Sacha Pfeiffer: la periodista que sacudió a la Iglesia católica

Sacha Pfeiffer: la periodista que sacudió a la Iglesia católica

La única mujer en la investigación que inspiró 'En primera plana' habla sobre los abusos del clero.

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28 de febrero 2016 , 08:42 p.m.

Tres veces por semana, Sacha Pfeiffer acompañaba a su nana a misa. La nieta mayor de la descendiente lituana estaba recién casada y la cercanía con su abuela la conectaba con el hogar donde creció practicando los ritos católicos. “Pero después de haber visto lo que vimos, me fue difícil querer volver a la iglesia”, dice Pfeiffer, al teléfono desde Estados Unidos.

Lo que esta periodista vio fue un cúmulo de evidencias sobre el encubrimiento que la Iglesia católica hizo de muchos abusos sexuales cometidos por sacerdotes, que condujo a la publicación de una serie de reportajes en el diario ‘The Boston Globe’.

Eso mismo se ve por estos días en las salas de cine donde se proyecta ‘En primera plana’. La película, que toma su título original (‘Spotlight’) del nombre de la unidad investigativa donde trabajó Pfeiffer, obtuvo seis nominaciones al Óscar y fue ganadora a mejor película. (Lea también: Mark Ruffalo habla de su papel en la película 'En primera plana')

La historia de esta reportera es una de las más humanas del filme, que la muestra recorriendo centenas de páginas de evidencia judicial y entrevistando a víctimas, pero también compartiendo los detalles con su esposo y callando delante de su nana.

“Creo que Tom McCarthy, el director, y Josh Singer, el coguionista, querían mostrar algo de nuestras vidas para que la película dimensionara el impacto que esto tiene en el plano personal, además del profesional. Se quería mostrar el costo para un matrimonio, la tensión que se instala en las familias”, explica ella.

Pfeiffer recuerda que, durante todo el año de preproducción y filmación de la cinta, ella y sus compañeros de 'Spotlight' fueron consultados por los realizadores y los actores que los interpretaron. La periodista, que tenía 30 años en el 2001, año en el que transcurrió la investigación de ocho meses, es encarnada por la canadiense Rachel McAdams (‘Medianoche en París’).

“Fue un trabajo muy realista –opina Pfeiffer–. Querían saber todo: nuestra historia familiar y con la Iglesia, nuestras relaciones. Me preguntaban si cocinaba, cómo lucía mi pelo en el 2001, qué ropa usaba, de qué color era mi cartera y qué ponía en ella. Recibía ‘e-mails’ y mensajes de texto de Rachel mientras filmaban. Me preguntaba: ‘En la oficina, ¿usas zapatos planos o tacones? O ‘cuando entrevistas a alguien, ¿tomas nota en una libreta o tipeas directo en el computador?’ Fue impresionante”.

Pero lo más interesante de ‘En primera plana’ es la recreación del trabajo reporteril y del debate periodístico en torno a un caso de tanto impacto social. A lo largo de dos horas, la cinta muestra cómo un editor que llega de otro estado hace que los periodistas, educados en Boston, comiencen a cuestionarse lo que antes les parecía normal. Todos habían leído, escrito o investigado historias de abuso infantil a cargo de sacerdotes, pero ninguno se había cuestionado qué pasaba luego de las denuncias: ¿Eran enviados a otras parroquias? ¿Volvían a cometer abusos? ¿Lo sabía su máxima autoridad?

“La sección Spotlight comenzó a funcionar en los 70 y hacía historias sobre corrupción gubernamental, crimen organizado y negocios turbios, pero nunca había chequeado a una organización religiosa, y ciertamente no a la Iglesia católica”, explica Pfeiffer.

La reportera recuerda que en el 2001 el equipo de Spotlight estaba de llegada: “El editor Walter Robinson (interpretado por Michael Keaton) reunió un nuevo grupo para trabajar. A mí me llevó desde la redacción del ‘Globe’ porque tenía experiencia en temas legales. Michael Raszendes (Mark Ruffalo) tenía mucha experiencia en política, y Matt Carroll tenía conocimiento de bases de datos. Se formó un equipo de personas con habilidades complementarias para esa nueva etapa de Spotlight, y estuvimos juntos cinco años”.

La oficina que se ve en la película, anota, se ajusta a la realidad: “Trabajábamos alejados del resto de la redacción, para guardar el secreto de nuestras investigaciones”. Las instalaciones donde funciona el periódico y, en especial, los archivos donde se almacenaban libros hasta entonces inútiles, como el grueso directorio que cada año enviaba la Iglesia con la ubicación de sus párrocos, son retratados minuciosamente en el filme. El equipo de cuatro reporteros, obsesionados con seguir las huellas de cada sacerdote imputado, recorre cada uno de esos volúmenes para rastrear cómo la jerarquía eclesiástica justificaba los traslados cuando surgían acusaciones.

“La película cubre los cinco meses que nos demoramos en publicar el primer reportaje –comenta Pfeiffer–. Y termina cuando publicamos nuestra primera historia, en enero del 2002. Pero no muestra que escribimos sobre el tema durante otro año y medio. No podíamos dejar de escribir sobre las negociaciones judiciales de la Iglesia y las víctimas, la psicología de los abusos o por qué eran víctimas más numerosas los niños que las niñas”.

En la película, usted le pide a una persona que dice haber sido víctima de abuso que no ‘sanitice’ el lenguaje...

