'Cuatro años y sigo esperando justicia por la muerte de mi hijo'

'Cuatro años y sigo esperando justicia por la muerte de mi hijo'

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26 de febrero 2016 , 05:48 p.m.

sumario: Clínica de Fusagasugá le habría suministrado un medicamento a un paciente sin importar advertencias sobre su condición alérgica. Emanuel, la víctima fatal, tenía 15 años cuando murió en Bogotá.

 

Los habían desviado por la vía San Miguel a causa de un accidente en Silvania. La familia, que regresaba a su casa desde Bogotá, estaba cansada y uno de los niños, el de 10 años, comenzó a sentir dolor de cabeza mucho antes de llegar a su destino, Fusagasugá.

Poco tiempo después de haberle dado una aspirina a Emanuel, sus párpados comenzaron a inflamarse y, de repente, se quedaba sin respiración. Fueron cuatro horas de drama porque el tráfico no fluía y nadie podía ayudarlos, no se avanzaba ni se retrocedía. Ese día, la familia Belalcázar Castillo supo que su hijo era alérgico a los fármacos antiinflamatorios no esteroideos, conocidos por la sigla Aine.

Cada vez que el niño tenía que visitar a un médico, él y sus padres se cuidaban y advertían cuán peligroso podía ser que le suministraran esos medicamentos. “A mi hijo no le gustaba que lo trataran de enfermo, siempre estaba nadando, haciendo ejercicio. Veía Discovery Channel y se hacía remedios naturales. Que agua de cebolla morada, que ajos, que sábila. Era un joven muy sano, de río, de piscina”, recordó Luz, su madre.

Emanuel David Belalcázar Castillo nació el 4 de septiembre de 1996. Era demasiado “folclórico”; así lo describen sus padres y sus cuatro hermanos, una familia evangélica a la cual siempre hacía reír. “Era muy extrovertido, a todo le sacaba chispa”, recordó su padre, Ernesto Eudoro Belalcázar Martínez. Cinco años más tarde, la misma reacción alérgica que una vez lo llevó a urgencias y una presunta equivocación médica los apartaría de su hijo para siempre.

La emergencia

Como era costumbre, el 25 de marzo del 2012, la familia hacía el ayuno. Ese mismo día, Emanuel, ya de 15 años, y su hermano se pusieron a experimentar con unas bombas de caucho que llenaron de gas. “Eso se reventó, lo quemó en el brazo derecho y le chamuscó una ceja. Él se bañó y se aplicó una crema. No me avisó porque sabe que yo soy muy estricto con esas cosas”, contó Ernesto.

Blanca, en cambio, le aplicó leche de magnesia y lo vio acostado echándose aire con un ventilador. Su brazo se le veía rosado, la lesión no había sido grave, pero picaba. “Ese día nos reímos, vimos películas, y la cosa no pasó a mayores”, relató Luz.

El domingo siguiente, Emanuel les dijo a sus padres que no quería ir al colegio, sus compañeros se le iban a burlar de su ceja ausente. “Hagamos las cosas bien”, replicó su padre, y se fueron al médico a preguntar si correspondía o no una incapacidad.

La familia de Emanuel tiene la pared de la sala llena de mensajes de amor hacia su hijo.

Poco tiempo después arribaron a la Clínica Belén de Fusagasugá. “Lo primero que hicimos fue advertirle a la doctora que en ese momento estaba de turno que mi hijo era alérgico y nombramos todos los medicamentos. Incluso, ella nos dijo que siempre dijéramos que era alérgico a los ASA y a los Aines, para no nombrar todas las drogas. Eso ella lo escribe en la historia médica”, contó Ernesto.

Esperaron entonces una hora para que los atendieran, alcanzaron a ver una película, hasta que el padre del joven decidió preguntar el porqué de la demora. Así fue como la doctora le ordenó a otra jefa encargada, que le aplicara una inyección. “Ella recibió instrucciones de la primera médica y procedió. Yo vi que sacó la aguja y que le puso una inyección intramuscular. Lo más raro es que cuando salimos le habían formulado naproxeno, una droga que no se le podía dar”. Partieron hacia un supermercado de la zona, pero Emanuel decidió quedarse dentro del vehículo. En minutos sus párpados se comenzaron a inflamar y alcanzó a alertar a su madre. “Fue la última vez que escuché su voz. Me decía ‘mamá, me intoxicaron, me intoxicaron’ ”. Luz habría de recordar mil veces esas mismas palabras.
Cuando Ernesto se dio cuenta, salió de inmediato para la clínica, entró sin mediar con el vigilante y gritó. “¡Mire lo que le pasa a mi hijo, qué fue lo que le aplicó!”. Como si la emergencia fuera menor, la respuesta de la doctora fue un “qué pena con usted, se me olvidó, ya le aplicamos una contra”. Ese sería el comienzo de la crisis.

