Así es estudiar y trabajar en un colegio asediado por el hampa

Así es estudiar y trabajar en un colegio asediado por el hampa

Relato del rector que ha visto a sus alumnos sobrevivir cerca del 'Bronx' y ollas como Cinco Huecos.

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29 de febrero 2016 , 06:50 p.m.

Los niños tiraban las cucharas hacia el otro lado del muro. De 1.000, desaparecieron 940. Ellos hacían una especie de trueque porque del otro lado, de la olla 'Cinco Huecos' y desde la  ‘L’ del ‘Bronx’, les mandaban la droga que querían.

Eso llegó a pasar en el colegio Agustín Nieto Caballero, donde Jairo Rodríguez es rector desde el 9 de julio del 2012.

Él debe llamar a los porteros cuando llega a la calle 24. “Ojo, ábranme la puerta”. Ellos, atentos, la tienen lista para que el rector entre sin llamar la atención. La semana pasada recibió una amenaza más: “Le va a tocar irse porque ya nos está poniendo muchos problemas”. No es la más grave, a otros les han llegado sufragios y han tenido que pedir traslado.

Desde el 9 de julio del 2012 se convirtió en el rector del colegio Agustín Nieto Caballero; solo una pared los separa de la olla 'Cinco Huecos', están muy cerca de la ‘L’ del ‘Bronx’ y de barrios como La Favorita, centros del microtráfico en Bogotá.

Esta mole de cemento, que como colegio tiene 40 años de antiguedad pero que tiene más de construido,  y sus 1.000 estudiantes conviven con el hampa y la desidia. Adentro del colegio, afrodescendientes, emberá katíos, emberá chamís, ecuatorianos, peruanos y niños de varias localidades de Bogotá tratan de sacar adelante sus estudios.

La jornada transcurre bajo el fuerte vaho a orines, materia fecal y el humo de los consumidores que se cuela por las grietas. “Un día le quise dar estudio a los habitantes de la calle, pero se ponían a consumir y todo el mundo puso el grito en el cielo”, contó Jairo.

La plaza España es el espacio público más cercano. Allí duermen habitantes de la calle. Echan al piso sus cambuches, encima de los desperdicios de las palomas, sin importar que a pocas cuadras el Distrito habilitó el centro de atención Bacatá, donde se les dan toda clase de cuidados. “Allá invirtieron $ 30.000 millones y es una casa arrendada. Todos los días llegan buses con habitantes de otras partes, quién sabe si para justificar el gasto”.

Los andenes se quedan sin ladrillos porque los drogadictos los quitan para rasparlos, convertirlos en bazuco y luego fumarlos.

A los profesores los atracan, a los niños les quitan los tenis y el personal de aseo llega atormentado a trabajar cuando son asustados en la calle. “Logré que un bus que traslada a los médicos del hospital San José me traiga a los profesores al colegio, pero siguen habiendo atracos en la avenida Caracas”, contó Jairo.

Es como si el entorno quisiera envenenar la vida escolar. “¿Que si hay consumo dentro del colegio? Claro que sí, aquí y en el norte, solo que el precio cambia. Aquí hay estudiantes que traen las sustancias”. Lo acepta de frente, dice que negar lo que ocurre es hipocresía, que es mejor buscar soluciones.

Jairo Orlando Rodríguez Ravelo es el rector del colegio hace cuatro años. Denuncia que por los huecos de esta pared, que colinda con el patio de descanso, los traficantes les pasan drogas a los niños. Foto: Mauricio Moreno / EL TIEMPO

La semana pasada hizo un decomiso. De la maleta de un niño de tercero de primaria sacó una manotada grande de droga. Supuso que su hermano mayor la había metido allí para ingresarla sin problemas. No era la primera vez que pasaba. “Qué dolor me dio cuando vi en las noticias los nombres de los policías a quienes yo les entregaba la droga decomisada”. Dice que leyó que algunos estaban metidos en el negocio. “No creo que todos, me resisto a creerlo”, dijo luego de una corta pausa.

El muro de la discordia

El muro que colinda con la olla 'Cinco Huecos' está lleno de orificios por donde los traficantes meten los cigarrillos para que los niños los consuman. “Cuando tengo presupuesto me toca comprar cemento y tapar todos los orificios que abren”.

Una vez, ante la extraña desaparición de las cucharas del comedor, se enteró de que los niños las tiraban hacia el otro lado y a cambio del botín, había droga para consumir. “De 1.000, desaparecieron 940. Luego me di cuenta que al otro lado las afilaban y las convertían en cuchillos. Era como una especie de trueque con la delincuencia”.

Los niños también se arman, dicen que es la forma de defenderse de los atracos cerca del colegio.

También le tocó prohibir la entrada de niños con tapabocas. Ellos decían que tenían gripa, pero cuando se percató de que su uso se hacía más común comprobó que estos estaban impregnados de droga. “Cuando uno les iba a hablar ya estaban todos dopados”.

Así se consume la vida de los estudiantes. Jairo trata de sacarlos a flote, pero dice que muchos padres prefieren abandonar a sus hijos. “Esos niños con problemas afectan mucho a los demás. Hay poblaciones que requieren una atención especial, como los indígenas”. Estos últimos, cuenta, no respetan las reglas del colegio, salen corriendo a la primera orden del líder del grupo.

Otros ya están delinquiendo. “Aquí le robaron el computador al embajador de Canadá cuando vino de visita con el secretario de Educación”.

Los comandantes de la zona duran poco. Los profesores cuentan que los han agredido. La solución es que piden el traslado y todo sigue igual.

Jairo recorre el colegio, lucha como puede contra el consumo, trabaja con la Filarmónica, con el IDRD, trata de sacar adelante la jornada única, pero todo se trunca cuando algún profesor resulta amenazado.

Hoy la salida para este colegio son los 23.000 millones que el Gobierno pasado les prometió. El viejo colegio es patrimonio, pero de esa inversión depende que el techo se deje de caer corroído por las heces de las palomas.

Pero no es lo único que necesita este colegio. Jairo dice que requiere de más acompañamiento del Bienestar Familiar.

“La semana pasada hubo un caso de abuso hacía un menor por parte de su hermano. Yo denuncié y no ha pasado nada. La estrategia RIO, de la Secretaría, solo sirve para que vengan, escriban un acta y ya. Lo que yo necesito es que me atiendan a esos niños”.

Los traficantes del ‘Bronx’ les venden drogas a los estudiantes de este colegio. Foto: Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO

Este rector vive asqueado de lo que ha visto, de quienes mercadean con los habitantes de calle para sacarlos a protestar, de los padres que van y tiran a sus hijos como si fueran mercancía, de las leyes que impiden que los docentes puedan ejercer un mejor control, de las vidas que se consumen en los baños o en cualquier rincón del colegio y de la falta de profesores para atender a la población especial.

Jairo saca fuerza todos los días para seguir. “A los niños hay que quererlos. Los tratan bien mal en la casa, entonces, lo ideal es que en el colegio les demos un poquito de felicidad”.

CAROL MALAVER
Redactora de EL TIEMPO
Escríbanos a carmal@eltiempo.com

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