Hay nuevo presidente, ¿habrá nueva Fifa...?

Hay nuevo presidente, ¿habrá nueva Fifa...?

Nos hubiese gustado alguien externo al mundo del fútbol, incontaminado e indubitable.

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27 de febrero 2016 , 05:07 p.m.

La ONU tiene 193 miembros, la FIFA 209. Es lógico, pues, que la elección del nuevo timonel del fútbol mundial fuera tendencia universal en las noticias y en las redes sociales. Joseph Blatter o Joao Havelange eran más conocidos que los presidentes de unos 200 países. Gianni Infantino, 45 años, abogado suizo y flamante presidente del fútbol, también lo será. Casi nadie sabe quién es el presidente de Bulgaria, Senegal o Guatemala, el de FIFA sí.

Noveno en la historia de la entidad y primero de origen italiano ¿aplicará el catenaccio a la corrupción…? ¿Marcará a presión a los caudillos políticos que llegan de ultramar…? ¿Les respirará en la nuca…? Quién sabe, puede que su FIFA sea más ejemplar que la de sus antecesores, pero hemos perdido el candor. Discépolo, genial, dice en su tango Uno que él quisiera “amar sin presentir”. Nosotros también.

En su discurso inaugural prometió “restaurar la confianza en la FIFA”, “trabajar para todos” y otras linduras archiconocidas. Pero también prometió más dinero a las asociaciones de todo el mundo y he aquí el tumor que aqueja al fútbol: el dinero en exceso, disparador de la codicia. Que les pregunten a todos los arrestados y procesados por el Conmebolgate por qué tienen puesto el cintillo electrónico. No alcanza con transparentar la FIFA: hay que impedir que los corruptos lleguen hasta ella. Que no entren. El Comité Ejecutivo de la FIFA (desde ahora Consejo Ejecutivo) está integrado por representación territorial. FIFA no elige a los miembros de su órgano decisorio, lo mandan las confederaciones. Si la Concacaf enviaba como delegado al Chapo Guzmán, FIFA debía admitirlo. Estatutariamente estaba obligada. Así se llenó el CE de personajes que iban desde lo ambicioso a lo deshonesto. Gobernaban el fútbol, traficaban influencias, vendían votos, entradas de los Mundiales, multimillonarios derechos de televisión. Y además cobraban un sueldazo, viáticos espectaculares y recibían tratamiento VIP. Un fastuoso mundo de glamour y chanchullos.

Hubiese sido edificante que, en su alocución, no pronunciara la bastardeada palabra transparencia. Pero el suizo de padres italianos la dijo, la prometió también: “transparencia”. Al público en general le da urticaria cuando lo escucha de boca de un dirigente futbolístico. Juan Ángel Napout, anterior titular de la Conmebol, primero decía transparencia y después buen día. Habló de transparencia hasta con los agentes del FBI que se lo estaban llevando detenido.

A Infantino, sin embargo, lo avala su actuación como secretario general de la UEFA, en cuyo mandato los torneos se jerarquizaron, sin duda, crecieron. Además, el fútbol está razonablemente bien en Europa. Quizás más que eso. El problema es en los arrabales, el nuestro sobre todo. Sudamérica es la más negra de las ovejas negras del tercer mundo. Al menos Infantino no deberá lidiar con Grondona y sus amigos, la mayoría de los cuales están en Nueva York, en distintos confinamientos a lo largo de América o en mejor vida. No pueden volver más al ruedo.

Está bien que gane el candidato del área que mejor funciona. No obstante, nos hubiese gustado alguien externo al mundo del fútbol, incontaminado e indubitable. Un Sebastian Coe, por ejemplo, oro olímpico como atleta, presidente de los Juegos de Londres 2012, extitular de la Comisión de Ética de la FIFA y, sobre todo, fervoroso aficionado al fútbol.

Hubiese sido refrescante escuchar la promesa de mejorar cada vez más el juego (como hace el rugby), revisar la designación de Qatar, que habrá tecnología en el fútbol para ayudar a los árbitros y, de paso, quitarle poder a los jueces que ayudan siempre a los poderosos… Pero hay que darle tiempo. Todas sus credenciales, aseguran, son impecables. Infantino sí anunció “una FIFA moderna, con más desarrollo y menos política”. Perfecto: gestión, administración, control y hablar de fútbol cada tanto. Si lograr sacarle dos palabras sobre el juego a un dirigente, avisen. Afortunadamente al juego lo hacen entrenadores y jugadores.

La primera votación fue muy reñida: Infantino: 88 votos, el Jeque Salman Bin Ebrahim al Jalifa (Barein) 85, el príncipe Alí Bin al Husein (Jordania): 27 votos y Jérôme Champagne (Francia) 7 votos. Luego casi todos los que estaban con Alí Bin y Champagne se volcaron a Infantino, que sumó 115, contra 88 del candidato baeriní y 4 de Alí Bin. Significa que ahora deberá ganarse con sus actos a una gran parte del mundo que no estaba con él.

Antes de la elección del presidente, el Congreso aprobó grandes reformas en la institución. La primera, la ampliación del Consejo Ejecutivo, ahora con 36 miembros (antes, 24). Europa tendrá 9 representantes, Asia y África 7, Concacaf y Conmebol 5, Oceanía 3. Los designados por cada continente al Consejo serán sometidos a una prueba de idoneidad. Lo de los órganos “totalmente independientes” no nos lo creemos; tenemos el derecho. Blatter se llenaba la boca hablando de la Comisión de Ética independiente y cuando esta investigó la compra de votos de Qatar y llegó a conclusiones condenatorias, ordenó silenciar el dictamen.

Infantino pretende un Mundial de 40 equipos, una variante que no vemos mal. Cuando el Mundial era de 16 estaba bien, al fútbol lo jugaban 60 países. Ahora son 209. Brasil 2014 fue el torneo más ofensivo y espectacular, y compitieron 32. No hay que temerle a los cambios. Todos los que se hicieron a lo largo de la historia se impusieron, fueron buenos. Y hay que abrir el juego a todos. En ese escenario, Sudamérica pasaría de 4 cupos y medio a 5,5. No está mal, podría colocar casi siempre 6 representantes (60%) y cuando se juegue en el continente, siete.

Necesitará suerte, trabajo e inteligencia y firmeza Infantino. Él está acostumbrado a manejarse en una Europa disciplinada y próspera, ahora deberá lidiar en extramuros.

JORGE BARRAZA

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