La crisis

Emanuel no se recuperaba. Era como si los medicamentos no actuaran. Luego llamaron al pediatra de la clínica y este ordenó que lo dejaran en observación. “Como mi niño estaba en pantaloneta y camiseta yo pedí permiso para llevarle ropita, pero cuando regresé al hospital ya no estaba donde yo lo había dejado”.

El joven había entrado en una crisis inexplicable, lo vieron entubado y rodeado de varias enfermeras. Emanuel estaba inconsciente y expulsaba sangre, eso contó su mamá; también, que le habían puesto choques eléctricos para reanimarlo. Al final, la clínica pidió trasladarlo, dijeron no poder hacer nada más por él.

Solo a las 11:30 salió una ambulancia desde esa clínica hasta la de Los Fundadores, en Bogotá. En el camino, el vehículo tuvo que parar para estabilizarlo. A la 1:30 lo recibieron en el centro médico. “Lo primero que me dijo el médico Andrés Fabricio Caballero es que mi hijo estaba muy mal. Le habían puesto mal los catéteres y su estado era deplorable”, recordó Ernesto.

Así fue la marcha en la que participaron varias personas en el municipio apoyando a la familia.

A Luz le sorprendió que el galeno les dijera que su brazo izquierdo, el quemado, estaba muy mal. “Yo le dije ‘no, doctor, él no se quemó ese brazo, sino el derecho. Él me dio a entender que, entonces, lo habían canalizado de la peor manera en la clínica de Fusagasugá. Su brazo estaba negro, inflamado, le habían dañado las venas”.

Fueron días extensos, dolorosos, de mil exámenes y pruebas, de diagnósticos tristes y otros más alentadores, de verlo, pero no tocarlo, por temor a infectarlo con una bacteria, hasta que les anunciaron que Emanuel tenía muerte cerebral, y ahí comenzó su peor deterioro. “Yo solo le tocaba sus piecitos, con esas ganas de besarlo, de hablarle, fue tan triste eso”.

El Viernes Santo 6 de abril del 2012, Emanuel murió, eran las 10 de la noche. “De repente nos dijeron que le iban a quitar el ventilador, pero cuando nos volvieron a llamar, diez minutos después, él ya estaba desconectado de todo”, contó Ernesto.

Luz lloraba, pero por alguna razón no lo tocó, lo sintió flotando en el aire. “¿No te has ido, hijito, te estás despidiendo? Adiós, hijo, te amo, Dios te bendiga”. Luz narró que ese día no siguió llorando.

Por cuatro años, las fotos del joven y las de la marcha de protesta de todo un municipio empapelan la pared de la humilde casa. Hasta hace poco pudieron radicar una demanda contra la clínica de Fusagasugá y contra los médicos tratantes que hicieron caso omiso a las recomendaciones de la familia Belalcázar. “Cuando quisimos conciliar, que ellos aceptaran que se habían equivocado, nos dijeron que nosotros queríamos hacernos ricos a costa de la muerte de nuestro hijo. Ese día todos pidieron respeto, nosotros no lo llevamos para que lo mataran”, dijo Ernesto.

El padre de familia acepta que puso la demanda de forma tardía porque no sabía bien de esos trámites y carecía del dinero para costear los gastos de un abogado. “Consultamos a muchos pero todos no pedían mucho dinero por anticipado”.

Hoy la familia siente a Emanuel caminando por la casa, molestando a su mamá, haciéndole cosquillas, tirándola a la cama, era como un niño chiquito todo el tiempo. La tristeza no se ha ido de este hogar, que solo vive de una miscelánea de barrio. No han podido hacer nada más después de la tragedia porque además, una vez se sintieron obligados a callar. “Nos dijeron que si seguíamos llamando a los medios de comunicación nos iban a demandar por injuria y calumnia, pero yo juro que no he dicho una sola palabra que se aparte de lo que pasó ese día. Tengo fotos y videos de cómo quedó mi hijo y aquí hay libertad de prensa”, aseguró Ernesto. El periódico EL TIEMPO consultó al abogado de la clínica pero éste manifestó su decisión de que no fuera publicada la posición de la contraparte. Solo la justicia determinará a través de un proceso judicial las responsabilidades en este caso.

No es el único caso reportado

Según la Personería de Bogotá, solo durante el año 2015 se radicaron en sus oficinas 13.078 quejas en contra de las empresas de medicina prepagada (EPS) e institutos prestadores de salud en Bogotá por razones como la no entrega de medicamentos o prótesis, demoras en las autorizaciones y remisiones a tratamientos o personal médico especializado, todas fallas en el sistema administrativo.

En cuanto a las quejas por negligencia médica, desde el 2013 y hasta la fecha, la Personería recibió 96; de estas, 38 fueron remitidas a entes como la Fiscalía, la Superintendencia de Salud, el Tribunal de Ética Médico, entre otros.
Muchas quejas del total de las denuncias no fueron remitidas porque ya habían sido notificadas por los directos afectados.

*Escríbanos a carmal@eltiempo.com
En Twitter: @CarolMalaver

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