Bogotá se despide del papá Nicoló

Bogotá se despide del papá Nicoló

El sacerdote Javier de Nicoló falleció el miércoles y en vida rehabilitó a 80.000 jóvenes.

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23 de marzo 2016 , 10:47 p. m.

Nicoló abrió la pequeña puerta de su fundación en el barrio Santa Lucía; se veía delgado detrás de sus inmensas gafas de marco negro y su boina de rayas. Se disculpó, buscaba un dulce para aliviar un dolor en su garganta. Era el año 2012.

Caminaba de un lado a otro y soltaba frases al azar. “Después de los 80 años las cosas cambian. Los muchachos se salvan de la droga, pero hay que cumplir ciertos patrones”. Regresó silbando una tarantela italiana y se sentó. “Ahora sí, con caramelo ya le puedo echar más carreta”. Nicoló creció en Bari (Italia) sintiendo los disparos, el olor a pólvora que turbaba sus sueños. Su padre murió paralizado por las heridas de la ofensiva. Él y sus cinco hermanos padecieron los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

Los bombardeos hacían temblar la casa. La hermana de Nicoló llevaba a su abuela al refugio, pero para el joven, el sonido de las sirenas se volvió rutinario, había días en los que prefería no moverse de la cama. “Yo me quedaba durmiendo con los sonidos de la guerra”. Entonces ella, enfurecida, volteaba el colchón en una sola sacudida y Nicoló, de 13 años, caía en el piso encima de las cobijas. Vivía cerca de una refinería de petróleo y por eso la casa estaba a merced de los ataques.

Cuando no caía la lluvia de misiles y balas, la ‘muchachada’ italiana salía a las calles a robar. Las pocas escuelas que había no funcionaban. Nicoló caminaba por la ciudad en ruinas. En esas andanzas, un señor de apellido Rossetti, que sabía de prestidigitación y vendía libros, terminó por interesarlo en los trucos con las manos.

“Me volví un mago, siempre estaba rodeado de chinos. Los curas salesianos, en una apreciación muy superficial, pensaron que yo hacía eso por amor a Dios, pero yo hacía eso era por lucirme”.

Los estudios del joven se truncaron. Hizo a medias un bachillerato técnico porque su escuela, que comenzó bien equipada, se convirtió en un matadero. Los edificios caídos arruinaron la construcción y los pocos en pie eran ocupados por el ejército. Así, aconsejado por los padres salesianos, viajó a Nápoles; allí tendría dos años de estudios.
No había nada más que hacer en la guerra que servir, y ahí estaba Nicoló. “En el ambiente de esa comunidad religiosa siempre hubo fiesta, canto, actuación. Así terminé de teatrero, yo era un payaso terrible. Eso me gustaba hasta que un padre me paró en seco”. Un cura cargado de paciencia le dijo que dejara de hacer cosas a la carrera: “ ‘El hombre está hecho para pensar, póngase a pensar’, me dijo, y aquí me tiene”, recordó Nicoló. Y así se metió de cura.

Después de la guerra, la vocación creció. Nicoló pensó en irse a Japón, pero un misionero que había trabajado con los enfermos de Agua de Dios (Cundinamarca) le habló de Colombia. “Yo ni sabía qué era el trópico”, contó Nicoló. Luego, sus recuerdos de un clima frío cambiaron.

Su llegada a Colombia

Ahora estaba en Buenaventura, 1948. Las enormes y blancas risas de los negros lugareños resaltaban mientras sus maletas flotaban en el mar. En medio de la rabia, pensó en cuán alegres eran aquellas personas que llevaban su equipaje en una grúa primitiva. “Me quedé dos días y una noche en la carrilera. El tren era la única forma de llegar a Cali y estaba dañado. Arribé días después”.

Esa ciudad lo impactó, era hermosa, allí trabajó por primera vez con los pobres de Colombia. Luego viajó al Rebolo, en Barranquilla; a Bucaramanga, a ayudar a los enfermos de lepra, y cuando pisó Bogotá, en el León XIII, el primer Sena que tuvo el país, lo pusieron de profesor de electricidad. “Comenzó mi aventura”, dijo Nicoló recordando la ciudad que vivía los estragos del Bogotazo.

Los habitantes de la calle pululaban, no era una realidad ajena para Nicoló; en Roma, les decían los ‘Chucla’, solían rodear a los americanos y guiarlos hasta los prostíbulos a cambio de algo de dinero.

La realidad de una ciudad desordenada no lo sorprendió; sí, la cantidad de personas que vivían en las calles. A Nicoló le gustaba hacer y nunca fue amigo del cristianismo llevado a la exageración. “Nos querían meter el cuento de que Jesús estaba a punto de venir a enseñarnos cómo se hacía tropa para hacer guerra. Yo prefería reflexionar sobre la pobreza”, contó.

Hoy, tras su partida, un martes santo, a las 11 de la noche, más de 80.000 jóvenes del país que se rehabilitaron en alguna de las 40 casas agregadas que su fundación, Servicio Juvenil, puso a marchar, para resocializar a jóvenes desde los 15 hasta los 22 años, piensan en él, en su obra, en esa forma simple pero sabia de decir las cosas. “Esa es mi estrategia. A esa edad los muchachos son muy pensantes”, contó aquella tarde.

Los tratamientos psicológicos o psiquiátricos no eran tan apreciados por Nicoló como cambiar el ambiente lúgubre de la calle por uno lleno de alegría. Entonces, los bailes, los viajes, los coros, las fiestas hacían parte de sus programas. Solía mandar a los jóvenes para el Chocó, Vichada, Bolívar, a lugares donde se les olvidara la vida de miseria que vivían inmersos en la droga.

