El sello africano de la diseñadora Lía Samantha se mostrará en París

El sello africano de la diseñadora Lía Samantha se mostrará en París

La 'revelación' de Colombiamoda 2014 volverá a la feria a mostrar su talento.

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31 de marzo 2016 , 08:31 p.m.

Cuando caía la tarde y el frío bogotano empezaba a colarse en su taller de costurería en una casona del barrio Calvo Sur, el sastre chocoano Jorge Lozano le contaba a su pequeña hija Lía del pueblo del que venían y de sus raíces negras.

Ocurría cuando la niña llegaba de la escuela. Su papá elaboraba pantalones en una máquina de coser Singer 191 de color beige que trajo desde Condoto, el pueblo de la familia, y Lía se sentaba al frente, en un banquito, para aprender de sus viejos trucos de sastre y escuchar sus historias.

El papá tenía decidido desde siempre que su pequeña, nacida en Bogotá, tuviera claros sus orígenes. No se le iba a escapar nada. Ni un detalle de Condoto ni de la historia de las comunidades afro por el mundo. Le hablaba y cosía. Le pedía, también, que le leyera novelas como Raíces, del estadounidense Álex Haley, mientras avanzaba en sus labores.

En el libro que la niña le leía a su papá en voz alta con el asombro de quien apenas descubre el mundo y la literatura, el autor cuenta la historia de su familia antes de que fueran secuestrados para ser esclavos, y vivían en una aldea africana donde los hombres, tras nombrar a sus primogénitos, solían alzarlos haciéndolos mirar el cielo para decirles: “Mira lo único que es más grande que tú”.

Lo importante es no olvidar las propias raíces, la cultura de uno, la ancestralidad. Eso es lo único que uno tiene como verdaderamente propio, lo que nadie le puede arrebatar. Uno tiene que tratar de ser uno mismo con lo que uno tiene y eso lo hace diferente”, les decía Jorge a sus cuatro hijos, cada vez que podía.

Aquella era su manera de mantenerlos cerca y a salvo en la Bogotá de finales de los 80. Lía era quien más solía seguirlo. Fueron esas tardes y esas historias las que marcaron el inicio de una serie de eventos en su vida que la acercaron a sus orígenes y definieron la obra de una de las diseñadoras de moda con mayor proyección del país.

Hoy, en una esquina de la sala de su apartamento, en Teusaquillo, está la máquina de coser que usaba su papá. Aún trabaja en ella día tras día. Un ventanal atraviesa toda la sala y los imponentes cerros orientales de Bogotá son los testigos de las jornadas creativas de Lía, quien se estrenó en las grandes ligas de la moda colombiana hace dos años, cuando presentó su primera colección en Colombiamoda: se trataba de una serie atuendos para mujeres hechos con telas africanas e inspirados en las historias que la abrazaron desde la niñez.

En aquel entonces la prensa la calificó como ‘la revelación’ del evento y unas semanas después la llamaron desde Cartagena para vestir a las candidatas del Reinado Nacional de la Belleza de ese año. Su nombre empezó a bordarse en la industria de la moda nacional y en los últimos dos años ha venido mostrando su trabajo en las ferias de mayor renombre del país. Este año, en Francia, presentará su trabajo en el World Wide Fashion Paris junto a diseñadores de todo el mundo.

Carlos Botero, el presidente de Inexmoda, le dijo a EL TIEMPO que la diseñadora, de 34 años, hace parte de una nueva camada de diseñadores “que debemos observar y acompañar. Ya hemos visto a muchos músicos y deportistas de la comunidad afro aportándole mucho al país. Ahora tenemos a Lía Samantha”.

Palenque en Calvo Sur

Antes de que empezaran a escucharse los aplausos, Lía llevaba 15 años trabajando por su cuenta. El camino para encontrarse con su obra fue extenso, difícil, y para entenderlo hay que hacer lo mismo que Lía hizo con su obra: volver a sus raíces.

Su familia llegó a Bogotá hace 36 años. María Manco, su abuela, dejó Condoto para que sus seis hijos y sus nietos tuvieran en la capital las oportunidades que no les ofrecía el pueblo. Lía nació cuando la familia llevaba dos años echando raíces en el Calvo Sur.

En Condoto, María era maestra y cantaba en el coro de la iglesia. Su esposo, Félix María Lozano, que venía de una familia de mineros, tenía un almacén de abarrotes y cultivos de plátano, yuca y durante algún tiempo se dedicó a la ganadería. También hizo fama de ser un buen constructor y alcanzó a ser concejal por doce años.

En el Chocó nunca les faltó nada, pero siempre buscaron más prosperidad para los suyos. Fue Jorge, quien había venido unos años antes a Bogotá, quien eligió el barrio donde vivirían. Escogió la casa grande de Calvo Sur porque estaba cerca del centro, de los museos, los ministerios y la Casa de Nariño. Le gustaba el clima y lo sano que se sentía el ambiente en aquel entonces. También había visto que los chocoanos conocidos que se habían instalado en Bogotá les había ido lo más de bien.

“Había doctores, profesores y todo ese ambiente se me hizo a mí muy bueno. Estudiar en Bogotá, vivir en Bogotá era otra cosa”, recuerda Jorge, en una mañana de sábado, al frente de la casona blanca de dos pisos a la que llegó la familia y donde aún mantiene su taller de costurería.

