Madre de una de las víctimas del 'asesino de los cerros' pide justicia

Madre de una de las víctimas del 'asesino de los cerros' pide justicia

Alba exige que se juzgue sin rebajas de pena a Fredy Valencia. Hoy, avances de su caso son escasos.

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01 de abril 2016 , 08:06 p.m.

“Yo siempre he vivido en zonas rojas, pero en esos lugares de Bogotá, no toda la gente es mala”. Alba Lucía Urrego siente que por vivir en el barrio San Bernardo, preparar tintos y tener como sustento lo que vende en una chaza, el asesinato de su hija quedará impune. (Lea también: La titánica búsqueda de una víctima del 'asesino de los cerros')

Ella ya tiene 52 años, siete hijos en total, y toda una vida de carencias y desilusiones. Pocas alegrías la mantienen en pie.

Habla con dificultad porque una bala perdida le perforó su cabeza y limitó sus movimientos faciales. “No me siento orgullosa de vivir en un barrio así, pero entiéndame, yo llegué acá, ahí tengo a mis clientes; hay gente con problemas, pero también personas muy buenas”.

Su hija, Jessica Lorena Urrego Portillo, creció en el mismo barrio de negocios oscuros y peligrosas ollas al servicio del microtráfico.

“Ella nació el 29 de octubre de 1981”. Acepta que nunca le gustó estudiar y que solía ser “compinchera”. Estudió solo hasta sexto de bachillerato en el colegio público Agustín Nieto Caballero.

Alba no pudo con la responsabilidad de sacar adelante, sola, a todos sus hijos. “Es que me tocó muy duro después de que el papá me abandonó. No logré darles todo lo que yo quería, tuve que entregarle a una hija para que me la ayudara a criar y aún así la separación es dura”.

También tiene sus orgullos; su hija que es médica de la Universidad Nacional, su hijo que se prepara para ser policía, otro que trabaja en una empresa de gaseosas y Jessica, la niña, la que un día desapareció. “Ella sufrió mucho por la separación con el papá. Le daba tristeza que su nueva pareja tuviera más atención que ella, se sentía desplazada, humillada, sobre todo, cuando yo sufrí el accidente y ella tuvo que ir a pedir ayuda”.

De 13 años, la joven comenzó a llegar a su casa con los ojos rojos, a tener comportamientos agresivos, era como si se transformara en otra persona.

Mientras la niña sucumbía a la droga, Alba trabajaba de sol a sol administrando hoteles de la zona, llevando las cuentas y entregándoles el dinero a sus patrones. (Además: Asesino de los cerros de Monserrate confesó siete crímenes)

El tiempo que le quedaba era mínimo y las ganancias solo le alcanzaban para pagar una pieza o, en el mejor de los casos, un apartamento de la zona. “El momento más triste fue cuando mi hija comenzó a inhalar pegante y al poco tiempo bazuco. Imagínese, de los 13 a los 31 años, cuando desapareció, ya la droga le había hecho mucho daño. A raíz de eso, yo tuve muchas peleas con ella”.

Había épocas en las que Jessica trataba de salirse del consumo porque ya tenía dos hijos, pero, al no lograrlo, tuvo que entregar a su niña al ICBF, eso la devastó. “Ella me dijo que ya no tenía para qué vivir, que le habían quitado a su niña y que la habían dado en adopción”, contó Alba.

Después de eso, y a pesar de la depresión que le causó la separación, la joven nunca se perdía; además, en el centro todos se conocen, por eso fue tan raro ese 9 de febrero de 2013, el día en que nunca más la volvieron a ver.

El último día

El 7 de febrero del 2013, Alba habló con su hija por última vez, le dijo que llevaría a su hijo a la peluquería. “Esa tarde nos encontramos. Bajé con ella desde San Bernardo hasta La Plaza España; les puso unas bolsas plásticas a mi hijo y al hijo de ella para que no se mojaran. Me dijo que le prestara el saco del colegio de mi niño porque la estaban molestando en el colegio. Yo le dije que pasara por él a la mañana siguiente pero nunca lo hizo”.

