Sanders, el anticandidato que seduce a EE. UU.

Sanders, el anticandidato que seduce a EE. UU.

El rival más fuerte de Hillary Clinton apuesta por la educación gratuita y la prohibición de armas.

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20 de febrero 2016 , 08:20 p.m.

Si el fenómeno político Bernie Sanders gana las elecciones –después de vencer a Hillary Clinton y al candidato republicano–, este socialista desde sus 20, elegido como precandidato de los demócratas sin haber pertenecido nunca al partido, sería el presidente electo más viejo de los Estados Unidos, y el primer no cristiano en llegar a la oficina oval de la Casa Blanca.

Este viejo gruñón de 74 años sería elegido, en su mayoría, por millones de jóvenes que están fascinados con él, incluidas millones de jovencitas que gritan y se estremecen en sus manifestaciones como si estuvieran en un concierto de Justin Bieber o Taylor Swift y que brincan felices cuando logran una selfi con este engendro de profeta y rockstar que los mueve y conmueve. (Además: ¿Cómo se elige al presidente de Estados Unidos?)

¿Qué será lo que tiene este solitario senador –al que todos sus colegas veían como a un loquito– para poner en jaque a Hillary Clinton?

Parece que tiene lo que a los demás les falta: credibilidad.

Posee el poder de decir con su voz –y con sus manos– lo que los estadounidenses siempre han querido pero que nunca vieron tan cerca.

Sus ideas

Ideológicamente situado a la izquierda de Barack Obama, el único socialista autoproclamado en Estados Unidos, Bernard Sanders, promete exprimir con impuestos de hasta un 52 por ciento las ganancias de los poderosos de Wall Street, educación universitaria pública gratuita para todos los estudiantes, prohibir la posesión de armas de asalto a particulares, subir el salario mínimo a 15 dólares la hora (51.000 pesos), acabar con los tratados de libre comercio, regresar la mano de obra de compañías americanas a los Estados Unidos, pago igual para las mujeres, cambiar el Obamacare por el Medicare para todos, cobrar el impuesto al carbono a las empresas según la cantidad de veneno que emitan sus chimeneas, invertir en la protección del océano y del ecosistema de los Grandes Lagos, proteger la flora y la fauna, detener las perforaciones petroleras, obligar a los bancos a prestarles dinero a las pequeñas industrias, auditar a la Junta de la Reserva Federal, libertad y respeto para gais, lesbianas, bisexuales y transexuales; reducir al mínimo los recursos de la DEA, combatir el calentamiento global, garantizar seguros médicos infantiles, regresar las tropas de Irak inmediatamente, legalizar el aborto, prohibir la pena de muerte, igualar el uso de la marihuana al del alcohol, revisar la discriminación racial en el sistema judicial, apoyar el tratado de paz con Irán, reducir la influencia del dinero en la política y, además, sacar de las tinieblas a 11 millones de indocumentados que viven y trabajan en los Estados Unidos desde que eran niños. Para hacer todo esto, tiene solamente dos opciones:

a) Aumentar el déficit

b) Subir los impuestos

Y según sus planes, el alza de los impuestos la cubrirán –con dolor– los ricos.

El menú no es muy diferente al de Hillary, solo cambian el cocinero y la presentación del plato. El muy despeinado Bernie pregona que hay que apartarse del gobierno de los billonarios, por los billonarios y para los billonarios, incluido el muy peinado Donald Trump, que es 10.795 veces más rico que Sanders, quien, según Money Nation, tiene un patrimonio neto de 528.000 dólares, incluido un apartamento de 100.000 dólares y deudas por más de 50.000 dólares; ocupa el puesto 86 de riqueza entre los 100 senadores y es 47 veces más pobre que Hillary, 230 veces más que el matrimonio Bill y Hillary, y 7,8 veces más rico que el promedio de las familias norteamericanas.

Un político extraño en estas extrañas elecciones para suceder al primer presidente negro, donde nunca antes una mujer, dos cubanos, un ignorante, billonario y ostentoso que nunca ha tenido un cargo público y un viejo judío disputan la presidencia de los Estados Unidos. (Lea también: Donald Trump y Bernie Sanders ganan las primarias en Nuevo Hampshire)

Sus primeros sueldos, durante cinco años, los ganó como productor de películas educativas que vendía en colegios de Vermont. También ha sido cantante de música popular, colaborador de pequeños periódicos, asistente en un hospital psiquiátrico y en su juventud jugaba baloncesto y corría en competencias de una milla.