Lía fue la primera que no nació en el Chocó, pero las tradiciones de su pueblo nunca la soltaron y mantuvieron unida a la familia desde Condoto hasta Bogotá.

Esa casona blanca se convirtió para ella y sus tres hermanos y sus primos en un pequeño palenque donde la familia procuraba conservar hasta el acento de los niños. Cuando llegaban del colegio con palabras nuevas eran regañados por su abuela y sus tíos. “¡¿Por qué está hablando así?!”, les gritaban cuando les notaban algún rastro de acento bogotano.

“Era raro –dice Lía– porque los niños no crecimos en el Chocó, pero jugábamos como si estuviéramos allá. Cuando en el Chocó llueve los niños salen a mojarse en la calle. Nosotros hacíamos lo mismo en una terraza con una alberca. Abríamos la llave y salía harta agua y jugábamos como si estuviera lloviendo. No nos dejaban salir al agua lluvia para que no nos enfermáramos, pero al día siguiente encontrábamos baldes llenos de agua lluvia que nos echábamos encima, también tapábamos el sifón de la terraza para jugar con muñecas y carritos de plástico. Lo importante era estar cerca del agua”.

En su casa, su abuela también procuraba mantener en la mesa los platos del pueblo y una de sus tías, cuando se realizaban las celebraciones de San Pacho, mandaba a cerrar la cuadra entera donde vivían para montar una verbena con sus vecinos y con los chocoanos conocidos de otros rincones de la ciudad.

La sastrería también llegó desde el Chocó. María siempre tuvo una máquina de coser en su pueblo y solía coser ella misma la ropa de sus hijos y los bolsos para que llevaran los cuadernos a la escuela. Así como Lía aprendió de Jorge 'pegada' a él desde niña, su papá y sus tíos también aprendieron de María viéndola y ayudándole a coser y a remendar lo que correspondiera.

Los trabajos y las pasiones han pasado de una generación a otra. Lía empezó en el 2000 su carrera de diseño de modas en la Corporación Unificada Nacional de Educación Superior (CUN), y alternaba sus estudios haciendo teatro y presentando programas de música. Por ese entonces ya había estado en varios grupos de rap de Bogotá, a los que llegó después de que la vieran cantar en la iglesia.

En el 2005 montó la banda con la que aún canta hoy: Voodoo Souljahs, que mezcla hip hop, reggae y ritmos del Pacífico. Fue durante una gira con este grupo, en el lugar más inesperado de todos, cuando se tropezó con las telas con las que empezaría sus obras mayores.

Ocurrió en el 2009, en un festival de hip hop que se realizaba en Toronto (Canadá) al que fue a tocar con su banda. Compró con los ahorros que llevaba consigo todas las telas africanas que pudo en un barrio de inmigrantes con tal de poder diseñar el vestuario que usaría en los próximos conciertos.

“Cuando las vi le presté plata a toda la banda para poder comprarlas y llevarlas a Colombia. Yo me quería hacer faldas para mí, vestidos, chaquetas. Pero llego, me hago unas cuantas cositas, las subo en Facebook y me llevo la sorpresa de que les gustó a todas mis amigas y a las amigas de mis amigas... y así fue como mi nombre como diseñadora se fue conociendo”, recuerda.

Luego, cuando artistas colegas tenían un concierto, la llamaban. Con lo que le pagaban cubría sus estudios.
Por eso, aunque sus clases en la CUN solían terminar al mediodía, hubo semanas en las que solía quedarse hasta las 10 de la noche usando los talleres de confecciones de la universidad para producir su marca.

Cuando terminaba tomaba las fotos y montaba las colecciones en sus redes sociales. Y así, poquito a poco y mucho a mucho, de like en like a sus diseños en su página de Facebook, su nombre llegó hasta los oídos de la élite de la industria de la moda nacional. Los cazatalentos de Colombiamoda la invitaron a la feria en el 2014. De allí salió como una promesa y este año la invitaron de nuevo para cumplirla.

“Lo que yo quería mostrar no era una África pobre ni violenta, sino una glamurosa y elegante a través de la estética. Tampoco una África excluyente, sino que todos venidos de allá y todas las mujeres, sin importar la raza, nos vemos absolutamente hermosas en estas telas. Quiero que dejemos de mirar las consecuencias de la colonización: que son el racismo y todas esas connotaciones negativas a las que estamos sometidos los negros. Quiero que miremos la sofisticación, la elegancia y la música que nos ha dejado la herencia africana”.

A Lía le brillan los ojos cuando explica que lo importante en sus diseños no son los colores, que es lo primero que la gente ve en su propuesta. Lo valioso, dice, son las historias de sus ancestros. Que el estilo de las figuras y las líneas de esos diseños nacieron hace muchísimos años para mostrarles rutas de libertad a los esclavos. Y que incluso antes de las colonizaciones y la esclavitud alguien alguna vez tejió en esas figuras códigos que decían que todos los seres vivos están conectados y que hay que unirse para que las cosas se puedan lograr.

Y tal vez por eso, porque en sus telas vio caminos, fue que ella, aunque nació lejos de la tierra donde crecieron sus padres y sus abuelos, encontró siempre –por suerte o voluntad– la ruta de regreso a casa, a sus raíces. Para honrarlas y para honrarse.

ALBERTO MARIO SUÁREZ D.
Redactor de Nación

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