Obama y su legado

Obama y su legado

La visita de Obama a Cuba tiene un significado que la historia reconocerá con mayor énfasis.

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31 de marzo 2016 , 09:10 p.m.

Parece que a Fidel Castro no le gustó. Pero la reciente visita de Barack Obama a Cuba tiene un significado que la historia quizás reconocerá con mayor énfasis que la prensa internacional, en la que la sobrevivencia del régimen castrista es cada vez más un dato marginal ante otras preocupaciones contemporáneas. No así para los cubanos. Ni para ciertos segmentos de la población norteamericana. Ni para la misma administración Obama, que, a menos de un año de completar su mandato, ha comenzado a tejer el balance de su legado.

Como se ha repetido en estos días, la única vez que un presidente de los Estados Unidos tocó suelo cubano antes que Obama fue hace 88 años, cuando Calvin Coolidge habló en el Gran Teatro de La Habana en la sexta Conferencia Panamericana. Aquello fue en 1928.

Las circunstancias en una y otra ocasión fueron muy diferentes. Aunque la visita de Obama tuvo dimensiones hemisféricas, y ramificaciones globales, su significado toca más la fibra de las relaciones bilaterales, en particular su reconfiguración desde la llegada de Obama al poder. La visita es además bastante representativa de los giros importantes en política exterior bajo su administración, examinados de manera lúcida tanto en el reportaje de Jeffrey Goldberg en The Atlantic (‘The Obama doctrine’, abril del 2016) como en un reciente documental de la BBC. La apertura hacia Cuba es considerada uno de los éxitos de la diplomacia de Obama, al lado de los arreglos comerciales con el Pacífico, los logros de la conferencia ambiental en París y el acuerdo con Irán sobre su programa de armas nucleares.

Frente a ellos, el reportaje de Goldberg analiza los otros retos internacionales para Obama, sobre todo los relacionados con Oriente Próximo y el terrorismo yihadista. La decisión, en el 2013, de no bombardear Siria tras las noticias del uso de armas químicas por el régimen de Al Asad, que produjo la muerte de 1.400 civiles, es la columna vertebral del reportaje. Obama recuerda con orgullo no haber recurrido a represalias violentas en esa ocasión. Se arriesgarían nuevas vidas. No existía autorización de la ONU. No se aseguraba el fin de Al Asad. En cambio, sus esfuerzos diplomáticos con Putin lograron el objetivo más urgente: que Al Asad erradicara sus armas químicas, sin necesidad de bombardeos contraproducentes.

Ello no lo convierte en pacifista. Tampoco en defensor del aislacionismo. Obama se define a sí mismo entre “realista” e “internacionalista”. Reconoce las limitaciones que todo presidente de los EE. UU. tiene para resolver los problemas del mundo. No cree que recurrir impetuosamente a la fuerza sea la mejor forma de resolverlos. Y traza la línea frente a aquellos que representen una directa amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos.

Goldberg identifica algunas de las conclusiones de Obama sobre el papel de los EE. UU. en el mundo: Oriente Próximo ha dejado de ser prioritario para los intereses norteamericanos (Asia es la prioridad), la capacidad de cualquier presidente estadounidense para mejorar los problemas allí son limitadas, el mundo necesita el liderazgo de los EE. UU. Obama cree que existe un vacío enorme de liderazgo mundial.

“Me hace falta Barack Obama”, dijo recientemente David Brooks, columnista de The New York Times, al observar las elecciones primarias en los EE. UU. Brooks, crítico de muchas de sus políticas, alabó su integridad y humanismo, su sensatez al tomar decisiones, su compostura en momentos difíciles y su tozudo optimismo. “Conozco la historia pero rehúso dejarme atrapar por ella”, expresó Obama en algún momento. Un mensaje que Fidel Castro haría bien en escuchar.

Eduardo Posada Carbó

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