Intensidad y emoción, el fútbol que vemos

Intensidad y emoción, el fútbol que vemos

A lo largo de su historia, el juego ha tenido altas y bajas, pero siempre ha sabido reinventarse.

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20 de febrero 2016 , 05:24 p.m.

En la frontera de los 33 años, Claudio Bravo hizo una pirueta asombrosa: en un salto, superó con la punta de su pie derecho la altura del travesaño. El fotógrafo Miguel Ruiz, del FC Barcelona, captó el instante (http://bit.ly/1oz2Tsw). La escena no es simplemente curiosa, habla del excepcional estado atlético del arquero chileno, notable por cierto. Una de las razones por las que tapa todo lo que le tiran, abajo, arriba, a los ángulos.

Además, portero para cuadro grande: lo exigen tres veces por partido y en las tres responde en alto nivel. Probablemente por él Colombia se haya quedado fuera del Mundial 2006. Algunos lo recordarán.

El día de su debut en la Selección Chilena (8 de octubre de 2005) en Barranquilla, le amargó la tarde al equipo de Reinaldo Rueda, que hizo casi todo para ganar y Bravo paró hasta el viento. Igualaron 1 a 1. Si Colombia vencía esa tarde, terminaba la Eliminatoria en quinto lugar e iba al repechaje con Australia. Fue Uruguay.

La acrobacia de Bravo conlleva un mensaje: a estos arqueros hay que hacerles goles ahora. No son los de hace 40 o 50 años atrás, a los que se enfrentaba, se la tocaban a una punta y era gol seguro. No porque fueran incapaces, el puesto no había avanzado tanto y la preparación era elemental.

Bravo, De Gea, Courtois, Ospina, Schmeichel, Keylor Navas, Oblak, Neuer, Ochoa, Lloris, el mismo Buffon con 38 años y decenas más, son físicamente extraordinarios, hacen entrenamiento específico y es muy difícil vencerlos.

De ahí el mérito de los atacantes actuales: el grado de oposición que enfrentan es muy alto y aún así logran burlarlos muchas veces. Un partido que hoy termina 2-2 tal vez antes era un 5-5. La bola que el domingo anterior le paró Schmeichel a Olivier Giroud es un milagro. El francés se tomaba la cabeza y con razón: había sacado un cañonazo pegado a un palo, a unos seis metros del arco y el danés, entre un bosque de piernas, tuvo los reflejos para echarla al córner. Como la doble atajada de Ospina contra Argentina en la Copa América.

Son proezas técnico-físicas. Esas antes entraban todas. O casi. Pasó en Brasil 2014, que fue denominado “el Mundial de los arqueros” por las extraordinarias actuaciones que tuvieron. Se marcaron 171 goles que perfectamente pudieron ser 400. Hubo juegos como Alemania 2 - Argelia 1 en el que se crearon treinta situaciones netas de gol y los porteros -Neuer y M’Bolhi- fueron fenomenales.

Pese a tanta evolución de los guardametas, los delanteros también crean nuevas formas de definición para llegar al gol. El amague, que es fundamental para engañar; la velocidad para definir, porque el factor sorpresa es decisivo en el área, y la gran solución: la ‘picada’. Los arqueros ahora salen a enfrentar al atacante a una velocidad de rayo; para evitarlo, el atacante “pincha” la pelota levantándola suave desde abajo y la toca sobre el cuerpo del “1”. Todas las semanas vemos cantidades de goles así. En el pasado este recurso no existía, es de ahora. Había goles de emboquillada, pero era otra cosa, y se hacían cuando el golero estaba adelantado. El jugador se va adaptando a las nuevas situaciones y al problema le busca soluciones con técnica y creatividad.

También los volantes y defensas han evolucionado. A propósito: mención especial para el lateral de Santa Fe, Otálvaro, que marca y sube 15 veces por partido, llega al fondo y tira centros buenísimos, con sentido. Hace una zanja en su costado y no parece cansarse nunca. Contra estos atletas hay que lidiar actualmente.

“Los jugadores actuales son distintos a los que había hace 30 años. En esta época ya no se toma ni se fuma, como pasaba antes. Los tipos que marcan son máquinas”, dice Steve Nash, el famoso basquetbolista canadiense de la NBA. Nash es un gran aficionado al fútbol.

Nos parece ver en la final de 1970 a Gerson caminando con la pelota (pero caminando de verdad), avanzaba varios metros y nadie le salía. Y enfrente estaba Italia, ¡el catenaccio…!, la más temida expresión defensiva. Ahora, hasta el equipo más lírico presiona el triple que aquella Italia.

Opinen lo que opinen Cruyff o Pelé, el fútbol es cien veces más difícil hoy que en su época. La preparación actual es fantástica y hay muchísima información, se estudia todo, los cuerpos técnicos son de cinco y hasta diez profesionales en un equipo, antaño era un señor mayor con un silbato que se ocupaba de todo solo, tal vez con un ayudante. El resultado no puede ser igual.

“Cualquiera puede jugar bien al fútbol si le dan cinco metros de espacio”, dijo alguna vez el mismo Cruyff. Es lo que no hay ahora, esos cinco metros que permiten pensar, maniobrar y elaborar. Pese a ello, se registran semana a semana partidos fantásticos, emocionantes, entretenidos. Hay más dificultades, también más recursos.

A lo largo de su historia, el juego ha tenido altas y bajas, épocas brillantes y opacas, pero siempre ha sabido reinventarse. Es por su avasallante fuerza intrínseca. Partidos como el Arsenal-Leicester del domingo último, de una emoción casi irrespirable, son bastante frecuentes. Se juega con formidable intensidad y hay cantidades de encuentros que se definen en el minuto 93, 94, 95. La especulación a ultranza es un mal recuerdo del ayer. No le conviene a nadie. Antes, a un técnico que empataba cinco partidos lo palmeaban, ahora lo echan.

Repudiable en los escritorios, emotivo en la cancha. Es el fútbol que tenemos. El que estamos viendo en el presente. Y es muy atractivo. Hay que agradecérselo a entrenadores y jugadores.

Último tango…

JORGE BARRAZA
Para EL TIEMPO
@JorgeBarrazaOK

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