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Inseminación y racismo, temas del nuevo libro de Patricia Lara

Inseminación y racismo, temas del nuevo libro de Patricia Lara

'El rastro de tu padre', la obra analiza temas coyunturales y polémicos de la sociedad actual.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
23 de febrero 2016 , 11:14 p. m.

¿Qué lleva a una mujer de hoy a inseminarse en un banco de semen y dejar a un hijo sin la oportunidad de conocer un padre? ¿Se trata de un acto de libertad frente a una sociedad machista o quizás de egoísmo?

Son algunas de las incógnitas que explora la periodista y novelista bogotana Patricia Lara Salive en su nueva novela, El rastro de tu padre, que presenta hoy en Bogotá (ver recuadro).

Lara cuenta la historia de Estrella de la Espriella, una hermosa joven negra de ojos verdes, quien decide irse a estudiar a Nueva York, aunque en realidad intenta reencontrarse con sus raíces. Fue en esa ciudad donde su madre, Verónica, una exdiplomática colombiana retirada, decidió inseminarse en un banco de semen, cuando su reloj biológico le advertía el tiempo límite para ser madre.

En su afán por saber quién fue su padre, Estrella emprende un duro camino hacia una verdad dolorosa pero liberadora, sobre su pasado.

Y detrás de Estrella también salió Lara, con su libreta y su bolígrafo en mano, para internarse en las entrañas de la Gran Manzana, donde escribió la novela. Una ciudad que le es familiar desde su época de universitaria.

“Recorrí las calles por donde anduvo Estrella, estuve en los cafés que frecuentaba, palpé el ambiente de la ciudad, consulté un banco de semen con la disculpa de que mi hermana quería inseminarse y yo estaba averiguándole opciones y procedimientos y, finalmente, a través de un actor negro, conocí esa dolorosa exclusión que padecen los negros y esa rabia contenida que llevan adentro”, anota la autora, cuya historia también se mete con la discriminación racial.

¿Cuál es la génesis de la novela?

Fue en la primavera del 80, cuando terminaba el master de periodismo en la Universidad de Columbia en Nueva York, que leí en The New York Times una noticia que me rondó en la cabeza desde entonces: ¡iban a crear un banco de semen de premios Nobel! Entonces yo era una periodista divorciada, de 29 años, con un único hijo de 8, que andaba conmigo de país en país; y soñaba con sentarme ante una mesa de comedor con ocho hijos y, si podía, con un marido que sirviera para papá y para marido, lo cual es difícil de conseguir en este país de caballeros que a las mujeres las prefieren brutas, como diría Isabella Santo Domingo. Por consiguiente, la idea de levantarme un semen de premio Nobel no me parecía descabellada. Después regresé a Colombia, me casé por segunda vez y, cuando tenía 38 y 40 años, tuve dos hijos más… De modo que el calendario me obligó a conformarme con 3 no más.

Es curioso que la protagonista escoge inseminarse con semen de un árabe...

No es curioso. Verónica (la protagonista), desde cuando era universitaria, estaba obsesionada con lo que ella creía que era el amor de Malik, un profesor de contabilidad, barranquillero de origen árabe, casado, idealizado por ella, pero en el fondo mediocre y deshonesto, quien, como la mayoría, le ponía los cachos a su mujer solo para darse el gustico, y después volvía a su casa cual angelito, para luego engatusar a otra de tetas más firmes o culo más redondito. Verónica no pudo, o no quiso, recuperarse de esa tusa. Entonces decidió que si llegaba a los 35 años, sin consolidar una relación con Malik, se haría la inseminación artificial porque soñaba con tener una hija. Y, así, pidió en el banco de semen que la inseminaran con esperma de árabe. Pero la niña nació negra, con los ojos verdes de Verónica. Eso es lo curioso…

¿Y por qué negra?

¡Porque me encantan los negros: su ritmo, su música, su forma de bailar! Cuando era adolescente, tenía fantasías inconfesables con Harry Belafonte. Y me fascina Obama. ¿Has visto cómo baila, cómo lleva el ritmo? ¡Me moriría por bailar un calipso con él! No por ser el Presidente de EE. UU., sino por su ritmo. Ese podría ser mi último deseo: bailar con Obama ese calipso de Harry Belafonte que dice: “Come back Liza, come back girl”. Sin embargo, hay una razón mucho más de fondo para que Estrella sea negra: quería protestar contra ese racismo nuestro; quería gritar contra la discriminación que hacemos de los negros en la escuela, en los hogares, en la calle, en los establecimientos públicos. Durante un panel en el pasado Festival de Música de Cartagena con Bruce Mac Master y dos profesores de la Universidad de Harvard, moderado por la ministra de Cultura de Uribe, Paula Moreno, ella habló de la necesidad de profundizar la inclusión en nuestra sociedad. Entonces contó cómo en Cartagena, por ser negra, en algún restaurante le estamparon la puerta en las narices para impedir que entrara; y en un ascensor del hotel Santa Clara un huésped le preguntó si ella era masajista; y reveló que a los negros no les gusta ir al Centro Histórico de Cartagena porque no se sienten bienvenidos. Hace poco escribí para El País de Cali una columna titulada ‘Racismo en casa’. Al leerla, mi amigo Antonio Urdinola me escribió: “Las ciudades con gran porcentaje negro como Cali y Cartagena practican una clara discriminación zonal. Los negros solo son aceptados en las zonas blancas como criados o policías...”. Y seguimos creyendo que no somos racistas. Es que el privilegio enceguece, me decía alguien.

