Editorial: El futuro de la Policía

Editorial: El futuro de la Policía

El reto es identificar causas estructurales que han afectado la imagen de una institución.

20 de febrero 2016 , 08:29 p.m.

Tras la intensa tormenta vivida en los últimos días, hoy se puede decir con certeza que hay más de un aspecto en la Policía que no marcha como debería. La revelación esta semana de un video, que lejos del contexto de la investigación a la que pertenece aporta más sombras que luces, cobró la cabeza de su director, el general Rodolfo Palomino, aun cuando falta que la Procuraduría se pronuncie de fondo sobre el asunto.

Lo que sí prueba su salida es que en el debate público, así como en el ambiente político, esta institución transita por arenas movedizas y sendas nubladas. Algo que visto a la luz de sus resultados positivos en la lucha contra el homicidio –donde año tras año se ha venido registrando una considerable disminución, o la extorsión, con departamentos críticos en los que esta ha caído hasta en un 80 por ciento– constituye una paradoja.

Paradójico o no, es una realidad que existen, y sería necio negarlo, señales preocupantes en otros campos, indicios que apuntan a problemas estructurales sin resolver y que han impactado negativamente el ambiente interno con repercusión en mayor o menor medida en la relación entre sus integrantes y la gente. Hay razones para creer que está en curso un incipiente proceso de deterioro de la confianza de la ciudadanía, algo muy grave que exige diagnósticos, claro, pero, sobre todo, decisiones que apunten a la raíz de los problemas.

Por ejemplo: las dificultades de orden presupuestal para garantizar a todos los miembros de la institución los ascensos para los cuales han reunido ya los requisitos, demoras que en ocasiones han causado un malestar que puede calificarse de comprensible. Es el mismo que en otros casos se ha puesto de manifiesto de maneras que son reprochables. Ponerse al día en este terreno debe estar entre las prioridades fiscales del Ejecutivo.

Es un hecho también que el grado de unidad en la cúpula está bastante lejos del que se espera para una institución en cuya esencia está el ser monolítica. Y aunque la deliberación, la diversidad y el disenso en sus esferas más altas pueden ser factores positivos, siempre y cuando se mantengan dentro del marco del respeto a la jerarquía, es claro que no es ni sano ni aceptable que existan facciones. Quienes salgan de la Policía luego de ocupar sus más altas posiciones deben saber mantener prudente distancia.

Es necesario también revisar qué está pasando con la disciplina en otros niveles. Luego de constatar hechos y manifestaciones de inconformidad que han circulado y que hace unos años eran impensables, se juntan razones suficientes para prender alertas.

Y aquí este ítem se une con otro: el sombrío asunto del llamado ‘carrusel’ de reintegros. El que por cuenta de este fenómeno perverso sea mayor la probabilidad de una reincorporación luego de salir de la entidad por cometer una falta ha perjudicado la verticalidad. Esto, para una fuerza como la policial, dada su naturaleza, es muy grave y exige acciones.

Numerosos expertos coinciden, así mismo, en que hace falta una política pública de Estado para la Policía. Es necesaria una arquitectura que le permita proyectarse al futuro y despegarse del día a día en cuanto a sus retos y propósitos, y también en cuanto a su lugar y función en el engranaje institucional.

Las decisiones del Ejecutivo no pueden limitarse a garantizar un aumento de efectivos que suman cerca de 183.000, que no es una cifra despreciable. De esta esfera es necesario que surja una política de seguridad ciudadana con un aparte dedicado a la Policía, que la dote de una cultura organizacional y refuerce nuevas visiones que cuestionen muchos de los actuales paradigmas.

En este esfuerzo debe ser prioritario diseñar esquemas que permitan un reforzamiento de los mecanismos de control interno. Aunque no faltarán las opiniones encontradas, bien podría revivirse la figura del comisionado civil, que analice los elementos que en el pasado le impidieron operar adecuadamente. Más allá del camino que se siga, es bueno tener en cuenta que cualquier auditor debe ser independiente de las demás esferas de la institución y con suficiente capacidad técnica, dos requisitos que hoy no se cumplen. El mismo escenario de colaboración es factible en la parte administrativa. Se trata de una fuerza de un gran tamaño, cuyo funcionamiento demanda unos procesos y unas aptitudes gerenciales que bien pueden recaer en personas no uniformadas, pero debidamente capacitadas.

Para nadie es un secreto que el país tiene la posibilidad de recorrer una senda única en su historia. Es un proceso largo, que debe darse al compás del posconflicto y que debe apuntar a una policía más cercana a la gente, transparente, sin dudas sobre su disciplina. Sería bueno que la comisión de alto nivel convocada por el Presidente tenga claros estos desafíos a cuya resolución está atado nada menos que el éxito en la construcción de una paz estable y duradera.

EDITORIAL
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