El Salado: las sucesivas generaciones de la guerra

El Salado: las sucesivas generaciones de la guerra

La matanza paramilitar se extendió por los Montes de María. Primera entrega de una serie.

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17 de febrero 2016 , 08:37 p.m.

No, hoy no vamos hablar de eso, de la sevicia con la que los paramilitares asesinaron madres, padres, hermanos, tíos, hijos y amigos en el parque principal de El Salado. De las técnicas de tortura que utilizaron para someter a toda la comunidad. De si empalaron, cortaron o degollaron a sus víctimas, de si hubo música bailes y celebraciones, si hubo sorteos para ver quién debía morir o si el helicóptero que ingresó, junto a 450 paramilitares a El Salado el 18 de febrero del 2000, fue complicidad del Ejército Nacional. No, hoy no hablaremos de eso.

Esta no parece una tierra fenomenal. Son casi 41 grados centígrados en el día, el verde del campo contrasta con sus calles polvorientas; hace más de dos meses que no cae una gota de agua del cielo, no hay mar, ríos, charcos o lagunas para refrescar la inclemente sequía. Pero aquí, en El Salado, en los Montes de María, donde los paramilitares quisieron sembrar la muerte porque querían “rehacer” un país en el futuro, nace la vida, germina el amor.

Son las ocho de la noche del pasado tres de julio. El pueblo se debate entre la tranquilidad de sus casas y la viveza de un quiosco. En una esquina en la entrada del pueblo donde los hombres –en su mayoría–, juegan billar en dos mesas que hay, toman cerveza y escuchan música, a todo volumen, con dos parlantes que retumban a todo dar.

–¿Quiénes son ustedes? –nos dijo uno de ellos.

Se trata de Leonardo, de 30 años, quien a los 15 vio frente al parque en silencio, y sin derramar una sola lágrima, cómo los paramilitares acababan con la vida de su madre y su hermano mayor. Este flaco de sonrisa ancha y dientes afinados, le da un trago a las ánimas antes de beber su cerveza: primero uno para ellas que lo acompañan siempre, luego por su madre y hermano. No llora al contar su historia, que es muy dura, el pasado le dejó una coraza en el pecho. “Yo vi todo, me quedé quieto, atento mirando cómo les hacían de todo”, dice.

Una sinopsis que retrate la vida de este hombre en un documental diría que nació en El Salado en septiembre de 1984, un corregimiento del Carmen de Bolívar a tres horas en carretera desde Cartagena, hijo de Rosmira Torres, madre comunitaria, y hermano de Luis Pablo Redondo, profesor. Que su padre murió de cáncer cuando el ‘Flaco’ tenía nueve años y que le heredó el amor por los gallos de pelea. Juega fútbol por diversión mas no por pasión y le encanta la música de acordeón. Tiene un hijo de tres años al que llamó igual que su hermano, Luis Pablo, y actualmente trabaja en una empresa cementera que se instaló en la región. Dirá que ama El Salado y que de acá nunca se irá. Y que la mejor comida es el “guanalito” con yuca y café caliente. También el documental diría cómo murieron su madre y su hermano, pero sobre todo contará que ahora vive por su hijo.

Las torres de sonido del quiosco siguen retumbando sin parar, de la champeta se pasa a otra música popular, al vallenato. Es entonces cuando Leonardo salta y nos dice que escuchemos con atención lo que dice una canción:

–“Cuánto es el total de esta cuenta pequeñita que yo le voy a poner profesor: el siglo tiene 100 años, el año son 12 meses, que dan un total de días 365, el día tiene 12 horas y 12 tiene la noche, corresponda a mi pregunta y dígame el total preciso, si usted sabe que el minuto tiene 60 segundos, yo creo que esta cuentecita le sirva de entretención, pero si cada minuto tiene 60 segundos, entonces ¿cuántos segundos tiene un siglo profesor?”.

La brisa de la noche nos sacude mientras Leonardo sonríe y explica que el resultado que propone esa canción es muy fácil de sacar, un profesor de El Salado se lo enseñó. No sabemos cuántos segundos han pasado estos 15 años desde que Leonardo perdió a su madre y a su hermano, pero creemos en sus palabras cuando dice que como El Salado no hay dos iguales.

‘Es un milagro’

Hoy Gina tiene 15 años, los que tenía Leonardo cuando vio morir a sus familiares. Su cabello es crespo y largo, juega fútbol y es parte fundamental de la selección femenina de El Salado. “Soy la número 11, pero no soy delantera, ese es un número para hacer goles, pero a mí me gusta ser lateral”.

Ella es la única mujer de seis hijos que tuvieron sus padres. A Neida del Carmen, su mamá, no le gusta que juegue fútbol, pero al ver que el deporte la apasiona la apoya sin recelo. Ella estaba embarazada de Gina cuando llegaron los paramilitares aquel devastador 18 de febrero; tenía siete meses y una barriga pronunciada. Escuchó el rumor de que venía una estela de muerte arrasando con todo a su paso, y que era mejor huir porque iba a llegar a El Salado.

