'Bye, bye'

'Bye, bye'

La política exterior de Colombia necesita incorporar el espacio financiero de una manera más eficaz.

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28 de febrero 2016 , 09:33 p.m.

Está muy bien que no se le haya dado demasiado importancia o espectáculo a la decisión de salir de Colombia de los negocios de banca personal y de atención al cliente individual, que tomó el banco más importante del mundo, el Citi Bank. Eso es parte normal de los giros usuales y periódicos de los negocios. Aun así, y me encuentro entre los perjudicados por esa decisión, hay que entender cuáles son las dinámicas que están llevando a los grandes bancos globales, como este y muchos otros, a salirse de la banca de atención a los ciudadanos de a pie.

La verdad es que, sin que los clientes nos demos cuenta, hay varios factores muy poderosos que llevan al Citi –y a muchas otras instituciones financieras– a considerar que les llegó la hora de retirarse de atender las necesidades de las personas que no les cumplen, en ciertos países, con sus estándares de utilidad y de riesgo.

La globalización financiera suponía que existirían unos mercados cada vez más abiertos, transparentes y sin barreras, pero en la práctica la realidad ha tomado unos rumbos muy diferentes. Mientras que el mundo sigue insistiendo en que la transacción de bienes debe ser lo más libre posible, y se le ha invertido enorme esfuerzo político a que ese sueño ocurra, simultáneamente en el frente financiero ha ocurrido lo contrario.

Los bancos e instituciones financieras internacionales se están retirando, aceleradamente, de la atención de las personas porque, como actores individuales en este campo, somos poco rentables en materia de riesgo y de costos. La política de muchas autoridades financieras internacionales, arrancando por las de Europa y las de Estados Unidos, es delegar sobre los hombros del sector privado las supervisiones que no pueden ejercer ellos mismos.

Y eso, políticamente, genera muchos réditos. Mientras los políticos delegan, al mismo tiempo cada decisión se traduce en imponerles a los bancos una carga contingente incierta y unos costos exagerados. Cada vez más reportes, más oficios, más trabajo, que no contribuye a la productividad, pero suena muy bonito frente al objetivo ideológico de mostrarse “duro” y “eficaz”.

No voy a citar todas las normas que deben cumplir, por ejemplo, las entidades financieras colombianas, las cuales nada tienen que ver con la jurisdicción doméstica. De llegar estas entidades a no hacerlo estarían en el ostracismo, en el limbo, serían parias en el contexto internacional. En el caso de que el Congreso, las cortes o el Gobierno y sus entes reguladores decidan que corresponde a nuestras entidades acatar ciertas prácticas es perfectamente legítimo. Pero no que vengan por Fedex. Que se requiera, para que puedan existir, el sometimiento a una soberanía jurisdiccional externa, a la brava, eso ya es otra cosa.

Naturalmente, la emigración financiera de las entidades internacionales, a corto plazo, favorece a las instituciones locales. Abre mercado, genera más clientes y deja espacios vacíos para llenar. Sin embargo, a largo plazo, todo esto es muy perjudicial. La política exterior de Colombia necesita incorporar el espacio financiero, de una manera más decisiva y más eficaz, para que el unilateralismo que hoy prima en esas decisiones se transforme en políticas globales de consenso. De lo contrario, todos terminaremos acatando órdenes. Tanto los bancos como los clientes.

Díctum. Hay que olvidarse del Eln. No le interesa, no quiere y no tiene unidad. Para la paz o para la guerra.

GABRIEL SILVA LUJÁN

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