La difusa frontera entre lo público y la intimidad

La difusa frontera entre lo público y la intimidad

La publicación del video en el que aparece Carlos Ferro genera un debate sobre el tema.

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20 de febrero 2016 , 06:26 p.m.

La publicación de un video en el que el exviceministro del Interior Carlos Ferro sostiene una conversación de carácter sexual con un policía ha abierto el viejo debate ético sobre las fronteras, cada vez más difusas, entre lo público y los asuntos que pertenecen a la esfera de lo privado.

¿Qué es lo que hace que algo íntimo se someta al escrutinio de la sociedad? Para Javier Darío Restrepo, experto en ética periodística, el derecho a la intimidad es total en el caso de los ciudadanos, no así en el de los funcionarios, pues estos manejan intereses públicos. “Se puede informar sobre la salud de un vicepresidente, pero si tiene una aventura amorosa, ese es un asunto que pertenece únicamente a su intimidad”, advierte Restrepo. La cuestión en el caso Ferro, en cambio, es determinar si los elementos que revela una investigación periodística constituyen, por sí solos, una evidencia innegable. Y aún así, el criterio periodístico dicta hasta dónde se muestra y desde qué ángulo una información comprometedora y, sobre todo, íntima.

Fuera de contexto, las imágenes que presentó la periodista Vicky Dávila solo describen a dos hombres adultos en actitud erótica. Nada indica que Ferro acose o abuse del capitán Ányelo Palacios ni mucho menos que tenga alguna relación con la llamada ‘comunidad del anillo’, una supuesta red de prostitución masculina que operaría dentro de la Policía y que la emisora La FM venía investigando. Sin embargo, el tema se vuelve más complejo debido a que la Procuraduría le dio carácter de prueba para que sea considerado dentro de la investigación.

¿El resultado? La renuncia de Ferro, la del jefe de la Policía, el general Rodolfo Palomino (después de que la Procuraduría le abriera una investigación por supuesto incremento injustificado de su patrimonio, ‘chuzadas’ a periodistas y presunta relación con una red de prostitución masculina), y la de Vicky Dávila.

A este asunto subyace un fenómeno que, en opinión de Ómar Rincón, director de la maestría de Periodismo de la U. de los Andes y columnista de este diario, no tiene que ver solo con el periodismo, sino también con la sociedad actual: “Hoy, las fronteras entre lo público y lo privado no están tan claras, se han difuminado. Las emociones son la nueva mercancía y todos hemos caído un poco en eso, tanto, que constantemente exponemos nuestra vida íntima en las redes”.

El hecho de que la información se haya convertido en un producto de acceso universal (a través de medios impresos, televisión, radio y web) plantea, según Rafael Santos, exdirector de EL TIEMPO, “una doble responsabilidad en la manera de ejercer el oficio”.

“Ciertas prácticas arriesgadas que vulneran derechos fundamentales influyen en la sociedad y sientan un precedente nocivo”, opina Germán Rey, exdefensor del lector de EL TIEMPO. Con un agravante: las redes sociales ejercen de peligroso altavoz y distorsionan la realidad. Al punto de que nos hemos inventado el derecho a la invasión de la privacidad, según cree el escritor Ricardo Silva. “Ese derecho inventado ha afectado todos los estamentos sociales, y eso ha llegado a los medios, pues estos van detrás de las redes”, señala.

No se trata solo de un fenómeno colombiano. Opinar (o despotricar) de todo y para todos, a veces (muchas) sin argumentos, es una tendencia planetaria. La ausencia de justicia, reflexiona Silva, se ha resuelto con manos propias, pero en las redes. A punta de linchamientos. De condenas exprés. Aunque, al final, todo termina siendo vacuo. Apenas una simulación.

¿Cuánto durará la tormenta en Twitter tras la publicación del video de Ferro? Lo que deja claro este episodio, según Ómar Rincón, es que en la sociedad colombiana “la única intimidad que molesta es la sexual. El sexo mata la corrupción, que es mucho más pornográfica e intolerable”. Eso plantea un debate en todas las instancias.

Más allá de si se debió publicar o no un video que afecta la intimidad de una familia –“se ha producido un linchamiento; todo el mundo se ha sentido juez y en ética nadie puede ser juez de nadie” (Javier Darío Restrepo); “las denuncias sobre la comunidad del anillo son pertinentes y valientes, la forma de publicar el video innecesaria y contraproducente” (Félix de Bedout)–, las preguntas principales se han ido diluyendo entre el tsunami en Twitter y Facebook: si existió la ‘comunidad del anillo’, ¿por qué la Policía convivió con esa organización? ¿Qué es lo que realmente está pasando en esa institución? En las redes sociales ya hubo juicio y condena. Y en la vida real, mientras...

REDACCIÓN DOMINGO

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