La historia del esqueleto de Tacueyó (Cauca)

La historia del esqueleto de Tacueyó (Cauca)

Los estudiantes de un colegio del lugar emplean una osamenta real para las clases de anatomía.

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25 de febrero 2016 , 12:15 a.m.

A algunos niños les da miedo entrar al laboratorio del colegio. Les asusta el esqueleto que cuelga del techo como un ahorcado. Saben que es auténtico, huesos de un muerto verdadero, nada de plástico. De ahí el temor a mirarlo y soñar con él por la noche, con esa boca abierta que parece emitir un grito sordo, desesperado.

Lo único que intuyen sobre su identidad en la Institución Educativa agropecuaria indígena Quintín Lame de Tacueyó, corregimiento de Toribío, en el norte del Cauca, es que pertenece a una mujer. “Por el tamaño pequeño y algunos huesos”, elucubra un profesor. “Eso dicen aquí”.

Hay certeza de la causa del fallecimiento: asesinato. Lo hallaron en el área montañosa donde solo actuaba el ‘Comando Ricardo Franco’, cuando buscaban víctimas. Pudo ser a golpes o a machetazos, en esa organización guerrillera no querían gastar munición en un simple ser que había perdido la condición de humano para convertirse en “sapo” (soplón). Seguro que estaría encadenada, el cuerpo dolorido y exhausto por las torturas brutales, llorando en silencio y aguardando el turno de una muerte que muy pocos esquivaron.

Podría tratarse de María, que tenía entonces 16 años. Su madre aún confía en que aparezca lo que quede de ella para enterrarla. Era una chica de casa, responsable, le gustaba el colegio aunque no lo disfrutaba tanto como quisiera. Se sentía angustiada por las estrecheces de un hogar sumido en la pobreza.

Estudiaba en un colegio pequeño, el ‘Simón Bolívar’, en el barrio Normandía de Bogotá, y en 1985 llegó un profesor de educación física que solía sacar a los alumnos a hacer ejercicio a la calle, a un espacio verde. No lo hacía tanto por enseñarles gimnasia como para hablarles en el espacio abierto, sin testigos, contagiarles sus ansias revolucionarias y enlistarlos en el ‘Ricardo Franco’. Se trataba de un grupo criminal, disidencia de las Farc y aliado del M-19, que había fijado su base de operaciones en las elevadas montañas que rodean Tacueyó.

Un día cualquiera de 1985, María regresó del colegio. Nadie en su hogar advirtió un signo inusual en su comportamiento. Se acostó sobre las diez de la noche y, como de costumbre, despertó más temprano que nadie para ir al colegio. Salió y jamás volvió.

Los suyos conocerían más tarde que más que la revolución, lo que le atrajo fue la oferta de 500.000 pesos de paga (unos 130 euros), una cantidad que mejoraría la precaria situación económica de la familia. Y ni siquiera era cierto, los que ingresaban no cobraban un peso ni podían volver con sus familias si se arrepentían.

“Los mirábamos pasar por el pueblo, encadenados. Yo era pequeño”, le dice a este diario el propietario de un pequeño almacén. “Los subían a aquél filo”, y señala con la mano una cima lejana. “O los metían en el monte, bien adentro. Eran muchachos jóvenes y venían de otros lugares”. Del colegio de María se fueron varios adolescentes. “De Tacueyó también ingresaron bastantes. Solo unos pocos lograron escapar”.

Entre los fugados hay un labriego que sigue viviendo en la zona. En aquél entonces vio la oportunidad de rodar por una ladera cuando le conducían encadenado a su cadalso. “Había matado él mismo a unos quince compañeros y se dio cuenta de que a él también lo matarían”, cuenta un amigo del sobreviviente. Durante 48 horas soportó una intensa cacería, le pisaron los talones. Apareció en Tacueyó dos semanas más tarde, con una herida de bala.

Él cuenta que agarraban a un grupo, los tenían unos días encadenados y los mataban a garrote o a machete porque los jefes decían que no podían gastar munición”, sigue su relato.

Los últimos en morir de cada tanda eran testigos de la muerte espantosa que les esperaba. Y antes de convertirse en víctimas, cuando aún eran verdugos, arrojaban los cadáveres de sus compañeros a fosas que todos cavaban creyendo que hacían trincheras para defenderse del Ejército. En ocasiones descuartizaban los cuerpos para que cupieran más. Otros quedaban a la intemperie para pasto de buitres y animales silvestres.

Los acusaban de ser infiltrados del Ejército y sus mismos compañeros, convencidos de que era verdad, que eran sapos, los mataban sin problema. A esos, después, los mataban otros. Eso nos contaba mi padre, que ya murió”, asegura un vecino de Tacueyó.

Solían torturarlos antes de ultimarlos para que confesaran. Demolidos por las salvajadas que les hacían, admitían ser los espías que nunca fueron.

“Algunos del pueblo subían al monte a buscar a sus hijos para traerlos al pueblo y sepultarlos. Pero estaban muy descompuestos y no había cómo trasladarlos o no los encontraron. En el cementerio solo hay cinco sepultados”, indica una mujer que siendo niña veía pasar a los jóvenes encadenados. “Una vez trajeron un esqueleto que estaba completo. Lo llevaron al colegio para que los alumnos aprendan el cuerpo humano y está todavía”.

La cifra oficial habla de 163 asesinados en purgas internas ordenadas por Javier Delgado y Hernando Pizarro, los jefes de la ‘Ricardo Franco’. Pero en Tacueyó creen que se queda corta. “Fueron muchos más, eso era todo el tiempo”, admite un campesino.

Delgado fue detenido en 1994, cuando su grupo llevaba años desmantelado. Le asesinaron las Farc en su celda, en el 2002. Pizarro murió a tiros en 1995 en Bogotá, estando libre, a manos de desconocidos.

El año pasado unos soldados que patrullaban las montañas cercanas a Tacueyó, dieron con restos de diecinueve personas. La Fiscalía Nacional concluyó que se trata de víctimas del 'Ricardo Franco' y desde entonces intenta identificarlos.

Un día le llegará el turno al esqueleto del colegio, que lleva tres décadas asustando a unos cuantos niños y enseñando a los demás.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA*

*Este artículo fue publicado por la periodista en El Mundo, de España.

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