Sin armas

Sin armas

Una paz armada podría traer más sangre y dolor que la inercia de la confrontación previa a La Habana

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24 de febrero 2016 , 07:11 p.m.

La desafortunada actuación de las Farc en el corregimiento de Conejo no debe ser un obstáculo para continuar con el proceso. Si bien fue un acto desleal, que afecta la imagen del Gobierno y aumenta la desconfianza hacia las Farc, no es un motivo suficiente para pararse de la mesa. Ojalá tampoco sea motivo suficiente para provocar una crisis que postergue, aún más, la firma de un acuerdo definitivo.

Pero el episodio sí es contundente en un aspecto. Demostró que una de las líneas rojas de la negociación es que bajo ningún pretexto las Farc pueden comenzar a hacer proselitismo político sin antes haber abandonado las armas. En consecuencia, debe quedar descartada cualquier propuesta en el sentido de que los desmovilizados puedan conformar un cuerpo armado que garantice su propia seguridad o, peor aún, algún tipo de policía rural.

Puede, incluso, aceptarse que las Farc no entreguen las armas, sino que queden al cuidado de un tercero. Pero la dejación tiene que ser efectiva. De lo contrario, es preferible que el Gobierno se abstenga de firmar. No es un capricho. Cualquier concesión en ese punto sentará las bases para una nueva ola de autoritarismo y violencia en las regiones colombianas cuyas principales víctimas serán los propios desmovilizados.

Basta ver las imágenes del acto proselitista de las Farc en La Guajira para darse cuenta de que sería imposible hacer política democrática en esas condiciones. La sola existencia de líderes, candidatos y funcionarios públicos de un movimiento político respaldados por activistas con fusil en mano es una transgresión inaceptable a la democracia.

Es muy probable que la gente en las regiones perdone la larga lista de atrocidades pasadas de las Farc. Lo que de seguro no va a tolerar es que con armas, ahora legales, cometan nuevos atropellos. ¿Qué pasará luego de la primera amenaza? La experiencia reciente es la del uso de la violencia en las regiones para amedrentar a los contradictores políticos, con la consiguiente reacción armada que desencadena una espiral de nuevos y peores abusos. Que las Farc conserven las armas es la fórmula perfecta para repetir esa experiencia.

Hizo bien Santos en plantear el desarme como una línea roja en el proceso. Una paz armada podría traer más sangre y dolor que la inercia de la confrontación previa a La Habana. Santos está obligado a mantenerse inamovible en este punto, así le cueste el proceso mismo.


Gustavo Duncan

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