Ciro Guerra, el colombiano que busca un Óscar

Ciro Guerra, el colombiano que busca un Óscar

El director ya hizo historia con la primera nominación de una cinta colombiana en los premios.

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26 de febrero 2016 , 07:10 a.m.

Que Ciro Guerra no es un hombre de palabras es algo que dirá cualquiera que se le haya acercado fugazmente. Sus respuestas suelen ser tan cortas y concisas que, pese a ser sustanciosas, casi siempre lo hacen pasar por parco, tímido o engreído. Lo suyo son las imágenes y para eso están sus películas 'La sombra del caminante' (2004), 'Los viajes del viento' (2009) y en especial 'El abrazo de la serpiente' (2015), con la cual ha conseguido lo que muchos colombianos creían imposible: obtener una nominación al Óscar en la categoría de mejor película extranjera.

Acostumbrado a recorrer las alfombras rojas de los festivales más importantes del mundo (que no suelen ser los más conocidos por el público), Ciro Guerra no se siente intimidado por la más famosa de ellas y más bien la mira con cabeza fría, seguro de que gracias a ella buena parte del mundo pondrá sus ojos en el cine colombiano y en la Amazonia. Sabe que lo fundamental allí es la visibilidad, a fin de cuentas fue gracias a Hollywood que el mundo conoció la obra completa de Federico Fellini, y no tiene ningún pudor en admitir que la primera vez que lo vio fue cuando recibió su Óscar honorífico. (Lea también: Nilbio Torres, entre dos mundos)

Convencido de que de todo se puede aprender, sus gustos en materia de cine son tan eclécticos que, así como uno se lo encuentra sin falta en cuanta muestra especializada se realiza en el país, así mismo es habitual verlo salir de la función de un éxito de taquilla cualquiera.

No tiene celular, se propuso no necesitarlo y hasta la fecha lo ha conseguido. Del mismo modo, ha logrado permanecer lejos de Facebook, Twitter o cualquiera de las muchas redes sociales.

Padre de dos hijos que tuvo con su compañera Cristina Gallego –quien además es la productora de sus películas–, este hombre de treinta y cuatro años, nacido en Río de Oro (Cesar), cuyo semblante inmutable solo desaparece cuando se trata de bailar salsa hasta que la pista quede vacía, habló con BOCAS en la comodidad de su casa, libre de la presión que implica ser el director de cine más asediado del país en la actualidad.

¿De dónde nace el interés por contar una historia rodada nada menos que en el Amazonas?

En principio quería hablar del holocausto cauchero porque me parece un hecho histórico poco difundido, pero al entrar en contacto con las comunidades me di cuenta de que no quería victimizarlas, sino mostrar el conocimiento que ellas tienen y que se ha ido perdiendo. Ahí la película empezó a encontrar su camino y vi que todo se relacionaba con estas historias de los exploradores que te muestran el Amazonas como una aventura mítica, que siempre me ha resultado fascinante.

La película presenta este saber como algo bastante místico, pero se basa en los diarios del alemán Theodor Koch-Grünberg y el norteamericano Richard Evans Schultes. ¿Qué tanto de mística había en sus escritos?

Muy poco. Los diarios son escritos por hombres muy racionales que ven el mundo en un contexto científico. Lo que me interesó al leerlos fue lo que no estaba escrito, pero que uno intuía y era ese conflicto entre lo racional y lo que ellos no podían explicar. El mundo de Koch es el de la Revolución Industrial, y el de Schultes, el de mitad del siglo XX, así que juntos crean ese arco de transformación de la humanidad en el que pasamos de ver la naturaleza como un enemigo al que hay que aniquilar junto con las comunidades, a entender que podemos mirarnos de igual a igual. Cuando Koch planteó eso fue revolucionario.

Pese a ser colombiano, usted inicialmente es igual a esos exploradores, es un extranjero frente a las comunidades. ¿Cómo logró acercarse a ellas?

La puerta fue Ignacio Prieto quien protagonizó mi primera película, La sombra del caminante, pero además es antropólogo y ha trabajado con muchas comunidades en el Vaupés. Por medio de él pude hablar con chamanes y hombres de conocimiento que apenas me veían me confrontaban con mis motivaciones. Ellos son muy sensibles y si uno no tiene claras las verdaderas razones por las que quiere hacer algo se van a dar cuenta.

¿Estuvo en riesgo de ser rechazado?

No, porque yo llegué con ganas de aprender y compartir lo aprendido a través de la película, que es para lo que hago cine. Ellos vieron eso y me dejaron entrar.

Siendo sus protagonistas personajes tan racionales, ¿cómo se le ocurrió que el hilo conductor de la historia fueran los sueños?

