Jorge Lizarazo presenta su última creación con hilos

Jorge Lizarazo presenta su última creación con hilos

Los textiles de este hombre son obras que pueden decorar un apartamento o hacer parte de un museo.

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26 de febrero 2016 , 04:51 p.m.

Con 42 kilos de hilos, en un telar de 3,20 centímetros de ancho, cuatro manos se encargaron de darle vida a Goliath, un tapiz de tres metros de alto por 2,40 de ancho que hoy cuelga en el Museo de Diseño Cooper Hewitt, en Nueva York, como parte de la quinta trienal de diseño que organiza el museo.

Con 12 colores de hilos, entre verdes, blanco, bronce, plata, dorado, tornasol, negro y azul, y durante cuatro meses, estos artesanos perpetuaron un pedacito del Amazonas que ya no existe.

Y no existe porque “de pronto un señor importante de la región decidió quitarle un bocado a ese paisaje al lado del río Amazonas y en lugar de que tú veas que la selva continúa, hay como un mordisco: ahora encuentras bueyes, una casa muy bonita, una piscina con asoleadoras”, dice indignado el arquitecto, tejedor y artista Jorge Lizarazo, quien decidió revivir con hilos una muestra de la selva en Puerto Nariño.

Esa es la gran denuncia que quiso hacer el arquitecto, el grito de protesta que salió desde Hechizoo, su tranquilo taller en el tumultoso, colorido, ruidoso y piadoso barrio 20 de Julio, en el sur de Bogotá, para esta exhibición que se puede visitar hasta agosto de este año.

“La selva es un universo muy particular, un sitio geográfico que nos devuelve a la esencia del ser humano; sin marcas, sin aparatos, y donde todo el mundo coexiste, donde los indígenas piden permiso para tumbar un árbol. Algún día se va a perder si dejamos que sigan pasando esas cosas. Hay que preservarla”, agrega. 

Así, apasionado, sensible, comprometido es este hombre nacido en Armenia hace 47 años, hijo de padre militar y luego constructor y de una madre ama de casa, hermano de unas artistas y un banquero, que odió todos los deportes que sus papás le hicieron practicar de niño, hasta que a los 12 años descubrió la equitación. Amó a Don Matías, su primer corsel. La cercanía con los caballos le hizo pensar que podría ser veterinario, pero se graduó de arquitecto en la Universidad de los Andes. Se fue a estudiar a Europa y trabajó ocho años junto al arquitecto italiano Massimiliano Fuksas. En 1999 regresó al país y un día, con una idea en la cabeza de un tapete que no consiguió, buscó la forma de hacerlo. Así se acercó al mundo de los telares, los hilos y los textiles, y aprendió a usarlos.

Inquieto como es, quiso experimentar con hilos de cobre. Lo miraron con cara de ‘y este loco’. Ese primer tapete, de 1,50 por 2 metros, todavía lo tiene a la salida de lo que podría ser su oficina, en esa especie de casa que ha construido en el taller, que incluye un catre antiguo donde se arruncha con Frida Kahlo y Diego Rivera, los perros chihuahuas, dueños y señores del taller y de sus amores.

Desde ese primer trabajo que llamó Candelaria, no ha parado de investigar, buscar, experimentar, combinar toda clase de fibras e hilos, naturales y sintéticos. Empezó usando tres fibras y ahora tiene 2.500 y sigue buscando. Hay desde fique y crin de caballo hasta oro, plata y cobre.

Por eso viaja a la selva, a la montaña, a la llanura de nuestro país, o a Brasil, a Japón, a Europa. Por eso visita los famosos museos del mundo o las comunidades campesinas e indígenas de Colombia, para encontrar nuevas técnicas, nuevos materiales, nuevos colores, nuevas formas de ver y hacer las cosas.

“Proteger lo poco que nos queda de nosotros y nos hace ser nosotros es la función principal de Hechizoo, pero proyectado de otra manera”, dice.

Diseños exclusivos

Con estas sensaciones y experiencias se sienta en su computador para diseñar patrones o composiciones que se pueden convertir en cortinas, telas para muebles, cojines, tapices o tapetes, que igual pueden decorar un apartamento en Medellín, una finca en la sabana, la casa de un famoso en Hollywood, un palacio en un país árabe, un castillo en Lisboa o una tienda de Chanel en Doha o la de Dior en Seúl.

Cincuenta artesanos y 25 telares se encargan de hacer palpable lo que se ve en la pantalla o lo que quiere el cliente. Hacen cerca de 20 piezas al mes, en las que priman la perfección, el detalle del acabado manual y la exclusividad, por lo que fácilmente un metro cuadrado puede valer desde 250.000 pesos hasta tres millones.

Esos diseños en los que la trama y la urdimbre se vuelven un sello de Lizarazo, están guardados en un computador bajo llave. Y una copia de esto reposa en un banco en EE. UU. y otra en Colombia. Son obras de arte, su teroso.

NATALIA DÍAZ BROCHET
Editora de EL TIEMPO

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