'Aún hay retos en la defensa de derechos'

'Aún hay retos en la defensa de derechos'

EL TIEMPO reconstruye la vida de una antioqueña que lucha por la reivindicación de su género.

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13 de marzo 2016 , 10:00 a.m.

Con 89 años Rosita Turizo de Trujillo, activista de los derechos de las mujeres, aún habla de política, de igualdad de derechos, de roles de género y, sobre todo, recuerda el año 1955, aquellos días en que desde la Asociación Profesional Femenina de Medellín trataban de entender por qué no podían votar, mucho menos acceder a un trabajo y a una remuneración digna.

Así se fueron encontrando en el camino. Sus voces críticas en contra de las leyes imperantes y la burocracia coincidían. A Fanny, su gran amiga arquitecta, tras múltiples intentos, de horas de estudio y de esfuerzo, el municipio no la nombraba como empleada, así ella fuese la maestra de muchos de los hombres que eran contratados.

Las historias se repetían: mujeres talentosas sin opciones de desempeñarse en otra labor que no fuera como ama de casa.

“Habíamos terminado la universidad sentíamos que nos atajaban por todas partes. A veces de forma muy diplomática, pero no nos nombraban en ningún cargo público o empresa. Nos decían: ‘esperemos a ver si pasan’, pero no era así siempre quedaba un hombre en el cargo así no supiera nada”, recuerda Rosita.

Como ella, las mujeres de mediados del siglo XX, a pensar que vieron a sus madres y abuelas reducidas a la vida privada, tenían una visión más amplia y crítica de las instituciones sociales. Esos roles que identificaban a la mujer como madres y esposas habían acabado, ahora luchaban por sus derechos y libertades.

Todos esos términos y expresiones no fueron calando en sus vidas de repente. En el caso de Rosita, siendo apenas una niña los escuchó por primera vez de la boca de su padre, médico cirujano. Él, con paciencia y largos discursos, le inculcó el sentido de la libertad y, la importancia de la educación para llegar a esta.

Rosita cuenta como a la edad de 8 años, ella y su familia se fueron a vivir a la mina las camelias a cuatro horas del municipio de San Rafael. Allí no había escuelas, así que fue su padre el que le enseñó a ella y a sus hermanos las operaciones aritméticas, a leer y escribir, a comprender el reino animal y vegetal, pero además a ser personas críticas.

A la par de estos conocimientos, estaban también los que le inculcaba su tío Luis, el único abogado de la familia, cuyo discurso hablaba del valor de las leyes, de las injusticias y la desigualdad. Así fue que comenzó a entender del mundo y de la historia, a través de las leyes que gobernaban a la sociedad.

“Cuando entré a estudiar derecho sabía muy poco del tema. Pero lo más triste sucedió cuando llegué a inscribirme y la secretaría me dijo que era la única mujer. Después de esa noticia lloré toda la noche”, recuerda.

Ella no podía entender como su género no tenía las mismas oportunidades de llegar a una universidad, de hacer su vida conforme a la libertad y el respeto. Tampoco comprendía por qué muchas se casaban y tenía hijos siendo apenas unas niñas.

En este momento comenzó la duda y el inconformismo, pero solo sería hasta después de terminar la universidad que se dio cuenta de que había un profundo dilema social, la desigualdad era evidente y solo las mujeres tenían el poder de cambiar esa historia.

En ese momento, rodeada de otras profesionales comenzó su lucha por la igualdad de género. Obtener el derecho al voto fue la prioridad de este grupo, que comenzó a hablar del tema, a hacer propaganda y a informar de la incidencia que tenía el no reconocimiento de esta facultad ciudadana.

Cuando el 27 de agosto de 1957 fue reformada la Constitución Política de Colombia y las mujeres lograron obtener el derecho al voto, el mismo grupo de profesionales creo la Unión de Ciudadanas de Colombia.

El colectivo asumió en ese momento un nuevo reto: educar a las mujeres para tener la ciudadanía plena, la que solo se refleja a través de la acción, la libertad de actuar conforme a la propia conciencia.

“Desde la Unión, para esa primera votación les decíamos: no nos va ha pasar nada, no las van a capturar, no es delito, somos ciudadanas y vamos a ejercer nuestro derecho. Con eso logramos quitarle el miedo y el terror a muchas”, cuenta Rosita.

Ese día, hace 61 años, salieron a votar 1.835.255 mujeres, que dejaron sus casas y recorrieron las calles con el sí del plebiscito para el Frente Nacional en carteles y pegado a las camisas y faldas. Iban de rojo, usando pantalones, orgullosas de ejercer por primera vez su derecho al voto.

Lo que no sabían era que después de esta lucha seguirían muchas otras: el acceso a un sistema educativo igualitario, mejores condiciones de empleo y un cambio radical en los estereotipos de género, tema que –según ella– ha minado el camino de las mujeres en su búsqueda de la libertad.

Para ella, el verdadero triunfo se logrará cuando cada una “de nosotras reconozca que tiene la capacidad de actuar con libertad, de construir su presente y su futuro”, pero también cuando el hombre acepte sus debilidades y se constituya en un igual, “un compañero de vida”.

Paola Inés Morales
Redacción EL TIEMPO
MEDELLÍN

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