“Yo no lo pensé dos veces, mis hijos estaban en la ciudad con mi hermana, entonces cogí una mula y me fui por el monte, sentía que estaba embarazada de una niña y no me la iba dejar quitar”, expresa Neida al recordar ese día. Huyó en compañía de su esposo, una hermana y varios vecinos que atendieron a los rumores de las amenazas. Se escondieron entre la maleza mientras rogaban que nos los descubrieran, siempre abrazando a su bebé y hablándole que la iba proteger de todo mal.

Gina es callada, no pronuncia más de lo que es necesario decir, escucha con atención a su madre y sonríe ante cada pregunta. Neida cree que es de pocas palabras por lo que vivió en la barriga esos días de correr, desplazarse, dejar todo atrás y sentir miedo. “Ella es un milagro”, dice la señora Del Carmen al asegurar que no fue fácil escapar estando embarazada.

 

Una de las medidas de reparación fue la exhumación de la fosa común que existía en el centro del pueblo. César Romero / CNMH

‘Querían acabarnos, pero no pudieron’

El pasado cinco de julio fue un día célebre en El Salado. En la iglesia, al frente donde 15 años atrás habían sido asesinados, estaban ocho ataúdes. Tenían la cinta, ramos, velas y un portarretrato. Estaban siendo velados desde la noche anterior. No era una fosa común improvisada la que los unía, ya no era el abandono estatal y la indiferencia la que los arropaba. Dora Torres, Justiniano Pedrozo, Luis Pablo Redondo, Rosmira Torres, Éver Urueta Castaño, Jairo Alvis Garrido, Víctor Arias Julio y Euclides Torres Zabala ahora sí iban a tener una ceremonia digna para ser sepultados. 15 años, no sabemos cuántos segundos han pasado, no sabemos si es un milagro que por fin se dé este momento, no lo sabemos, en que sus familiares han pensado en ellos, en que han querido darles una digna sepultura.
Rafael Enrique Urueta de 54 años es uno de los voceros de las víctimas. Hoy luce fuerte, el rostro lo tiene limpio y solo lo acompaña un pomposo mostacho. Tiene los ojos negros, grandes y redondos. A pesar de la larga lucha, de la nostalgia que le da hablar del tema, le gana la alegría por el logro que acaban de cosechar. “No fue fácil pero acá estamos, querían acabarnos pero no pudieron”, dice mientras sonríe y pide un café.

En el patio de su casa está toda la familia reunida, no es habitual que esto suceda, solo en las fechas especiales. Sus seis hijos, todos hombres, juntos a sus esposas e hijos, desayunan para ir a la ceremonia de eucaristía que habrá en la iglesia, con la que se le dará paso al sepelio donde está Éver Urueta, hermano de Rafael Enrique. “Hay que recoger los valores de cada uno de los seres que cayeron ese día, sentirnos como comunidad que le estamos dando totalmente lo que se merece un ser humano, un entierro digno, un lugar donde llorarlos”, dice el ‘Cachacho’, como es conocido Rafael en la región.

Más de 450 personas acompañaron la ceremonia bajo el sol ardiente de El Salado, con una caminata que fue de la iglesia al cementerio, unos 600 metros. No hubo metralletas, pistolas, cuchillos, ni sangre. El helicóptero que sobrevoló la zona era un dron de televisión, que grababa desde el cielo la ceremonia, no disparó, nunca disparará, solo le mostrará al mundo lo que estaba sucediendo aquel 5 de julio.

La inhumación

Una de las medidas de reparación colectiva de El Salado fue la exhumación de la fosa común que existía en el centro del pueblo. “Los sobrevivientes de la masacre, en coordinación con la Infantería de Marina, decidieron cavar fosas comunes para enterrar a los muertos, considerando su avanzado estado de descomposición como consecuencia de la exposición a la intemperie por más de 24 horas. Se cavaron cuatro fosas comunes en las áreas aledañas al parque principal y allí fueron colocados los cuerpos envueltos en hamacas”, relata el informe ‘La masacre de El salado: esa guerra no era nuestra’, del Grupo de Memoria Histórica.

La entrega de estos restos óseos se realizó desde el pasado 3 de julio en El Carmen de Bolívar y El Salado. Un proceso de acompañamiento a las víctimas y resignificación de entrega digna. “No era solo el acompañamiento a los familiares, el cementerio se encontraba en un estado lamentable el cual debimos adecuar. Se realizó un velorio simbólico y para garantizar eso se acordó con la comunidad que se debían hacer arreglos también en la iglesia”, explica Andrés Suárez, asesor de la dirección del Centro Nacional de Memoria Histórica.

En el entierro hubo lágrimas, no hay que negarlo, dolor y tristeza es verdad, pero también tranquilidad y descanso. El día definitivo había llegado ese domingo. Esos restos le contarán al mundo de ahora en adelante, que después de 15 años, los mismos años que tenía Leonardo el día de la masacre y los mismo que tiene Gina hoy, descansarán por fin en paz.

HAROLD GARCÍA
Especial para EL TIEMPO*

*Periodista del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH).
Texto reporteado en julio del 2015, dentro del acompañamiento brindado por el Centro Nacional de Memoria Histórica a los familiares de El Salado, en la entrega de los restos exhumados de la fosa común.

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