Del Vaticano medieval a la Corte Suprema

Del Vaticano medieval a la Corte Suprema

Hay quienes afirman que se dará una interinidad, a todas luces inconveniente, en este organismo.

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23 de febrero 2016 , 05:18 p.m.

A propósito de los 130 años del Externado de Colombia –gran centro de estudios para la libertad–, recordaba que en mi época un condiscípulo, luego compañero de Juan Gossaín en programa radial de RCN, fue el profesor Germán Bustillo, muy apreciado como gran expositor y auténtico maestro en múltiples temas: obviamente jurídicos, literarios, históricos y un largo etcétera.

En aquella época, él representaba el pensamiento conservador, y en cierta forma de derecha, mientras que la mayoría simpatizábamos con lo que hoy llamaríamos el centroizquierda. Pero discutíamos en abierta camaradería.

Sabedor de su erudición en temas eclesiásticos, lo llamé hace poco para recrear un episodio de la historia vaticana, que tras más de nueve siglos podríamos ensayar en nuestra Corte Suprema de Justicia.

En 1268, muerto el papa Clemente IV en Viterbo (Italia), se inició el proceso sucesorio. Pero tres largos años después, los cardenales no se ponían de acuerdo para elegir nuevo pontífice y la Iglesia estaba en “interinidad”. Como siempre, las intensas discusiones, las celadas, las intrigas, el encontronazo de intereses a menudo non sanctos, impedían la elección.

Frente a semejante drama, quienes podían incidir en el proceso plantearon una ingeniosa fórmula: encerrar a los purpurados en el Palacio Cardenalicio, suministrarles algunas viandas y quitar el techo en pleno invierno para impedirles levantarse mientras no saliera humo blanco.

El intenso frío propio de la estación hizo que los cardenales dejaran de lado tantas intrigas, jugadas y jugarretas, y en pocos días eligieron (en marzo de 1272) a Teobaldo Visconti, quien, llamándose Gregorio X, gobernó a la Iglesia hasta su muerte, en enero de 1276.

Pero ante la urgencia de elegir después de tan largo periodo de dudas, designaron a alguien que ni siquiera era sacerdote y a quien tuvieron que ordenar a la carrera en Roma.

Los magistrados de nuestra Corte Suprema, en cierta medida, ejercen un sacerdocio. Mas debe decirse que lo que el exmagistrado Hernando Yepes Arcila llamara el “regalo envenenado” del Constituyente –es decir, darles toda clase de funciones electorales– los ha distraído de su función principal de administrar justicia, causándoles grave daño ante la opinión pública porque prácticas tales como acaloradas sesiones sin acuerdos, campañas, candidatos, lobby, vetos, votaciones interminables, cuotas en distintos organismos judiciales, han desdibujado su imagen augusta de jueces imparciales y ajenos a tejemanejes políticos. El país sabe, y en cierto modo acepta, que esas prácticas se den en el Congreso, asambleas o concejos, pero no en la Rama Judicial.

Reciente editorial de este diario invitaba a los actuales magistrados, juristas de mérito y gran valía, a despojarse de malas prácticas, y, a la brevedad posible, en armonía y pensando en el país, llenar las vacantes existentes, fenómeno que hoy les impide tomar cruciales decisiones por falta de quórum. Y tienen en sus manos, para marzo, nada menos que la elección de Fiscal General de la Nación.

A quienes desde ya afirman que se dará una interinidad, a todas luces inconveniente, en el organismo que maneja la investigación criminal, y el presupuesto más abultado del poder judicial, argumentando precisamente esa indecisión, cabe anotarles que si ese fenómeno llega a presentarse, se podría hasta pensar en repetir la audaz figura que permitió la citada elección papal: concentrar a los ilustres magistrados en un lugar de frío inclemente (digamos Monserrate, ya que no se puede destechar el Palacio de Justicia) y no permitirles salir hasta que haya humo blanco.

Pero en bien del país, y dada la trayectoria de los togados en cuyas manos expertas está la solución del problema, ¡no creo que sea necesario retrotraer 900 años la rueda de la historia, máximo cuando, sin duda, el Presidente enviará la mejor terna posible!


Alfonso Gómez Méndez

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