Me alegra que esa parte haya sido incluida. Muchas veces como equipo conversamos sobre cómo íbamos a escribir esta historia para que no fuera gráfica y no pareciera lasciva, pero que tampoco fuera tan genérica que la gente no entendiera de qué estábamos hablando. Porque la palabra ‘abuso’ puede significar que a un niño le deslicen la mano bajo su pantalón y también puede significar que sea violado. Si recopilábamos la mayor cantidad de detalles, podríamos mandar a los sacerdotes a la cárcel. Era importante conseguir esos detalles y luego debíamos asegurarnos de no ser demasiado gráficos y de ser sensibles al dramático testimonio de las víctimas.

También entrevistó a sacerdotes acusados. ¿Qué fue más difícil?

Las víctimas, definitivamente; porque hablar con los sacerdotes era una extraña aceptación de los hechos. Ellos hacían una retorcida racionalización de por qué lo hicieron, como se ve en una escena (donde un sacerdote le reconoce a Pfeiffer que “jugueteaba” con los niños, pero le asegura que no experimentaba placer). Ellos no parecían afectados, mientras que las víctimas estaban destrozadas. Incluso décadas después seguían recuperándose de algo que sucedió cuando eran niños o adolescentes. Entonces, claro que era más difícil, pues requería mucha compasión y paciencia. Eran conversaciones realmente delicadas que, además, requerían llamadas de seguimiento, porque habíamos conversado sobre cosas tan sensibles que las víctimas podían requerir cierto apoyo más tarde. Así que de cuando en cuando los llamaba para chequear que estuvieran bien.

¿Cómo manejó el impacto emocional para no cruzar la línea de la objetividad?

A veces los cuatro (periodistas) conversábamos y coincidíamos en que nos sentíamos como consejeros, sin haber sido entrenados para eso. Y claro que tenía una carga emocional muy pesada, que puede volverte depresivo, pero que también te pone muy rabioso. Tratar con adultos tan traumatizados por lo que les pasó cuando eran niños que no pueden recuperarse es algo que te enoja mucho, y a veces la rabia puede ser una gran motivadora. La rabia fue lo que nos mantuvo trabajando tan duro.

Riqueza y caridad

Sacha Pfeiffer, de 44 años, sigue casada con el hombre que le presta apoyo emocional en el filme. “Él es un maestro de Ciencias de séptimo grado, así que aunque no tenemos hijos biológicos suelo decir que hemos tenido unos mil niños”, bromea ella. Y continúa en el Globe, pero volvió hace solo un año, luego de que en el 2007 decidió probar suerte en otro medio.

“Me fui a la radio buscando un cambio –recuerda–. Comencé como reportera y terminé siendo conductora. Hay muchas cosas que amé de la radio, pero después de siete años empecé a extrañar la forma detallada de escribir y reportear. Eso solo lo puedes hacer para un diario, una revista o ciertas publicaciones ‘online’. La radio requiere simplificación, porque esa es la manera en que los oídos digieren mejor. Escuchas las cosas de manera diferente a como las lees, y agradezco haber aprendido esa habilidad de destilar y cristalizar la información, pero empecé a extrañar los diarios”.

Hoy ya no es parte del equipo Spotlight, sino que tiene a su cargo la cobertura de las informaciones relacionadas con riqueza, beneficencia y fundaciones, un sector informativo que su anterior trabajo en el ‘Globe’ la ayudó a delinear.

“Nadie espera que haya cosas irregulares en organizaciones vistas como bondadosas, como la Iglesia –explica–. Nuestro proyecto que siguió a la investigación del clero fue sobre cómo las familias millonarias creaban fundaciones sin fines de lucro que, generalmente, también eran una buena forma de poner a sus hijos en una nómina de pagos con alto sueldo, o de instalar a muchos parientes ancianos en los directorios, sin hacer ningún trabajo pero ganando 150.000 dólares al año. Eran fundaciones con las que evadieron impuestos en oficinas y autos lujosos. Básicamente demostramos cómo abusaban del código tributario, pero terminaban luciendo como seres generosos”.

Esa investigación tomó cerca de un año de revisión de declaraciones fiscales y entrevistas a los involucrados. “El periodismo necesita tomarse el tiempo necesario para hacer una historia como esta. Por eso es que creo que los equipos como Spotlight son tan importantes, porque si eres un reportero de los que se espera que escriban una historia todos los días no tendrás tiempo para excavar en algo que debe salir a la luz. Esperamos que esta película le recuerde al mundo de los medios de comunicación y al público que tienen que apoyar el periodismo de investigación; si no, nunca se expondrá lo que alguien está haciendo mal. Entiendo que hoy, con la competencia de internet, los diarios están en una encrucijada económica, y este es el primer tipo de periodismo en ser cortado porque es caro y a veces no obtienes resultados en meses. Parece un lujo, pero es una de las cosas más importantes que un periódico puede hacer.

Sacha Pfeiffer admite que el mayor costo personal que tuvo para ella la saga de reportajes que hoy la tiene representada por Hollywood fue perder la tradición de ir con su abuela a misa. Desde esa publicación, admite, se produjo un distanciamiento, más que con su abuela, con la institución en cuya fe se crió.

La serie de 600 reportajes que Spotlight publicó en ‘The Boston Globe’ recibió el Pulitzer, el galardón más importante del periodismo en Estados Unidos. Pero más allá de los premios, para Sacha Pfeiffer lo más importante que le dejó lo que califica como el proyecto más gratificante de su carrera fue el impacto mundial que se logró, incluso antes del reinado de internet.

“Tuvo un impacto enorme y generó muchos cambios positivos –dice–. Para confirmar su balance, están los cuadros finales del filme, donde aparece un listado de cientos de localidades de Estados Unidos y el mundo donde, después del trabajo de Spotlight, la prensa denunció abusos sexuales del clero.

CLAUDIA GUZMÁN V.
El Mercurio (Chile) - GDA

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