Ríe si sabes

Ríe si sabes

Umberto Eco hizo del conocimiento una fiesta. Con su muerte se pierde también el tesoro del humor.

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24 de febrero 2016 , 05:39 p.m.

Parece que esta vez sí se murió Umberto Eco, el gran maestro. Ya lo habían matado antes en las redes sociales, hace tiempo, y él mismo salió a dudar de la noticia con todo el escepticismo del que era capaz. Dicen que dijo: “Quizás sí es verdad que me haya muerto, más vale hacerlo ya en un mundo así; igual no me gustaría precipitarme, no me aventuro a confirmar nada...”. Una frase tan incierta como el rumor que la inspiraba.

Eso fue en el 2013, aunque entonces su falsa muerte –no como esta de ahora, ay– fue el episodio final de una serie de equívocos que parecían todos escritos o planeados por el propio Eco, o que al menos debieron de arrancarle una sonrisa o una o varias reflexiones demoledoras sobre lo absurdo que es el mundo, sobre cómo al final esto no es sino eso, un sainete y una confusión y un delirio. Casi una novela suya, casi.

Porque primero salió un trino suyo en Twitter anunciándole al mundo que se acababa de morir en Nueva York el escritor Dan Brown. “No tengo palabras...”, decía el falso Umberto Eco, pues el verdadero no solo no tuvo Twitter jamás ni ponía sus pies ahí (aquí), sino que hasta llegó a decir un día que uno de los problemas fundamentales de las redes sociales es que le han dado el derecho de palabra a “una legión de imbéciles...”.

Pero en fin, y volviendo al cuento: el falso Eco mató a Dan Brown, quien en vez de escribir un libro sobre el tema apenas se limitó a rechazar con una sonrisa el rumor de su trágico y prematuro final. A los pocos días otra cuenta adulterada de Twitter, esta vez la de la editorial Bompiani, dio entonces una noticia dolorosa y mentirosa que se esparció como fuego sobre un reguero de pólvora: Umberto Eco se acababa de morir en Turín, ay.

Al final nada pasó a mayores y nadie se murió; al menos no se murieron Umberto Eco ni Dan Brown, no entonces, no así. Pero desde ese día Eco redobló sus objeciones y sus críticas a un mundo, el nuestro, el de hoy, el de esta pantalla feroz que es el mar pero también es un abismo, como el mar, un mundo en el que hay quizás demasiada información y muy poco conocimiento. Demasiadas palabras y muy poca lucidez.

O al menos eso decía él, que sin embargo no es que fuera un ogro anticuado y ajeno a la tecnología. Al contrario: disfrutaba como nadie de internet y sus prodigios, con la certeza de que no hay quizás un invento humano que permita consumar mejor el sueño enciclopédico y hermoso e imposible de abarcar todos los conocimientos y todas las cosas y tenerlos casi en el mismo lugar, en este abismo y este mar.

Solo que con internet se necesita más que nunca de la sabiduría y de la sensatez, del conocimiento que le da sentido a tanta información. Esa es una de las mayores desgracias de la muerte de Umberto Eco: que esta vez ya no esté él para desmentirla; que nos perdamos de su próxima columna en la que solo él, con ironía, iba a decir sobre sí mismo, como lo hacía sobre todo lo demás, algo distinto, algo brillante, algo original.

Con Umberto Eco se muere uno de los últimos voceros de esa especie en vías de extinción: la del sabio universal cuya curiosidad no conoce límites. Quedan quizás Steiner y Magris, Grafton, Mangel. Solo que en su caso se pierde también el tesoro del humor: la valentía de un profesor que hizo del conocimiento una fiesta, una dicha, castigando con su ejemplo la vanidad de quienes volvieron la academia un desierto insignificante y solemne.

“Ride si sapis”, decía Marcial en un epigrama: ríe si sabes, ríe si puedes. Pero también ríe si eres sabio. Porque no hay mejor prueba de la sabiduría que la risa y la felicidad.

Gracias por eso, professore.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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