Conejo, ultimátum y Obama

Conejo, ultimátum y Obama

Ojo con una fecha fatídica, que puede poner en riesgo cuatro años de fructíferos esfuerzos.

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25 de febrero 2016 , 05:37 p.m.

Hay dos maneras de echar por la borda las únicas negociaciones que han fructificado con las Farc en 34 años.

Una es si en la refrendación popular llega a ganar el ‘no’. Improbable, dada la alineación de fuerzas: plebiscito (si sobrevive en la mesa) 'light'; recién creada coalición-aplanadora en el Congreso a favor de la paz; manifestación del 2 de abril en la que el uribismo ha casado la arriesgada apuesta de dejarse contar en la calle contra la paz.

La otra manera –esta sí peligrosa– son las fechas fatídicas y las ‘líneas rojas’, de las cuales, una vez trazadas en público, es muy difícil desmontarse, aun si los vaivenes de la negociación lo demandan.

Sobre todo cuando se aproxima el final, como es evidente en La Habana. Pues no hay final sin crisis y sobresaltos, que pueden hacer aún más duro cumplir con la ya improbable fecha del 23 de marzo.

Para la muestra, Conejo.

Todo indica que, garantes de por medio, la cosa se resolvió: ‘Márquez’ y compañía vuelven a La Habana y la mesa intentará dejar el episodio atrás y poner reglas de juego para seguir adelante. Sin embargo, la principal lección de este incidente es que, pese a llevar cuatro años hablando, el Gobierno y las Farc no han logrado construir una confianza sólida.

Un gran avance de confianza es que ambos hayan acordado que los comandantes viajaran a poner a la guerrillerada al tanto de para dónde van las Farc sin armas y contestar sus dudas y reparos, probablemente tan múltiples y sensibles como los del resto del país sobre el proceso.

Un gran retroceso en la confianza –más allá de si había o no protocolos escritos o acuerdos verbales sobre si se podía hablar con la población o exhibir fusiles– es lo que pasó en La Guajira. Al desplegarlas en la plaza pública, ‘Iván Márquez’ y sus acompañantes, tan acostumbrados a las armas como la sociedad a temerlas, además de mostrar que quieren hacer política de buses, tarima y almuerzo, dieron munición explosiva a los que les gustaría ver el proceso en átomos volando, reforzaron la falta de fe en mucha gente y pusieron al Gobierno en el paredón de los opositores.

Para apagar el fuego, el Presidente le echó la leña de un ultimátum con cuatro inamovibles: ¡en 26 días! deben estar acordados refrendación (sin constituyente); cese bilateral y dejación de armas (sin proselitismo armado); zonas de ubicación (pocas y sin población); y el sistema de elección de los magistrados del Tribunal de Paz (sin ‘recomendados’ de las Farc).

Un plazo perentorio y cuatro ‘noes’. Si así se supone que se llegará felizmente al 23 de marzo, ¿qué tal que las Farc pongan otras tantas líneas rojas? ¿Que digan, por ejemplo, que no hay firma sin desmonte del paramilitarismo y certeza de que no los van a matar –lo cual en esta Colombia llena de mal llamadas bacrim es tan altamente probable como difícil de prevenir–?

En lugar de acelerar un acuerdo al que aún le faltan no solo las cuatro piezas que mencionó el Presidente, sino muchas otras, insistir en una fecha que está a menos de cuatro semanas puede devolverse como un fatal bumerán, entre los vítores de quienes esperan que el proceso se hunda.


* * * *

Para completar, Obama llega a Cuba justo el 21 y 22 de marzo. ¿No habrá acuerdo final, pero sí un anuncio rimbombante, que dé la sensación de que todo está listo y compre algo de tiempo, como por ejemplo el modelo de cese bilateral de hostilidades, ubicación y dejación de armas? ¿Se le mediría el gringo a una ceremonia incompleta con un grupo que su gobierno sigue considerando terrorista? ¿O, como el Papa, pasaría de agache hasta que el trato no esté finiquitado? De este tenor son las especulaciones.

Que solo añaden más tensión a un final que ya se ve, pero que, muy probablemente, no tendrá lugar el 23 de marzo.


Álvaro Sierra Restrepo

cortapalo@gmail.com
@cortapalo

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