El padre se los llevaba a pasear. Si no había tanto dinero para ir al Tayrona o al Puracé, el parque Nacional era un buen plan. Los muchachos recuerdan que les decía “¡nos vamos por Sam!”, refiriéndose a la aerolínea, y que después terminaba con la frase: “Zampados en un camión”, y todos echaban a reír, porque además, con su acento extranjero, todo le sonaba más chistoso.

Tampoco le gustaba que hablaran de penas largas para los adolescentes que caían en la delincuencia. “El hombre es un centro de relaciones, lo esencial es el amor. Si tú eres un niño que no se relaciona bien con sus papás, qué puedes esperar”.

En aquella charla, el padre siempre trajo a colación la palabra reconciliación; eso es porque el ser humano, para él, era una industria de conflictos. “Hay que volver a la cultura de dar una manito, de venga pa’cá, somos hermanos, y, sobre todo, de enseñar que tú eres superior si eres capaz de no engancharte con el otro para pelear sino para atraerlo”.
Luego entró al tema de los números y dijo que en materia económica la reconciliación salía más barata. “Con la justicia hay que gastar mucho dinero y tiempo en abogados, que solo saben cobrar”.

Su forma de enseñar era salomónica. Si alguien incurría en una falta en el hogar, Nicoló ponía a los amigos del infractor a que escogieran a quién se debía sacar. “Les dolía el estómago, se enfermaban, pero comprendían el mensaje. De aquí no se querían escapar”.

Con ese tipo de actos el padre se ganó el cariño de los habitantes de la calle de los sitios peligrosos de Bogotá, del ‘Bronx’, de San Bernardo, de las ‘ollas’ más temibles. No importaba la suciedad o la impertinencia: para él, fueron sus hijos durante 49 años de labores. Siempre extendía sus enormes manos para saludarlos. “A los hijos no se les tiene asco, a los hijos uno los regaña, les da amor”.

El padre se tomaba pausas de silencio. Después, una idea brillante salía de su cabeza. “Todo comienza en el baño, ahí el hombre comienza a ser culto. Un día quemé un billete de 20.000 para explicarles a los jóvenes que si ensuciaban todo el papel higiénico estaban quemando plata, como yo. ‘Está loco, padre’, me decían. A eso yo le llamaba operación impacto”. Todos sus comentarios hacían reír, así hizo felices a muchos jóvenes.

Incluso, se inventó un billete que se llamaba el ‘camello’, que los jóvenes ganaban si trabajaban y que podían cambiar en el Banco de la República como símbolo de su esfuerzo.

“Somos micos, la moda lo comprueba. La sociedad no quiere entender que un niño imita, y si lo que ve es malo, qué se puede esperar”. Eso lo dijo después de contar un cuento, como usualmente explicaba sus pensamientos. “Una vez había un señor pobre con un costal lleno de gorras que se durmió debajo de un árbol. El tipo se despertó y el costal no tenía ni una gorra. Miró al árbol y estaba lleno de micos con gorra. Se dio cuenta de que los micos copian. Se quitó la gorra y la botó al suelo y todos los micos hicieron lo mismo. El ser humano no ha dejado de ser un mico”.

El Idiprón le dio tantas alegrías como tristezas. Muchos de los jóvenes que rehabilitó y que hoy son profesionales recuerdan que hacía concursos de la casa más limpia. “Se ponía un guante blanco y si pasaban la mano y salía sucio, decía ‘friquis mortis’. Siempre hacía reír”, contó uno de sus beneficiarios.

El padre Nicoló murió sin tener claro por qué en el 2008 fue retirado de su cargo. Los medios hablaron de un cuestionado derecho de petición de un abogado que reclamó que el padre, con 80 años, hacía 15 había pasado la edad de retiro como servidor público.

Fue triste su salida para todos los que lo amaron, pero él siguió con la fundación Servicio Juvenil, que lideraba de manera simultánea con el Idiprón. Allí se centró en la formación técnica y la búsqueda de empleo y emprendimiento para los jóvenes. Su legado fue enseñarles a los niños a no crear conflictos, sino a resolverlos. “Esa es la teoría de la conciliación”.

El padre Nicoló se cansó de hablar, así lo dijo esa tarde, y había que hacerle caso. Nos condujo a un inmenso salón de paredes limpias, como toda la casa. Allí un grupo de niñas iba a bailar. Todas eran hijas de familias pobres, incluso de trabajadoras sexuales.

La expectativa: una linda presentación cargada de afecto, pero se alinearon como un show de talla internacional y comenzaron con tap, luego una tarantela y para rematar interpretaron canciones del mundo. Aquel show dejó a los pocos observadores sin respiración. El padre Nicoló sonreía, pedía más del repertorio. El orgullo se le notaba.

Muchos de esos niños dejaron las calles y hoy son felices.

“Hay mucha gente que lo ayuda a uno, a la gente de la calle, pero muy pocos los que nos miran sin asco”, dijo Alexánder, un habitante de la calle que recordó las enormes manos del padre Nicoló. “Él es papá de los pobres”, agregó. Eso pasó en un cabildo ciudadano en la iglesia del Voto Nacional, cuando el alcalde Gustavo Petro propició el encuentro. Allí, decenas de voces sin dentadura pedían el retorno del padre al Instituto para la Protección de la Niñez y la Juventud (Idiprón). “¡Que vuelva Nicoló, que vuelva nuestro papá!”, susurraban unos y gritaban otros, aferrándose al micrófono, refutando la extraña forma en que la administración de Samuel Moreno lo había sacado. Esos hombres lloran hoy al amoroso papá Nicoló.

Escríbanos a carmal@eltiempo.com

CAROL MALAVER
Redactora de EL TIEMPO

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