No nos digamos mentiras

No nos digamos mentiras

Nos toca empezar a construir este país en medio de un período de serias dificultades económicas.

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28 de febrero 2016 , 09:33 p.m.

No solo está llegando la hora de empezar a construir un país en paz, sino también es el momento de decirnos la verdad, así nos asuste. Para empezar, debemos reconocer que a nuestra generación, probablemente con más profesionales que las anteriores, solo la salvará el juicio de la historia si antes de irse de este mundo les entrega a la Colombia joven y a la que llegará la iniciación de un proceso real de cambio en el cual aprendamos a resolver nuestras contradicciones por los canales que brinda una verdadera democracia. Para ello debemos empezar por no decirnos mentiras.

Primero. La sociedad colombiana no ha sufrido de manera similar la guerra. En general, fue un conflicto predominantemente rural y de pobres. Por consiguiente, seguir esperando que todo el país sienta la misma necesidad de lograr la paz es una utopía. Esta realidad dificulta lograr el apoyo generalizado que se requiere.

Segundo. La firma de un acuerdo con la guerrilla no genera de inmediato la gran bonanza que se espera. Será un proceso cuya velocidad dependerá del esfuerzo de todos los colombianos, pero también del contexto internacional, porque –quiérase o no– cada día más estaremos integrados al mundo global y este no está en su mejor momento.

Tercero. Nos toca empezar a construir este país en medio de un período de dificultades serias en el campo económico. En parte, es nuestra culpa, porque no ahorramos durante la bonanza y no reconstruimos a la velocidad que tocaba nuestra base productiva. Y aquí, no solo el Gobierno sino el sector productivo y la sociedad, en general, que no reclamaron a tiempo un viraje en las políticas, tienen la culpa, además de los cambios en los mercados internacionales.

Cuarto. Las profundas transformaciones de toda naturaleza que demandará el posacuerdo, si de verdad no seguimos los mismos con las mismas, exigirán muchos más esfuerzos de lo que se prevé. De entrada, empezar por destruir valores nocivos que les han sido útiles a muchos, tales como el todo vale, cómo voy yo, la plata todo lo paga, no soy solo hombre sino macho, como mujer soy víctima y sumisa y los mejores negocios son la política, la salud y la educación.

Quinto. La reconstrucción de esta sociedad la tendremos que pagar todos los colombianos, sin excepción. Nos apoyarán países extranjeros y bienvenidos los 450 millones de dólares de los Estados Unidos y las promesas de la Unión Europea; sin embargo, esos recursos son una mínima parte de lo que el país tendrá que invertir para vivir en paz. La decisión que debemos tomar los colombianos es si la gran carga de estos costos la asumimos nosotros ahora o si olímpicamente se la dejamos a las próximas generaciones.

Lo primero implica pagar impuestos ya, y todos, de acuerdo con sus posibilidades, sumado a una depuración de los mecanismos de gasto público que se llama transparencia. Lo segundo es aumentar nuestra deuda interna y externa para que estos costos los paguen nuestros nietos y bisnietos. Por consiguiente, lo primero que debemos hacer es dejar de decirnos mentiras. Así no creamos en el proceso de paz, como aquellos a los que realmente les gustaría seguir en guerra, es mejor que aterricemos y dejemos de pensar que podemos seguir asumiendo que a las élites solo les toca mirar de lejos, y salvaguardados, cómo se desarrollan los acontecimientos.

Y con respecto a la financiación, olvídense de que el resto del mundo nos resolverá el problema. El apoyo mundial es más de tipo político, el cual es muy importante para facilitar muchos de los cambios internos que levantarán ampollas entre aquellos que siempre salen ganando. Por eso, insisto, a decirnos verdades y no mentiras.

CECILIA LÓPEZ MONTAÑO
cecilia@cecilialopez.com

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