Es la extorsión

Es la extorsión

Hoy, el mayor riesgo está en el uso masivo de la extorsión como mecanismo de control social.

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09 de marzo 2016 , 06:00 p.m.

La principal amenaza de las bandas criminales en el posconflicto no es el narcotráfico ni la minería ilegal, tampoco el contrabando. El mayor riesgo está en el uso masivo de la extorsión como mecanismo de control social al margen de cualquier fundamento ideológico, tal como está ocurriendo hoy.

Ese es un legado de casi cuatro décadas de conflicto y de narcotráfico sin que fuera el resultado de un proceso planeado. Fue, en realidad, el resultado de una intersección casual entre dos situaciones aún vigentes: la oportunidad de acceder a recursos, poder y prestigio social que ofrecían todo tipo de organizaciones armadas y las frustraciones de cientos de miles de jóvenes en los barrios marginales de las ciudades, en veredas miserables y en municipios desapacibles.

Guerrillas, paramilitares y demás grupos en algún momento debieron apelar sistemáticamente a actividades criminales para financiarse. De hecho, en algunos casos el fin mismo eran las actividades criminales. Los jóvenes que optaron por hacer parte de estas organizaciones, o que fueron reclutados a la fuerza, además de hacer la guerra aprendieron cómo hacer grandes cantidades de dinero con el crimen.

Pero eso no fue todo. También aprendieron que para controlar las actividades criminales debían controlar territorios y la población que los habitaba. Fue así como la extorsión se convirtió en una práctica cotidiana que expresaba algo más que un simple chantaje. Era el establecimiento de una relación de dominio entre la comunidad que pagaba un impuesto por ser protegida y la organización armada que imponía una ley distinta a la del Estado.

Ahora que las Auc han desaparecido y las Farc se desmovilizan, la extorsión refleja más que nunca la incorporación de una tecnología de control social entre los jóvenes que alimentan las bandas criminales. Sin necesidad de grandes elaboraciones ideológicas, estos jóvenes saben que si se organizan y logran imponer un orden en comunidades periféricas pueden garantizar una fuente constante de recursos y, de paso, controlar el resto de rentas ilegales.

Para el Estado, el desafío ya no es la actividad criminal en sí, sino que bandas sin mayores ambiciones políticas le disputen el control de una parte de la sociedad. Las bandas sí son capaces de exigir un impuesto, así sea en forma de extorsión, a cambio de ofrecer seguridad y justicia, así sea en su forma más precaria.


Gustavo Duncan

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