Su trayectoria

Bernard, Bernie, Bern, o simplemente B, habla todavía con acento de Brooklyn, el barrio neoyorquino donde nació, el 8 de septiembre de 1941, porque ahí vivían su padres, emigrantes judíos polacos. Su temprana actividad política es un misterio, pero se sabe que desde 1963, cuando estudiaba Negocios y Administración en la Universidad de Chicago, ha marchado como un beligerante activista antiguerra: perteneció a las Juventudes del Pueblo Socialista, protestaba ante los directivos de la universidad porque los estudiantes blancos y negros tenían que vivir en dormitorios separados, fue arrestado y multado varias veces por protestar contra la segregación en colegios y universidades, participó en Washington en la manifestación en que Martin Luther King dijo “I have a dream” (“yo tengo un sueño”) y renunció a enfilarse en la guerra del Vietnam.

En 1964 se fue a vivir con Deborah Messing –su novia de la universidad y primera esposa– a Vermont, el segundo estado más pequeño de Estados Unidos y famoso por su cantidad de vacas y por la fábrica de helados Ben and Jerry’s. Con la herencia que le dejó su padre, compró una finca sin luz ni agua corriente, cerca de Montpelier, la diminuta capital del estado.

Su vida personal también es un misterio tan grande que todavía no se sabe quién es realmente Susan Campbell Mott, la madre de Levi, su único hijo, nacido en 1969 y quien nunca le dijo papá porque terminó su relación con Campbell cuando él era un bebé. De Deborah se separó en 1966. Se casó por segunda vez, a los 44 años, con Jane O’Meara, madre de tres hijos. Tienen siete nietos a los que quiere más que si fueran biológicos. Jane tiene cuatro grados universitarios, es activista social y consejera política de Bernie.

Eli Sanders, su padre, vendía puerta a puerta pinturas para paredes y aunque no les faltaba la comida, nunca pudieron comprar cortinas ni alfombras para la casa, según cuenta su único hermano, Larry, quien reside en Inglaterra y está aspirando a una silla en el Parlamento Británico. Hay pocas fotos y documentos de la niñez, infancia y juventud de Sanders. Su fe judaica es igual de singular: vivió en un kibutz en Israel, se ha vestido de Santa Claus en celebraciones locales para entregar regalos a los niños necesitados y no va a la sinagoga los sábados. Neutral en la causa palestina, en 1999 actuó como rabino en una película de bajo presupuesto, está casado con una ferviente católica y es admirador del papa Francisco. “Mi espiritualidad es que todos estamos juntos en esto. Cuando los niños están con hambre, cuando los veteranos duermen en las calles, eso me impacta. Ese es mi sentimiento espiritual”, responde cuando le preguntan por su religión. El socialismo es como su fe en un país donde más del 70 por ciento de los judíos son demócratas, tal vez porque han sufrido como los negros y los latinos. En 1981 ganó su primera elección: alcalde de Burlington, la ciudad más poblada del progresista estado de Vermont, con 40.000 habitantes. En 1990 llegó a la Cámara, en el 2006 derrotó al hombre más rico de Vermont y entró al Senado; hasta ahora no ha presentado ningún proyecto de ley. Ha perdido dos elecciones y ha ganado cuatro, la última con el 71 por ciento de los votos de Vermont.

‘Siente el fuego’

Si Sanders llega a ser el candidato demócrata y posteriormente el presidente, sería una demostración más de poder de los millennials, esos influyentes e inconformes que nacieron después de 1985 y que al igual que Sanders en los años 60, son ardientes, insatisfechos y románticos idealistas, energizados por los poderes de las redes sociales.

En más de 250 universidades norteamericanas hay organizaciones pro-Sanders con muchachos pegando carteles y usando camisetas con el slogan Feel the Bern, juego de palabras con ‘feel the burn’, algo así como ‘siente el fuego’ o ‘siente el ardor’, ese ardor que provoca el abuelo Sanders cuando les habla a ellos. Una extraña y creciente conexión intergeneracional con este hombre cano, encorvado, de dientes separados, gafas de cuatro dioptrías y camisas con botones en el cuello, esa imagen que navega en sus Snapchat, Periscope, Vine, Tumblr, Skout o Tinder mientras que candidatos como Hillary Clinton o Ted Cruz solo aparecen en Facebook o Twitter.