La protagonista sufre un conflicto con su hija, cuando ella la cuestiona por la falta de un padre. ¿Ahí está implícito el tema de la mujer moderna que siente que ya no necesita de un hombre para ser madre?

No solo de la mujer moderna. Como en general los hombres no se ocupan de sus hijos (de hecho la tercera parte o más los abandonan), y muchos de los “buenos” no los acompañan a crecer, entonces las mamás, quienes en su mayoría ahora somos las principales proveedoras del hogar, nos vemos forzadas a cumplir la difícil tarea de ser papá y mamá al mismo tiempo, y acabamos creyendo que los hijos son nuestros no más. Y resulta que los hijos necesitan un padre, alguien que les sirva de faro y que, con amor, tenga la firmeza para fijarles límites no negociables. Y las hijas necesitan un papá, una especie de primer amor, que sea incondicional y que les permita después organizarse en pareja con un hombre que no las maltrate y las haga felices.

¿No cree que esta actitud de inseminarse y tener un hijo sin padre es algo egoísta?

¡Claro que lo es! Como egoísta es dejarse embarazar de cualquiera con tal de ser madre, o tener hijos con esos tipos que abandonan a sus mujeres cuando saben que están embarazadas y desaparecen sin reconocerlos ni responder por ellos. Pero, ¿sabes?, peor que tener un hijo sin padre es tener un hijo abandonado por él. Lo uno tiene explicación. Lo otro se convierte en una herida imborrable.

Y con el tema anterior, está presente también a lo largo de la trama la idea del abandono…

No, ese no es un abandono, es una carencia. Abandono es el que sienten los hijos no reconocidos, o los de padres y madres ausente.

El libro también toca el fenómeno del ‘nido vacío’ al que se ve Verónica expuesta cuando Estrella se va a Nueva York. ¿Qué le interesaba de ese aspecto?

Es que cuando menos lo piensas, inexorablemente, como un reloj de arena que no se detiene, te llega ese momento tan doloroso, especialmente para las madres cabeza de familia, que componemos cerca de una tercera parte de los hogares colombianos, en que los hijos se van felices de la casa a emprender su camino. Y así tiene que ser: es la ley de la vida. Pero nadie está preparado para eso, como tampoco lo está para recibir la muerte de los padres. Entonces se produce ese síndrome del nido vacío, tan poco comprendido por los hijos y tan inexplorado literariamente, cuando te encuentras con que esos espacios que te llenaban ellos –que son todos en el caso de las madres cabeza de familia– en un instante se te convierten en vacío. Y ese momento te llega justo cuando te queda poca energía para empezar de nuevo, porque la gran parte de ella la has invertido en tus hijos –te la han chupado ellos–, ya que para ti tú no eras la prioridad: tu prioridad eran tus hijos. Entonces te toca buscar con linterna los guijarros que queden de ti, recogerlos, armarlos, y empezar a caminar de nuevo, sola esta vez, en el momento en que ya un día te duele la espalda, al otro se te sube el azúcar, al siguiente te resfrías con cualquier chiflón, como decía mi abuelita… “Esa es la crisis más grande de una mujer antes de la muerte”, me decía mi sicoanalista sabia y vieja, Inga de Villarreal, una siquiatra holandesa a quien le dediqué esta novela, entre otros.

A través de la trama uno siente una reflexión en torno al amor en sus diferentes facetas: el paternal, el fraternal, el erótico…

Pero te falta el principal: el maternal. La novela se adentra en ese mundo tan complejo de la relación madre-hija. Y también reflexiona sobre para qué son los hijos: ¿son para que satisfagan a la madre, la acompañen y la cuiden en su vejez? ¿O son para que crezcan y se conviertan en seres autónomos capaces de volar lejos, así ello signifique que la madre queda sola? Esa es una pregunta que debemos hacernos todas las mamás.

Además de la falta del padre, usted hace referencia todo el tiempo al dolor de crecer sin hermanos…

Es que esa ha sido mi gran carencia. Yo daría la vida por tener una hermana o dos, o diez.

La estructura de la trama es una gran investigación periodística. ¿Era su intención rendirle homenaje también a este oficio?

No, fíjate que Estrella no es periodista. Se apoya en Sara Yunus, una periodista que protagoniza mi anterior novela, Hilo de sangre azul, y reaparece en esta. Tal vez sea un homenaje a mi papá, que era un investigador incansable, aunque fue empresario. En la Escuela Ricaurte, él fundó un periódico llamado Ideas, con su compañero Alberto Lleras (el expresidente). Y mira esta paradoja: ¿adivina quién era el director? Papá. ¿Y sabes quién era el gerente? Alberto Lleras. Como Antonio Caballero que era nada menos que el jefe de mercadeo de Alternativa.

¿A quiénes cree que tocará más esta novela?

A las mamás, a las hijas, a los tipos casados que les ponen los cuernos a sus mujeres, a las amantes de esos tipos, a los hijos abandonados, a los padres que los abandonan, a los negros, y a los blancos, a ver si por fin nos damos cuenta del dolor que les causamos a los niños negros.

CARLOS RESTREPO
Cultura y Entretenimiento

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