La literatura despide al escritor italiano Umberto Eco

La literatura despide al escritor italiano Umberto Eco

El filósofo y semiólogo murió a los 84 años. 'El nombre de la rosa', una de sus obras más famosas.

19 de febrero 2016 , 10:38 p.m.

Cuando el escritor Umberto Eco, uno de los grandes intelectuales italianos y quien falleció el viernes en Milán, alcanzó la fama mundial con su novela 'El nombre de la rosa', ya tenía 48 años y un cúmulo de títulos en su haber, la mayoría de ellos ensayos sobre el mundo de la semiótica y la comunicación.

Desde esa publicación (1980) se convirtió en un reputado novelista y columnista, nadando con destreza en las aguas de la cultura popular, pero sin perder nunca el peso de la profundidad que le daba su formación de filósofo. “Era un gran teórico de los signos, pero al mismo tiempo un gran lector, muy pendiente de la cultura de masas, y era también un hombre muy pendiente de lo que estaba pasando en el mundo”, dijo el escritor Juan Gustavo Cobo Borda. (A los 84 años, muere el escritor italiano Umberto Eco)

Filósofo graduado en la Universidad de Turín en 1954, había sido profesor agregado de Estética en esa misma institución y en la de Milán. Ese conocimiento estético se evidencia en las magníficas descripciones de obras medievales con las que amobló su novela más conocida, la que surgió un día en el que amaneció con ganas de “matar a un monje”.

Así lo dejó por escrito en su texto 'Apostillas a El nombre de la rosa', en el que prácticamente develó los secretos de su composición, desde la primera idea hasta la forma como investigó, creó en su imaginación (y en el papel, a punta de mapas) la sobrecogedora abadía benedictina que se convierte en escenario de su relato y cómo empleó esa reconstrucción medieval para determinar incluso la duración de los diálogos.

'El nombre de la rosa' vendió más de 50 millones de ejemplares y seis años después fue llevada con éxito al cine, protagonizada por Sean Connery. Puso a los lectores a la expectativa de su segunda obra de ficción: El péndulo de Foucault (1988), que también fue un gran fenómeno en ventas.

No obstante, el mundo de los libros había tocado a su puerta mucho antes. Nacido en Alessandria (Italia) en 1932, su curiosidad se había alimentado por el oficio de tipógrafo de su abuelo, que le permitía ojear novelas baratas y clásicos de la literatura que se imprimían en su taller. Vea (El Gobierno de Colombia lamenta la muerte de Eco)

Devoción por la palabra

Se había iniciado en el neovanguardista Grupo 63 de intelectuales, donde desarrolló un estudio sobre el arte contemporáneo.

Colaboró además en publicaciones como 'The Times Literary Supplement' y 'Tel Quel', y durante 35 años con la editorial Bompiani.

Su primera publicación fue su tesis doctoral, en 1956, titulada 'El problema estético en Tomás de Aquino'. Luego escribió ensayos como 'Apocalípticos e integrados' (1964) y el 'Tratado de semiótica general' (1975), que le granjearon reputación académica. “Lo conocimos primero como semiólogo, en el proceso de la comunicación como comunicólogo y en el ejercicio periodístico como crítico sesudo de la comunicación y especialmente del periodismo”, aseguró Mario Morales, catedrático universitario y columnista.

Para Morales, Eco es el “pater noster de los teóricos de la comunicación de América Latina y, muy particularmente, de los analistas de medios”, otro de los intereses del autor italiano. Pese a su éxito literario, no se apartó de su papel en la docencia y siguió liderando la creación de espacios de pensamiento como el departamento de Comunicación de la Universidad de San Marino (1988) y la Escuela Superior de Estudios Humanísticos de Bolonia (2000), y a lo largo de su vida fue recibiendo diferentes honoris causa en más de 25 universidades de todo el mundo, entre ellas la Complutense de Madrid, Tel Aviv, Atenas, Varsovia y Berlín.

El catedrático universitario Rodrigo Argüello afirmó: “Eco se constituye para mí en un referente fundamental. Como teórico, me enseñó a mirar la realidad y las ideas con circunspección, con cierta sospecha. Pero creo también que es el único intelectual de este fuste que pudo trasladar su oficio (la semiótica) a la ficción. Me refiero al caso de El nombre de la rosa, donde le hace un homenaje a Peirce, a Sherlock Holmes y a quien tiene que ver con la lectura de cualquier signo”.

“Era una figura muy universal; tenía algo fascinante, como la iglesia donde vivía, un viejo monasterio que adaptó para tener una biblioteca monstruosa”, apuntó Cobo Borda. En efecto, llevaba más de 40 años viviendo en Milán, donde había logrado alojar cerca de 35.000 libros en una edificación palaciega, que estaba situada en una de las grandes plazas de Milán, frente al castillo Sforzesco, visitado por los turistas.

Sus escritos llevaban al gran público temas de gran densidad, como los científicos, pero también era un erudito sobre el mundo de los cómics y una amplia variedad de temas profanos. “Hay otro aspecto que me parece revelador –agregó Cobo– y son dos libros muy hermosos, uno sobre la belleza y otro sobre la fealdad. Él actuó como el compilador y buscó las imágenes más bellas desde el comienzo de los tiempos hasta las figuras de la moda y el cine italiano. Pero también mostró la otra cara, cómo se ha banalizado la fealdad en esos rostros”.