Socialismo es una de las palabras más buscadas en Google durante los últimos seis meses, desde que apareció Bernie en los programas de opinión en las mañanas dominicales de la televisión gringa. A muchos estadounidenses esta palabra les suena o sonaba a comunismo de Cuba y muy pocos la veían muy lejana en los discursos políticos.

“Socialismo democrático”, corrige Sanders cada vez que lo increpan. Considerado como un Ronald Reagan liberal en Estados Unidos o como un Mujica para los que conocen más allá de las fronteras, Sanders ha convertido en viejos anticuados a todos los demás rivales, incluida Hillary y cualquiera de los conservadores, como Marco Rubio, 30 años más joven. Y a Donald Trump, un ser de otra galaxia, donde los habitantes tienen corbata roja carmesí y el pelo cardado color naranja butano.

¿EE. UU. o Dinamarca?

Sus ideas, que se han ido madurando desde los pasillos y aulas en su época de estudiante, hace más de 50 años, se parecen más a las de un candidato de izquierda en Dinamarca que a las de un posible presidente de la cuna del capitalismo.

El 98 por ciento de las donaciones de su campaña provienen de pequeños aportes de muchas personas en lugar de algunos pocos Super PAC (comités de acción política, cuyo propósito es recaudar fondos para elegir a un candidato), como sucede con otros candidatos, apoyados fundamentalmente por grandes bancos o compañías que buscan hacer lobby con el ganador para beneficio de sus propios intereses individuales o de industria.

Le critican la edad, pero su esposa dice que los 75 de antes son los 50 de ahora.

¿Cómo es posible –le restregarán sus contendores– que un ciudadano que, acudiendo a su derecho constitucional de la libertad de pensamiento, rechaza el servicio militar obligatorio por creencias políticas –igual que Cassius Clay por creencias religiosas– se convierta, como presidente, en el jefe supremo de las fuerzas militares más grandes y poderosas del mundo? A su favor tiene sus posiciones como legislador para favorecer a los soldados en servicio militar activo y a los veteranos de guerra.

Entre su lista de enemigos están algunos miembros de Wall Street, las poderosas empresas petroleras, los frecuentes personajes de la revista ‘Forbes’, los cabilderos profesionales, bancos, fabricantes de armas, la intocable Junta de la Reserva Federal, gatilleros de la NRA (Asociación Nacional del Rifle), la asociación de cámaras de comercio de los Estados Unidos y, obviamente, los radicales conservadores y muchos demócratas que lo ven muy rojo en el partido azul y que al final son los que apoyan las propuestas del Ejecutivo.
‘Justicia’ parece resumir su credo político. Esa palabra lo lleva a igualdad para las minorías débiles frente a las minorías poderosas.

En sus intervenciones se da el lujo de criticar a Barack Obama y de no utilizar como letal munición política el morbo de los textos que salieron del correo privado de Hillary Clinton. Las encuestas lo aman más cada día, ya no solo entre hombres y mujeres jóvenes blancos, sino entre adultos de ambos sexos, y cada día lo respaldan más líderes y asociaciones de negros y latinos.

En los últimos días, camino a las primarias de Nevada y la influyente Carolina del Sur, estados con mayor diversidad étnica que Iowa y New Hampshire, las encuestas los igualan y él sigue hablando de sus puntos estratégicos y de la necesidad de que los republicanos obedezcan la Constitución y elijan como sucesor del juez Antonin Scalia (magistrado de la Corte Suprema de Estados Unidos que acaba de fallecer) a quien designe Obama.

Si las tendencias de las encuestas siguen la misma dirección, los televidentes y votantes lo verán enfrentado a un personaje totalmente opuesto a él desde su nacimiento hasta el camino para llegar a esa gran final. Opuestos por la riqueza, la visión del país, las esposas trofeo y las esposas reales, el tono, el vocabulario, los gestos, la edad, la raza, la malicia, la decencia, la forma de mirar a los latinos y la formación intelectual. Se enfrentará a Trump, a quien tiene claramente definido: “No tengo que gastar ni un centavo para hacer lucir estúpido a Donald Trump, él mismo paga por eso”.

FERNÁN MARTÍNEZ MAHECHA
Especial para EL TIEMPO
Twitter: @fernanmartinez

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