En muchas comunidades lo primero que hacen al levantarse es contar lo que soñaron, porque ven los sueños como algo tan real como la vigilia, que al ser incomprensible puede ser entendida con la guía de las plantas. A esto se sumó el hecho verídico de que Schultes no podía soñar y ahí conecté esa imposibilidad con el hecho de ser demasiado racional y la confrontación que eso implicaba para ellos porque les hablaba de los límites de su conocimiento. Los indígenas manejan conceptos similares al átomo mucho antes de la teoría atómica, o ideas de física cuántica y eso es muy difícil de aceptar para los hombres de ciencia.

¿Ha cambiado en algo su percepción de la realidad al entrar en contacto con ese conocimiento?

Esta película existe por circunstancias que yo no comprendo del todo. Es algo que me cuesta poner en palabras porque he sentido cosas que están más allá del entendimiento. Hubo momentos en que yo no estaba dirigiendo, momentos que quedaron maravillosos a pesar de que la dirección no estaba clara. Yo sentía que cierta energía se había puesto en marcha y que yo estaba tratando de pilotear, pero sabiendo que algo me llevaba. Entonces simplemente dejé que las cosas pasaran y aprendí a soltar el control, a aceptar que la vida tiene lógicas que trascienden lo que uno pueda racionalizar.

¿Diría que la selva se puso de su lado?

Sí. La película se hizo sola en muchos aspectos, con ayuda de la naturaleza. Si no hubiera sido así, habría sido un rodaje imposible estilo Apocalipsis Now, donde uno ve la lucha entre el equipo y la selva que se puso contra ellos. Si a nosotros nos pasaba algo así nos tocaba cancelar la película porque la producción no tenía recursos para resistirlo.

Dicho así, el proceso parece sembrado de revelaciones. ¿Tuvo epifanías?

Muchas. Fue abrumador y todavía lo sigue siendo. Conseguir la financiación resultó tan duro que si no hubiera sido porque el proceso creativo fue muy rico no habría podido seguir. Una gran epifanía fue encontrar a don Antonio, porque ese casting era imaginar a alguien que no sabíamos si existía y si no existía la película no se hacía. Necesitábamos un anciano indígena capaz de actuar, con un conocimiento del mundo occidental que le permitiera trabajar con nosotros, y además con todo el conocimiento del mundo indígena. Hablé con muchísimos abuelos, chamanes y sabedores antes de llegar a él.

¿Él llegó a ustedes?

Apareció cuando me senté a ver todo el material que se ha rodado en la Amazonia en los últimos treinta años en un cortometraje del Ministerio de Cultura. Hacía una aparición muy corta pero potente. Con el nombre que estaba en la ficha técnica lo busqué tocando puertas. Cuando él me abrió y vi esos ojos azules, entendí que la película se tenía que hacer porque había aparecido el personaje. Nadie más en el mundo lo podía hacer. Esa noche Cristina soñó con él y a mitad de la noche se levantó y dijo: “Es él”.

¿Usted también tuvo sueños?

En general tuve sueños muy ricos, muy creativos; no son sueños que se puedan filmar. Tuve uno en particular que no sé bien cómo explicar. Vi cómo sería la película si hubiera sido creada por la tierra. Como si fuera una planta, una semilla o un óvulo fecundado. No te podría explicar. Me sentí muy en contacto con una parte creativa que está completamente fuera de la racionalidad.

¿Cómo llegaron a Nilbio, el protagonista de la película?

En la comunidad indígena de Santa Marta, muy cerca de Mitú, hicimos el casting, pero él no había querido hacerse la foto. La familia le insistió tanto que dijo: “Si me la tomo, yo voy a ser el protagonista de la película”. Y cuando vimos su foto, ahí estaba Nilbio, como si un guerrero chamán de la antigüedad hubiera vuelto a la vida. No vi a nadie más que tuviera esa presencia tan imponente. Me recordó a Toshiro Mifune, el actor de las películas de Kurosawa.

Evidentemente esta experiencia lo ha marcado más allá de la nominación al Óscar. ¿Cuál es el aprendizaje de todo esto?

Creo que ha sido la liviandad. Perdí un montón de peso emocional, intelectual y espiritual. Aprendí a ver la vida como ellos, de una manera muy transparente, ser como el agua y aprender la futilidad de las preocupaciones. He ganado muchísima tranquilidad, una aceptación del misterio del mundo, asumiendo que uno hace parte de ese misterio. Pero son cosas que es difícil poner en palabras y lo hago porque tú me lo preguntas y me pones a reflexionar. Pero no es algo que uno piense y diga. Es algo que simplemente es.

CAROL ANN FIGUEROA
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 49 - FEBRERO 2016

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