Reconocimiento mundial

Eco fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en el 2000, un reconocimiento a su carrera, que ya le había deparado numerosos galardones académicos. (Lea también: Eco, un pensador del siglo XXI)

Por ejemplo, fue profesor emérito y presidente de la Escuela Superior de Estudios Humanísticos de la Universidad de Bolonia (norte) desde 2008 y nombrado por la Mesa del Consejo de la Unesco (1992) miembro de su Foro de Sabios; junto a otros intelectuales era miembro de la Academia Universal de Culturas.

Además, recibió la legión de Honor de Francia en 1993 y el premio austríaco de Literatura Europea por toda su obra en 2004, en Salzburgo.

Cada lanzamiento suyo era un acontecimiento mediático en Italia, que irradiaba al resto del mundo, sin importar si se trataba de una novela o de un ensayo. Así sucedió, por ejemplo, con Kant y el ornitorrinco (1997), que generó en los medios la pregunta sobre la relación entre ambos elementos del título. Le contestó así al 'Corriere della Sera': “No tienen nada que ver, y ese es el origen de mi libro. El primer ornitorrinco enjaulado llegó a Europa un año después de que Kant publicó su último ensayo, en una época en que estaba muy enfermo. Por lo tanto, se puede afirmar que Kant nunca escuchó hablar del ornitorrinco, a lo que suma el hecho de que fueron necesarios 85 años de debate para poder clasificar ese animal”.

La historia de su último libro comienza con la creación, por parte de un empresario italiano (que hace pensar en Silvio Berlusconi) de 'Número Cero', un ejemplar de un periódico en pruebas que se desarrolla en 1992. Este periódico quiere salir con la intención no de informar sino como herramienta de poder para meter presión, desacreditar a políticos y rivales o crear informes, noticias falsas y complots.

Esta obra postrera, además de ser una radiografía sobre lo peor del periodismo, del poder y la corrupción, se constituyó también en una visión personal de la Italia de los últimos 30 años.

En sus últimos años, el escritor estuvo aquejado de un cáncer y falleció el viernes en su casa, al lado de la alemana Renate Ramge, su esposa desde 1962. Su obra le sobrevivirá por su impacto literario y por el peso específico de sus ideas profundas. “Dicho de otro modo, después de leerlo no puede uno ver y leer el mundo de igual manera”, concluyó Argüello.

Umberto Eco en entrevista con el escritor español Xavi ayén, para la revista ‘bocas’, a mediados del año pasado.

“Siempre tienes la nostalgia de la infancia. La mía es la de aquellas noches en los refugios antibombardeos, en un sótano muy oscuro y húmedo, afuera se escuchaban las bombas”.

“Una vez se escribió en Wikipedia que éramos 13 hermanos y que me había casado con la hija de mi editor. También se publicó mi muerte, una noticia que considero algo prematura”.

“Vivimos en un mundo en que el físico que gana el Premio Nobel no sabe nada de la historia de la literatura (...) Hoy se da un fenómeno de hiperespecialización, que es muy estadounidense”.

“(En los 50) ...había un solo canal de televisión, en blanco y negro, pero a las nueve de la noche ponían Shakespeare, Guerra y paz, o Pirandello, y a la gente le iba bien, lo veía. Ahora veo programas en que gritan y se insultan”.

“La televisión antigua era mejor, casi no había programación basura. Los jóvenes ahora miran más YouTube, no sé si serían capaces de ver una película de Wim Wenders que dura cuatro horas”.

“En el sótano guardo las cajas con los manuscritos (...)
Yo lo dejo todo así, porque ¿qué harían, si no, mis estudiantes cuando me muera? Hay que pensar en dejar trabajo a las generaciones futuras…”.

Novelas, ensayos y textos periodísticos

La obra de Eco fue prolífica en ensayos, además de siete novelas. Entre los más recordados están:
‘Apocalípticos e integrados’ (1964)
‘La estructura ausente’ (1968)
‘Tratado de semiótica general’ (1975)
‘Lector in fabula. La cooperación interpretativa en el texto narrativo’ (1979)
‘El nombre de la rosa’ (novela, 1980)
‘Ensayos sobre El nombre de la rosa’ (1997)
‘El péndulo de Foucault’ (novela, 1988)
‘Los límites de la interpretación’ (1990)
‘La isla del día de antes’ (novela, 1994)
‘Kant y el ornitorrinco’ (1997)
‘Baudolino’ (novela, 2000)
‘Apostillas a ‘El nombre de la rosa’ y traducción de los textos latinos’ (2000)
‘El redescubrimiento de América’ (2002)
‘La misteriosa llama de la Reina Loana’ (novela, 2004)
‘La historia de la belleza’ (2005)
‘El cementerio de Praga’ (novela, 2010)
‘Confesiones de un joven novelista’ (2011)
‘Historia de tierras y los lugares legendarios’ (2013)
‘Número Cero’ (2015)

CULTURA Y ENTRETENIMIENTO
Con información de Efe

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