Un periodismo 'perrateado'

Un periodismo 'perrateado'

Creíamos estar lejos de ese periodismo militante que se adscribe a un bando y se olvida de informar.

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02 de marzo 2016 , 03:58 p.m.

Hace siete años, en un Encuentro de Periodismo binacional, entre Colombia y Venezuela, organizado por el Centro Carter, en los tiempos más candentes de la pelea Uribe-Chávez, se produjo una interesante confrontación de posiciones en la que, sin matizarlo, los colombianos les dijeron a sus vecinos que su periodismo andaba muy “perrateado” por cuenta de una polarización delirante que había convertido los periódicos, las emisoras y canales de TV en tribunas políticas, y a los periodistas, en militantes activos, con libretos claros de hacer gobiernismo o hacer oposición. Y que el extremo absoluto de esa aberración era Telesur.

Uno de los venezolanos reviró para decir: “Ustedes no pueden hablar mucho; ustedes no tienen Telesur, pero tienen 'Radio Casa de Nariño' (RCN), que es lo mismo”. En lo personal, me pareció ofensiva la comparación y junto a otros argumenté que si bien había un marcado uribismo en ese canal, las diferencias eran abismales: RCN jamás había perdido las formas para presentar periodísticamente una información, agotaba las diversas fuentes y posiciones, no vetaba a nadie y se preocupaba por que el contenido, aunque político, siguiera teniendo empaque informativo. En otras palabras, no hacía uribismo frentero y desembozado.

De verdad, lo creo, o lo creía hasta hace poco, porque lo que estoy observando ahora es un retorno a ese periodismo partidista, de facciones, que ayudó a ensangrentar el país antes del Frente Nacional; ese en el que El Tiempo y El Espectador titulaban como “golpe de opinión” el claro golpe de Estado contra el gobierno conservador de Laureano Gómez en el 53, o no ubicaban en primera plana la noticia de la posesión de ese presidente en el 50; ese, en el que desde El Siglo, de Laureano, precisamente, se lanzaban cruzadas contra los liberales, se tumbaban presidentes (López Pumarejo) por la acción repetitiva y feroz de la crítica. Desde la radio, se instigó la asonada y se lanzaron las consignas que semidestruyeron Bogotá en 1948. La TV apenas estaba por nacer.

Vino la relativa “paz política” del Frente Nacional y el periodismo también se atemperó hasta llegar al oficialismo estructural en el que estaba hasta hace poco. Pero entiéndase oficialismo en su sentido más amplio, esto es, más allá del simple gobiernismo, un apego y una tendencia a preferenciar la fuente oficial, pero además con la salvedad de que lo oficial no es solo lo público. La empresa privada, la sociedad organizada, las ONG también entregan información oficial. Con cruce y contraste de fuentes, nuestros medios siempre han privilegiado esta visión.

En esa lógica, se contemporizó mucho (muchísimo) con los gobiernos, pero también se permitió un margen decoroso para el cuestionamiento, la crítica y la denuncia, y la prensa nacional facilitó la gran explosión del proceso 8.000, que no cuajó en una verdadera evolución de la cultura política porque precisamente los políticos no dejaron caer al presidente Samper; con la escuela del 8.000, la prensa se batió luego con la ‘parapolítica’ y en asocio con la Rama Judicial llevó a la cárcel a decenas de congresistas, gobernadores, alcaldes torcidos. Es evidente que la prensa y la justicia estuvieron a la altura del momento histórico, pero la política no.

La salida de Vicky Dávila de La F.m., más allá del debate un poco corto entre vida privada y derecho a la información, más allá de si la embarró o no, si debió editar el video antes de publicarlo, si Santos pidió su cabeza o no, me parece que nos permitió obtener la prueba reina de algo que ya habían sugerido columnistas como Jorge Gómez, León Valencia, Ómar Rincón o María Jimena Duzán: el periodismo colombiano hoy está absolutamente polarizado; se impone una militancia abierta e inclusive airada entre dos bandos, y se está sirviendo a intereses específicos muy distintos al derrotero original de informar. En la mitad, periodistas de convicción y de ética sobreaguan y capotean este momento fatal.

