Reinventar la política para la paz

Reinventar la política para la paz

La paz exigirá quebrar el matrimonio entre política y dinero; perverso mercado de pesos y votos.

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24 de febrero 2016 , 07:20 p.m.

La política ha caído en desgracia. Es un concepto peyorativo, desgastado y el ejercicio de la política muchas veces simboliza lo peor de la condición humana. Sin embargo, no puede haber democracia sin política, ni habrá justicia sin buena política.

El momento de transición que vive el país entre la guerra y la paz invita a reflexionar en serio sobre estos dos temas: justicia y política son dos realidades inseparables, pero hay que impedir que la mala política afecte la justicia. El país sabe que cuando la mala política se mete en el terreno de la justicia se agudiza esa dolorosa etapa de decepción, descontento, desinterés y desprecio de los ciudadanos por la política y los políticos. Y esos sentimientos, cada día más apasionados, se han venido endosando progresivamente a la justicia y los jueces.

A la justicia la degrada la política menor, pedestre, con p minúscula. Pero el derecho no puede ser asexuado desde el ángulo de la Política, con P mayúscula. Decía Guillermo Hoyos que el derecho se genera en la política. Y no debería ser un motivo de vergüenza para quienes la ejercen. La política asociada al derecho produce legalidad; la política con ética, legitimidad. La política con armas es la antítesis del derecho y de la ética.

Es hora de preguntarse cuál es esa política que surgirá en el posconflicto. ¿La misma de siempre? Porque cuando se firmen los acuerdos se correrá el velo que ha impedido que el país apunte a la solución de las graves carencias de nuestro sistema político. En paz, un Estado débil y centralizado debe transformarse en un Estado con una institucionalidad política robusta, que derrote la politiquería, fortalezca la democracia, reinvente la participación ciudadana, permita el surgimiento de nuevos liderazgos, se vuelque sobre los territorios y devuelva la fe a los colombianos en la justicia.

Vencer la corrupción, pública y privada, será tarea prioritaria en la agenda que debe surgir para el posconflicto. La gente quiere hechos, no discursos; sentencias, no señalamientos inocuos. Aquí hay proliferación de normas de probidad, transparencia y rendición de cuentas, pero seguimos anclados en lugares destacados de los corruptómetros.

Hace tiempo se corrió la frontera ética y ser corrupto paga en muchos sectores, cuando la aceptación social de algunos comportamientos es, paradójicamente, expresión del desprecio hacia quienes trabajan en el fangoso terreno de lo político.

La crisis que vive el país padece de una especie de moratoria ética. La probidad escasea y la politiquería respira sin problema. La ausencia de una cultura de integridad es alarmante. Es una consecuencia del déficit de cultura democrática y del saldo en rojo en materia de valores democráticos. Ha habido poca prevención y un énfasis excesivo en el derecho penal, pero el aparato de justicia se paraliza en la lucha contra la corrupción.

El ejercicio de la política no puede continuar siendo una empresa con ánimo de lucro. Entre más corroída esté la política, más campo habrá para las patologías que afectan la justicia y el funcionamiento del Estado. La paz exigirá quebrar el matrimonio entre la política y el dinero; ese perverso mercado bursátil de pesos y votos, que tiene un poder contaminante demoledor.

Sin buena política no hay buenas políticas. Un gran paso será reinventar la política, para que nunca más ejercerla sea sinónimo de deshonra. Colombia dará un gran salto cualitativo cuando los políticos ganen, de nuevo, el derecho a optar al título de honorables. Una nueva generación de políticos tendrá que demostrar que la decencia y la política son compatibles. Que se pueda hacer política con éxito sin ensuciarse las manos.


Fernando Carrillo Flórez

* Exministro de Justicia e Interior

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