Mecánica popular

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Corrupción: el principio y el fin de todos nuestros problemas.

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22 de febrero 2016 , 07:40 p.m.

En las carreteras del país se esconde la policía vial para sorprender infractores. Lo hacen. El verdadero problema no es que haya infracciones, sino lo que pasa cuando alguien es sorprendido. Ojo, que no serán todos los policías de tránsito, pero de diez ocasiones en las que he sido testigo presencial, en seis ha sucedido lo que narro a continuación.

Supongamos que a usted lo detienen cerca de Puerto Araújo, en pleno Magdalena Medio, por haber sobrepasado a otro auto en doble línea amarilla; y que, para rematar, tiene vencido el certificado de gases. El policía que lo detiene (son cuatro, pero los otros están muy atentos en su labor de vigilancia) le enumera las infracciones y el costo de cada una; también le informa que llamará una grúa porque el carro no puede seguir circulando en esas condiciones. Tienen que llevarlo a Cimitarra y solo podrá recuperarlo cuando renueve el certificado de gases. Olvidaba decir que este impasse sucede a las tres de la tarde de un viernes. Así que tendrá que esperar hasta el lunes siguiente para comenzar los trámites y deshacer el entuerto.

Entonces usted, rápidamente, se da cuenta de que no quiere pasar un fin de semana en Cimitarra porque no conoce a nadie allí; que su descanso de cuatro días se ha ido al bote de basura; y que definitivamente está con el agua al cuello y sin salvavidas. Entonces usted sabe que tiene que comenzar a bailar la Guaneña, porque sí, porque no, y lanza su primera sonrisa salvavidas al policía. Pero el agente no solo se limita a mirarlo con mucha seriedad, sino que pone a actuar a sus invitados especiales, con la seguridad del impacto dramático que producen siempre: libreta de infracciones y lapicero. Ante semejante evidencia de que la cosa va en serio, usted le vuelve a sonreír, esta vez con picardía y también saca una frase de su arsenal de invitados especiales (puede que antes no la haya usado, pero sabe por familiares, amigos y conocidos que la frase sirve en casi todos los casos).

–Cómo podemos arreglar –aquí es necesario hacer cara de desespero mezclada con mueca de picardía. Puede terminar la frase con “No sabe lo mucho que me perjudica”, pero no es aconsejable decir algo así porque cada adverbio de cantidad que utilice será multiplicado por mil, diez mil o cien mil, según el caso.

El agente suelta un poco de aire y sonríe con mucha timidez, tan rápidamente que resulta imperceptible. Luego enumera de nuevo todo: la multa, la grúa y otros costos –a esas alturas ya le suma alojamiento y comida para tres días–, y la cantidad de tiempo que le tomará recuperar su carro. En ese momento, usted tiene que menospreciar esas sumas y restas con un gesto; y después, decir con total seguridad la cifra que tiene en mente. A secas.

–Tengo cincuenta mil.

Lo que sigue es un asunto de mecánica popular. Que trescientos, que doscientos cincuenta, que treinta, que somos cuatro. Y todo resulta resolviéndose con cien mil pesos en media hora.

Aunque nos resulte divertido, eso se llama corrupción. Existe. Doy fe de ello, he sido testigo presencial. La corrupción es un hecho no solo en organismos de vigilancia y control sino en muchas dependencias del Estado. Así como hay para la gaseosa de unos agentes en la carretera, habrá coimas para adjudicar contratos, otorgar licencias, esquivar responsabilidades. Miles y miles de millones que se roban todos los años. No ha habido quién le ponga punto final a ese problema. Sentencian a diez años de oscuros calabozos a un miserable por robarse un pollo frito; pero a políticos o funcionarios corruptos y ladrones les dan máximo siete años de casa o batallón por cárcel.

Corrupción: el principio y el fin de todos nuestros problemas.


Cristian Valencia

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