sofismas para justificar que ese grupo no libere a decenas de secuestrados que mantiene en su poder. “Al lado del Eln, en la mesa los de las Farc parecerán ovejas mansas”, me dijo esta semana un alto funcionario del Gobierno vinculado al proceso.

A eso hay que agregar que Frank Pearl, el jefe negociador de Santos en este nuevo frente, no parece tener ni la templanza ni los galones de un Humberto de la Calle o de un Sergio Jaramillo. Suele pecar de optimista, y eso es muy malo en estas lides. Baste recordar cómo hace casi dos años, en plena campaña de reelección de su jefe, anunció que la instalación de la mesa con el Eln era inminente. ¡Y faltaban 22 meses! La descomunal vaguedad de la agenda acordada por él con esa guerrilla es un muy mal síntoma. En fin: solo el paso de los meses (y ojalá no los años) dirá si valió la pena iniciar esta nueva negociación.

El Gobierno apenas tuvo tiempo de celebrar la noticia. La banda criminal del ‘clan Úsuga’, con las arcas llenas gracias a la multiplicación de los cultivos ilícitos y al nuevo auge de la producción de cocaína, respondió a algunos golpes que recibió en días pasados con un paro armado al estilo de los que tantas veces han desatado las Farc y el Eln. Parece que los frecuentes negocios de esta ‘bacrim’ con los comandantes guerrilleros no solo le ha dejado jugosas utilidades, sino el aprendizaje sobre cómo disfrazar de políticos objetivos puramente criminales.

Lo ocurrido con esta banda –que no es la única que anda tan popocha como altanera– es el resultado de la forma apresurada como el Gobierno suspendió las fumigaciones en áreas de narcocultivos, sin tener a la mano un programa que reemplazara –más allá de válidos debates sanitarios– la eficacia de la aspersión aérea. La ingenuidad del Gobierno al asumir que las Farc iban a cooperar en la erradicación de esos cultivos es solo una prueba del daño que le hace el voluntarismo a una negociación como esta.

La gran paradoja es que las bacrim estén fuertes gracias a sus negocios con la guerrilla, no solo en cocaína, también en minería ilegal, y que ahora esa guerrilla alegue que el mayor obstáculo para firmar un acuerdo definitivo para salir del conflicto sea que esas bandas –sus socias narcocriminales en varias regiones– marcan el renacer del paramilitarismo y que así no se puede. Vaya cinismo.

Y justo cuando estas bandas lucen repotenciadas gracias a la lenidad del Gobierno frente al narcotráfico, las dos entidades llamadas a combatirlas, la Policía y la Fiscalía, están pasando, la una tanto como la otra, por su peor momento en décadas. Corrupción, contratitis, roscas, amiguismo, politiquería y la pérdida de la confianza ciudadana marcan el terrible deterioro de Policía y de Fiscalía en un momento crítico. ¿Cuándo les irá a dedicar el Gobierno un ratico a estos asuntos tan graves para el cacareado posconflicto? Sin un aparato anticriminal y de justicia eficaz, la paz seguirá siendo un espejismo.

MAURICIO VARGAS
mvargaslina@hotmail.com

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