Esa misma noche, cuando Alba preparaba los tintos para vender, le dijo: “¿Para dónde va ronquita?, respondió: “A loquear mamá, a loquear”. Es la última imagen.

A la mañana siguiente, Alba no se despertó como de costumbre, por los golpes que su hija le daba a la ventana cuando iba por su hijo para llevarlo al colegio. “Mi nieto me decía, ¿abuelita, por qué ya no he vuelto a ver a mi mamá?”.

En febrero de ese mismo año, la familia ya había ido al CTI de la Fiscalía, a Medicina Legal, a buscarla en las calles con la foto en mano, pero nadie sabía nada. (También: A 16 aumentarían las víctimas del asesino del cerro de Monserrate)

“Yo ya había visto a Fredy Valencia en el sector, pero nunca imaginé que fuera un asesino tan cruel. Cuando lo vi en el periódico, tres años después de la desaparición de mi hija, supe que algo terrible había pasado. Uno siente esas cosas cuando es mamá”.

En diciembre del 2015, un hombre de barba que solía comprarle tinto a Alba le confirmó sus sospechas. Él había visto a su hija hablar con el llamado por los medios como el ‘asesino de los cerros’.

“Ese día volví a ir a Medicina Legal. Le dije: ‘Doctora, se lo suplico, colabóreme, mire que a mi hija la vieron con ese monstruo’”.

El 7 de diciembre le dijeron que volviera el 9, hasta que le hicieron las pruebas de ADN. En ese tiempo la madre no pudo dormir ni sacarse de su cabeza la imagen de su hija.

Solo hasta el 7 de febrero de 2016, cuando su hija cumplía tres años de desaparecida y Alba preparaba su chaza para comenzar las ventas, ella recibió la visita de una amiga. “Qué alegría, vino a visitarme, le dije, pero ella me miraba raro: ‘Vengo a darle una mala noticia: en la emisora La Cariñosa dijeron que su hija había aparecido y que es una de las víctimas del asesino de los cerros’. Hasta ahí me acuerdo”, dijo Alba.

Nunca supo quién la llevó a la casa, quien guardó su chaza de madera, solo que cuando abrió sus ojos estaba en su casa rodeada de gente. “Cuando desperté, mareada, una amiga me dijo que teníamos que irnos a Medicina Legal”.

El forense le explicó que había un 100 por ciento de seguridad de que aquellos restos fueran los de su hija. Alba la enterró con ayuda de la Casa Rosada, pues carecía de recursos. Ese día la familia de su padre le llevó mariachis. “Ya para qué, no la ayudaron en vida. Ese remordimiento no sirve ya de nada”.

Alba no sabe nada de la muerte de su hija. En una audiencia escuchó que tenía heridas de un arma cortopunzante, que había muerto desangrada y amarrada.

Ha tenido tiempo para atar cabos mientras escucha la música que le gustaba a su hija, el grupo Miramar o Pipe Bueno. “Ella me contó un día que un tipo la había invitado al barrio La Paz, en la parte alta. Yo le dije, no mija, no se vaya con gente extraña”. Ese barrio queda muy cerca al cerro de Monserrate, arriba del semáforo de la avenida Circunvalar, a la altura de la calle 21 y abajo de la carrera 3 este.

También que un doctor que guardaba el carro en el centro, cerca de donde ella trabaja, le dijo que había visto a Fredy Valencia muchas veces, y que siempre subía con mujeres distintas y dos canes. “Pensar que a mi hija la encontró un perro que hurgaba la basura y no yo, su mamá”.

Alba piensa que la van a discriminar por ser pobre, que el caso de su hija no se va a juzgar, que a su asesino le van a rebajar la pena, que la justicia no está hecha para personas como ella.

CAROL MALAVER
Redactora de EL TIEMPO
*Escríbanos a carmal@eltiempo.com o en Twitter a @CarolMalaver

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