Dizque en Colombia se habla el mejor español del mundo

Dizque en Colombia se habla el mejor español del mundo

Los estilos de una lengua varían de acuerdo con los tiempos, profesiones y niveles de educación.

17 de febrero 2016 , 11:25 p.m.

Uno quisiera creer, como muchos optimistas, que en Colombia se habla (y se escribe) el mejor español del mundo. Tal afirmación resulta de la convicción de muchos compatriotas cuando suponen que su manera es la mejor, porque es suya, como sucede con los procedimientos para preparar comida, pegar un botón, disponer la mesa, amarrarse los cordones, aplicarse los medicamentos, peinarse, ir de paseo, conducir automóvil, practicar deporte, tender la cama o enviar un correo electrónico. Cada quien imagina que su forma es la mejor, pero solo llega a demostrarse que es una forma más. Sencillamente, en cada barrio, localidad, ciudad, departamento (o estado), región o país hispanohablante se habla o se escribe de una manera diferente.

Abundan los casos particulares (pero muy propagados) para mostrar este fenómeno. En la vitrina de un centro comercial muy cercano se lee: “sale en lencería”. Y, claro, cualquier hablante común se pregunta: “¿Qué (o quién) sale?”. El autor y escribiente de tal espantajo supone que no hay anuncio superior a este, a pesar de las reacciones terroríficas de los lectores medios. Muchos hay que toman por prestigioso (cuando en realidad es ridículo) mezclar palabras de una lengua con la de otra, como el otro caso de un niño que preguntaba si las manzanas tenían pies, porque leía “Pie de manzana” en el menú de un restaurante donde no se deciden en qué lengua escribir. Debajo de los automáticos secadores de manos, se lee “Posicione las manos”; entonces, cada quien se “ubicaciona” su chaqueta, se “situaciona” muy firmemente la bufanda y emprende la huida de aquel lugar.

Por eso, aparte de los motivos geográficos, los estilos de una lengua varían mucho de acuerdo con los tiempos, oficios, profesiones y niveles de educación. Descubre uno a tantas personas que cuidan su atuendo, que usan perfume, que adoptan gestos calculados y prudentes, que regulan el volumen de voz y hasta impostan el tono y el timbre para impresionar a sus interlocutores; pero cuando llega el momento de hablar o escribir parece que la indigencia extrema las cobijara.

Bogotanismos

Quizás hace muchos años en Bogotá, se escuchaban algunas conversaciones chirriadas, de hablantes nada conchudos. No eran, como ahora, expresiones achiladas, que emanan de algunos piscos descuidados en su hablar. Notaba uno, al menos, un tris de destreza en el uso del lenguaje. Aunque se trataba un jurgo de temas, casi todos los hablantes se esforzaban por usar con propiedad las palabras; era una vaina cuquísima. No había nada de patanerías, no se asomaban los guaches y nadie le ponía pereque a nadie. ¡Era regio, ala!

Casi a diario, en los vehículos de trasporte público y colectivo (hay diferencia: el taxi es público, pero no colectivo), por ejemplo, en el recorrido de la casa al colegio o al lugar de trabajo, se percibe un despliegue de palabras que ayuda a confirmar el abrupto cambio de unos modos y de unas maneras en el trato al idioma, que ya no es tan chusco. Basta con escuchar en las mañanas el atronador volumen de las cadenas radiales “amenizando” el traslado en autobús: son muchos chivatos que se la pasan rocheleando, y muchas de sus expresiones, en realidad, sí resultan chocantes.

Entonces, se inicia (no se dice “inicia”) el recorrido, y otra vez “el mejor español del mundo” sale a relucir. En primera instancia, un señor (o muchacho) se acerca a cada pasajero y le dice: “me regala el pasaje”. Y, cuando uno lo ve tan alentado y vigoroso, surge la pregunta de si él no podría trabajar y pagarse su propio pasaje, y más cuando en una mano se le nota un grueso manojo de billetes, y en la otra, un puñado de monedas. ¿Querrá que se le pague el pasaje? Si es el cobrador, ¿por qué pide regalado en lugar de cobrar? ¿Aumenta la mendicidad en el país… en ese país donde se habla dizque el “mejor español del mundo”?

Luego, siguiendo hacia el norte, solo unos pocos metros antes del primer puente vehicular situado después de la calle 170, se lee: “Superprecios”, y los transeúntes, conductores y pasajeros se asombran con la sinceridad de este anuncio, en el que sin reparos se aclara que los costos son elevadísimos. Si quisieran engañar a los clientes, habrían escrito: “miniprecios”. Sin embargo, escrito así, son muy bajas las probabilidades de que crezca el número de compradores, pues casi todos ellos desean pagar bajos precios. Y eso sin nombrar a una cadena de supermercados que anunciaba “¡precios insuperables!”; es decir, lo más caro del mercado.

En otras zonas, resuenan los pregones desde los autobuses que regresan a Bogotá: “¡Portal, con puestos! ¡Portal, con puestos!”. Y los escuchas se dicen: “Vaya, instalaron puestos en el portal. ¡Qué bien!”. Ojalá no sea un engaño.

Con vuestro permiso

Por JAIRO VALDERRAMA V.
Profesor Facultad de Comunicación
Universidad de La Sabana

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