¡Keynes vive! 80 años de la teoría general

¡Keynes vive! 80 años de la teoría general

Los problemas económicos y las soluciones que el académico analizó en su tiempo siguen vigentes.

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26 de febrero 2016 , 06:01 p.m.

El libro ‘Teoría general del empleo, el interés y el dinero’ de John Maynard Keynes (1883-1946), que salió a las tiendas en febrero de 1936, es quizá la obra más importante en economía y la que mayor impacto ha tenido desde su publicación. Es un texto fundamental para entender y remediar el problema del desempleo, el peor mal de las economías de mercado capitalistas.

En el capítulo 24, ‘Notas finales sobre la filosofía social a que podría conducir la teoría general’, Keynes hace unos planteamientos bien interesantes sobre este tema ‒el desempleo‒ y la arbitraria desigualdad de ingresos y de riqueza; asuntos que no habían sido resueltos en su tiempo. Sin embargo, estos problemas siguen siendo actuales y las soluciones keynesianas siguen vigentes después de 80 años.

Si bien estos problemas eran graves en los años críticos de la década del 30, hoy son más agudos después de la crisis de 2008. La organización Oxfam, en su informe de este año ‘Una economía al servicio del 1%’, ha señalado que 62 personas tienen la misma riqueza que la mitad más pobre del mundo, 3.600 millones de personas, en 2015. Por el lado del desempleo, hay 197,1 millones de desocupados, y 27 millones más sobre los niveles anteriores a la crisis, según la OIT.

Keynes afirma que los progresos en la imposición de impuestos a la riqueza no han llegado muy lejos en la redistribución del ingreso, no solo por el temor a fomentar la evasión y eliminar los incentivos para invertir, sino, y principalmente, por “la creencia de que el crecimiento del capital depende del vigor de las razones que impulsan al ahorro individual (…) que hagan los ricos de lo que les sobra”. Es decir, que la inversión depende del ahorro.

Precisamente, Keynes sostiene lo contrario. Es decir, que una baja propensión a consumir no estimula sino que estorba la acumulación de capital, y “que las medidas tendientes a redistribuir los ingresos de una forma que tenga probabilidades de elevar la propensión a consumir pueden ser positivamente favorables al crecimiento del capital”.

Es decir, el incremento de la riqueza no depende de la abstinencia de los ricos, sino que la abstinencia es un obstáculo para la generación de riqueza. La paradoja de la frugalidad: aumentar el ahorro y consumir menos. “La sabiduría del centavo”, según Keynes. “¿Y cuál es el resultado?”: la ruina y la desocupación.

En este sentido, podría haber “justificación social y psicológica de grandes desigualdades en los ingresos y en la riqueza, pero no para tan grandes disparidades como existen en la actualidad”.

Por otro lado, Keynes relaciona la tasa de interés con la desigualdad de riqueza. Si el ahorro efectivo está determinado necesariamente con el volumen de inversión y este, a su vez, con una baja tasa de interés, no es necesario una tasa de interés alta para estimular el ahorro, por lo tanto, una tasa de interés baja sería suficiente para garantizar el pleno empleo.

Una tasa de interés baja significaría la eutanasia del rentista, “el capitalista sin funciones” o “el inversionista que no tiene ninguna misión”. La eutanasia del rentista significaría la muerte del “poder de opresión acumulativo del capitalista para explotar el valor de escasez del capital”.

En cuanto al aspecto intervencionista del Estado, Keynes lo considera orientador con el sistema impositivo progresivo y la determinación de la tasa de interés. Pero esto no quiere decir “que se aboga francamente por un sistema de socialismo de Estado que abarque la mayor parte de la vida económica de la comunidad”. No se trata de tomar la propiedad de los “medios de producción”, sino que el “ensanchamiento de las funciones del gobierno (…) son el único medio practicable de evitar la destrucción total de las formas económicas existentes”. Es decir, salvar el capitalismo de sí mismo.

Sobre el asunto de la paz que siempre está en peligro, debido a las “causas económicas de la guerra, es decir, el empuje de la población y la competencia por los mercados”, Keynes asegura que la teoría de la demanda efectiva, su gran contribución a la teoría económica, provee los medios para entender que se puede lograr “el pleno empleo con la política interna (…) no se necesita que haya fuerzas económicas importantes destinadas a enfrentar el interés de un país con el de sus vecinos”.

Finalmente, Keynes hace una reflexión sobre la lucha entre las ideas y los intereses creados para definir los asuntos humanos. Sin embargo, Keynes se inclina por la importancia de las ideas: “Tarde o temprano, son las ideas y no los intereses creados las que presentan peligros, tanto para mal como para bien”. Sin embargo, Keynes se equivocó en este aspecto. Todavía los intereses creados se oponen al pleno empleo y a una mejor distribución de la riqueza, con las mismas viejas ideas que Keynes combatió.


Guillermo Maya

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