El episodio de Vicky es revelador, pero no por ella misma y sus eventuales adscripciones al uribismo o al santismo (sinceramente la vi en uno y otro muchas veces), sino porque toda la polémica alrededor de su retiro fue un furioso debate entre esas dos visiones políticas, y para unos terminó convertida en una mujer pérfida, y para otros en una heroína, pero con un sesgo ideológico muy fuerte al lanzar ese veredicto, en la mayoría de los casos. En lo personal, considero que el trabajo de Vicky en la denuncia sobre la corrupción en la Policía, en lo del espionaje a periodistas ordenado por el general Palomino, en el eventual crecimiento inexplicado de su patrimonio, e incluso en lo de la red de prostitución (que aún no alcanzo a digerir) es valiosísimo; fue valiente enfrentarse a ese monstruo, y habrá que ver si la justicia está al nivel en que estuvo la prensa. Ahora bien, publicar ese video lo sigo considerando un desatino periodístico (no me meto en lo penal), explicable quizás en la ruta desesperada de encontrar pruebas sobre la supuesta ‘comunidad del anillo’.

Yo sí creo que hoy el periodismo colombiano no está tan lejos del venezolano, y Vicky es la primera damnificada en ese juego tan riesgoso. En ocho años de gobierno Uribe se comenzó a gestar el germen de esta polarización, cuando el unanimismo alrededor del Presidente hizo inclusive sugerir la tesis de que un ‘Estado de opinión’ podía estar por encima del Estado de derecho, y cuando consiguió demonizar a la prensa que lo cuestionaba y sacaba a la luz los numerosos escándalos de sus últimos cuatro años. Luego vino el proceso de diálogo en La Habana y el ahora expresidente, hábil, consiguió hacer que el odio general hacia las Farc abonara ese germen hasta inocularlo del todo en la prensa nacional, y por primera vez en 50 años tenemos medios de oposición, periodistas de oposición. En esa esquizofrenia, Juan Manuel Santos también llegó a insinuar hace dos años que quien no votara por él era enemigo de la paz.

Creo que RCN no estuvo tan lejos de Telesur cuando el año pasado alternó las imágenes del acuerdo en Cuba sobre justicia transicional, el momento más resonante del proceso, con las tomas guerrilleras de pueblos. No dudo de que el ejercicio de hacer memoria es valioso, pero este no tenía esa intención, sino editorializar un contenido periodístico para torpedear el diálogo, al hacer énfasis en los peores actos de violencia, pero solo los perpetrados por las Farc. Aquí no hubo bombardeos en Santodomingo, ni masacres como la de Mapiripán (Auc en asocio con el Ejército), ni falsos positivos...

Ya hay varios programas con voces que claramente están haciendo más política que periodismo, inclusive con personajes interesantes y de solvencia intelectual como Juan Lozano, en una oposición abierta y combatiente desde Blu Radio. Para compensar, en ese mismo espacio está Luis Guillermo Vélez, defensor a ultranza del Gobierno. ¿Será lo ideal este modelo de “periodismo representativo”?

Lo de Hassan Nassar ya es cosa aparte y lo acerca de modo peligroso al horror que hacía en Telesur un personaje tan oscuro como Mario Silva. El periodista Andrés Gil,

Él dirá que sus opiniones como ciudadano no tienen que ver con su forma de hacer periodismo. Yo creo que sí, y mucho. En su programa diario 'En jaque', donde se discute la actualidad, el gran criterio para invitar personajes no es tanto la búsqueda de expertos, sino un extraño reparto bipartidista (Uribe-Santos) para así proclamar que hay equilibrio (¿y el resto del país? ¿Qué pasa con los que no abrevamos en ninguna de esas fuentes?). Por eso, todos los días, está allí Paloma Valencia, o María Fernanda Cabal, o José Obdulio, o Rangel, mínimo dos voces del Centro Democrático. Y todos los días ellos ponen en jaque al Gobierno por equis o por ye.


Sergio Ocampo Madrid

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