Ay, Dios

Ay, Dios

Si Dios es una fuerza real, no habría que tratar tan arduamente de convencer a nadie de que así es.

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17 de febrero 2016 , 07:21 p.m.

No sé lo que Dios es. Ni siquiera estoy segura de que Dios sea algo en lo que haya que creer, porque ahí intervendría la voluntad individual, y si Dios es aquello de cuya Divina Voluntad dependemos, no requiere de ninguna creencia para ser una realidad. La pregunta por Dios podría haberse dejado así, abierta, y no ser un dictamen rotundo por parte de un grupo de hombres empeñados en imponérselo a los demás. Por eso las religiones, que en principio parecen tener una motivación santa, se convierten en unos montajes burocráticos pretenciosos y poco confiables que de una forma arbitraria determinan cómo es Dios, cuál es su sexo y qué personalidad tiene, en algunos casos comparable con un capataz caprichoso y energúmeno tirando a bipolar.

Históricamente las religiones han sido mecanismos que trabajan en llave con el poder para que sus esclavos no piensen más de la cuenta y el control sobre ellos sea absoluto. ¿Sí les importará, de verdad, la salvación de las almas? Tanta obsesión por ganar adeptos tiene que obedecer a intereses más mundanos. El punto vulnerable y por donde pueden manipular a su antojo es el que dejan las incógnitas imposibles de resolver: quiénes somos, de dónde venimos y por qué estamos aquí. Ese espacio en blanco es aterrorizante para la mente humana, a la que le cuesta soportar la incertidumbre. Los que quieren dominar se aprovechan de esta angustia fundamental inventando una historieta que plantee una amenaza y a la vez satisfaga la necesidad básica de sentirnos a salvo de ella, prometiendo recompensas como cualquier político que ejerce una labor de propaganda agresiva para calar y mantener el colosal fraude sobre el que podría estar asentada nuestra fe.

El proselitismo es lo que hace más sospechosas las blancas intenciones de las religiones. Si Dios es un hecho, o una experiencia, o una fuerza real, no habría que tratar tan arduamente de convencer a nadie de que así es. Tal vez si se silenciaran los dogmas y el ser humano tuviera el valor de presentarse a su Dios (o como quiera llamarse) con las manos vacías, podría surgir limpiamente una verdad íntima y entonces dar testimonio de ella solo siendo, lo cual es más que suficiente. Nuestro intelecto es muy soberbio para pensar a Dios, por eso no le creo a nadie que pretenda explicarme lo que Dios es. Me da más confianza, eso sí, un ateo pacífico que un creyente iracundo.


Margarita Rosa de Francisco

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